La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

viernes, 3 de junio de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (VII). LA EXPERIENCIA DE LO IRREPETIBLE

"Cambiaría el más bello atardecer del mundo 
por una sola vista de la silueta de Nueva York (...) 
¿Es genio y belleza lo que quieren ver? ¿Buscan un sentido de lo sublime? 
Dejadles que vengan a Nueva York, que vengan a la orilla del Hudson, 
miren y se pongan de rodillas"
Ann Ryand. "El manantial".



Jueves de sol radiante. Desayuno en Le Pan Quotidien de Bryant Park, al aire libre, al estilo neoyorquino. Plan del día: el MOMA. De camino, el escaparate de la tienda de la HBO dedicado por entero a Juego de Tronos llamándonos a gritos. Pero lo dejamos para más tarde, sabiendo que si entramos no van a ser sólo cinco minutos.

En el museo, un objetivo claro, otro de los motivos de este viaje: La noche estrellada de Van Gogh. Momento emocionante por su significado, más que por el cuadro en sí. Tantas veces visto, repetido, no impresiona demasiado y hay que compartirlo con otros tantos turistas que, como nosotros, no paran de hacerle y hacerse fotos. Sí impresiona el sabernos allí, admirando el original, cumpliendo promesas, sueños, deseos.



El edificio es otra obra de arte más, con las galerías que permiten asomarse y contemplar las exposiciones de la planta baja, los cuadros de las paredes, el jardín exterior, los rascacielos de enfrente.




Sorprende descubrir aquí Las señoritas de Aviñón de Picasso y las pinturas de Dalí. El famoso cuadro de los relojes deshaciéndose - "La persistencia de la memoria", se llama - es ridículamente pequeño. Un argentino pesado nos pregunta si es el original.

Grandes murales con nenúfares de Monet que no me gustan tanto como sus cuadros de menor tamaño.

Me gustan los cuadros garabateados de Pollock. Una pareja de españoles de mediana edad, en torno a los 50, discute delante de uno de ellos. Intentan hacerse un selfie. Ella le echa la bronca a él porque no es capaz de sacar una foto exactamente como ella quiere. Él replica que es imposible complacerla con las fotos. Me atrevo a intervenir y me ofrezco a hacerles la foto. Charlamos un rato, nos reímos, ella nos hace una foto a nosotros. Aunque todas las parejas se crean únicas, al final acabarán reproduciendo algún cliché, siendo reflejo de otras.

Las esculturas de Picasso son famosas. Hay carteles por la ciudad con la escultura de una cabra, convertida en icono. Las contemplo con curiosidad pero no me dicen nada.

La sala Warhol mola. Pero tampoco sé si lo que se ve impresiona por sí mismo o por la conciencia de estarlo viendo. Las latas de sopa Campbell. El retrato múltiple y multicolor de Marilyn. Un Elvis duplicado vestido de vaquero, disparando. Imágenes tantas veces vistas, repetidas hasta la saciedad, que uno ha interiorizado como obras de arte. Los originales indistinguibles de las copias. Quizá ese sea su valor. Pienso en Walter Benjamin, en el aura perdida de las obras de arte, en la mediatización cultural que determina lo que nos produce una impresión o una emoción.

El arte moderno no acabo de entenderlo. Una bandera de los Estados Unidos. Pues vale. (Aquí, la explicación: http://www.moma.org/collection/works/78805?locale=es)



Algo que no sé qué puñetas es y bautizo como "el sillón de pollas". Puede que sea ignorancia, pero casi todo me parece una memez en esta sala. Me pasa lo mismo con Arco. Tengo la sensación de ser la única que ve al emperador desnudo, donde los demás ven un fabuloso traje. Lo que se supone que es originalidad o arte o transgresión a mí me parece una tomadura de pelo.










Luego llegamos a la sala del videojuego. Interacción. O interactividad. Esas otras moderneces denominadas "instalaciones". Creo que tenía un trasfondo ideológico. La lucha entre el capitalismo y el comunismo. Un soldado del Ejército Rojo muy parecido a Super Mario lanzando latas de coca cola como armas de destrucción en escenarios de plataformas a lo Donkey Kong con fondos de Street Fighter (me pica la curiosidad e investigo. Gracias, Google, por esta información:

Nosotros solos en la sala. Se podía jugar. J. dentro del videojuego, formando parte de la obra de arte, disfrutando como un niño. Yo observándole, haciéndole fotos. Disfrutando también, de otro modo.



