Atisbo un cielo azul fuera pero desde la cama no llego a ver nubes ni tejados ni las montañas de la sierra. Por las tardes el sol deslumbra la habitación y hay que bajar la persiana. Los atardeceres se intuyen espectaculares, aunque tampoco alcance a verlos. Sólo una franja de nubes y rojos, y nunca en todo su esplendor. La vida del enfermo es un aprendizaje de paciencia y una cura de humildad. La existencia no se detiene: uno se sigue preocupando casi por las mismas cosas. La realidad sigue invariable en la cabeza, quizá detenida temporalmente, pero nunca parada del todo. Uno necesita seguir haciendo planes, convencerse de que todo volverá a la normalidad enseguida, aferrarse a la ilusión de futuro, preocuparse por todo lo que se está dejando sin hacer en la convalecencia. Es la única manera de luchar contra la contrariedad no elegida, contra la interrupción involuntaria de la cotidianeidad y, sobre todo, contra el miedo, contra la incertidumbre de lo que escapa a nuestro control, contra la insignificancia de nuestra voluntad, de nuestros deseos, de nuestros proyectos. Ante el azar, ante la enfermedad, en realidad no somos nada. La única dignidad que cabe es la de la esperanza, la de seguir haciendo planes, la de preocuparse por el futuro con la ilusión de que imaginarlo es una manera de hacer que se cumpla.
Madrid, octubre de 2009
En el décimo aniversario de la muerte de Enrique Urquijo
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La muerte qué mala saña es una canción dedicada a Enrique Urquijo compuesta
por Enrique Mercado e interpretada por el grupo DOS (voz: Nacho Fernández).
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