Otra instalación. Varios altavoces alrededor de un cajón o trozo de tarima de madera. En la pared, el mismo poster reproducido cinco veces en cinco tonos distintos (efecto Warhol otra vez). De fondo, una voz de mujer recitando o leyendo o dando un discurso que no entiendo pero cuya cadencia, junto con los posters, me dice algo. Me gusta. Me hace reflexionar. Y me quedo pensando en ese lema, que da título al conjunto:

Everything Else Has Failed! Don't You Think It 's Time for Love?


( La explicación de la obra, aquí: http://www.tanyaleighton.com/?pageId=221)


Se empieza a notar el cansancio. Son casi las dos y media. Salgo al jardín, mientras J. va a recoger las mochilas a la consigna. Hago fotos. Espero un rato, aburrida ya. No viene. Entro, con la máquina de reproches en modo on, en plan ¿perodóndeestabasquéhacíasporquéhastardadotanto? Al parecer, no le dejan salir con la mochila. Me ha mandado un guasap que yo no he visto.


Bajamos a la sala de cine. Está cerrada, pero en la antesala hay carteles de películas míticas y una exposición especial con la colección privada de posters de Scorsese. Fotografío tres: Laura, El Tercer Hombre, Scarface.

Hora de comer. Búsqueda de The Burguer Joint at Le Parker Meridien. Una hamburguesería (bastante cutre, por cierto) escondida en uno de los hoteles más chic de NY. Recorrimos la calle 56 y no lo encontrábamos. Debimos de pasar por delante al menos dos o tres veces, sin verlo. A la hamburguesería se accede por detrás de una gruesa cortina, bajando una escalera. Siempre hay cola. Hacemos la del turista y esperamos. 

El sitio es curioso: un sótano casi cochambroso, pequeño, con paredes de madera pintarrajeadas con frases varias y pósters de pelis y series míticas, un mostrador para pedir, con la oferta culinaria escrita a mano en cartones colgados de cualquier manera y mesas abarrotadas en las que la gente no se demora mucho. 



Las hamburguesas son buenas (difícil encontrar una mala aquí), pero tampoco espectaculares. Mola la experiencia  y tachamos de la lista otro de esos lugares de visita obligatoria según las guías. Pero no es para repetir.





De postre, el helado de Godiva deseado desde la víspera. De vuelta, la demorada visita a la tienda de la HBO. Camisetas de Juego de Tronos (entre muchas dudas, como siempre), una taza térmica y camaleónica, un regalo.

Llegada al hotel con el tiempo casi justo para ducharnos y arreglarnos para la cena. Una de esas cenas. En uno de esos sitios. Etiqueta (vestido, medias, zapatitos, chaquetas, corbata y así). Una estrella Michelín. Vamos en taxi, por supuesto. Atravesamos la ciudad, cruzamos por el puente de Brooklyn. And voilà: The River Café.

El sitio es elegante. Y rancio. Como un viaje en el tiempo a los años 80. Con sus mesas con sus manteles de tela rosa pastel, sus sillas de rafia, sus bouquets de flores, sus lamparitas, su pianista tocando en directo, sus familias de dinastías tradicionales (y republicanas) celebrando cumpleaños, sus grupitos de turistas de avanzada edad, sus parejas de amantes del tipo jefe-secretaria. Y nosotros allí, entre expectantes y desubicados, con la superioridad moral de quien convive con las experiencias culinarias más rompedoras y modernas, aunque no haya estado nunca, ni quizás quiera, de El Bulli, Quique Dacosta, DiverXo. Y yo, atragantándome con los precios cerrados del menú (y de los vinos, aparte). 




La comida, discretita. La langosta tirando a sosa. Las gambas salvajes, muy de cóctel ochentero. Del pastel de cangrejo (creo que pedimos eso), ni me acuerdo. El solomillo demasiado hecho, nada jugoso. Nada que ver con el vitello tonnato ni el solomillo del Grand Palais. O la pasta con trufa y la carne del Zá-Zá. O el filete del Café Sao Bento. Y el inevitable comentario palurdo: "Desde luego, como en España no se come en ningún sitio". Pero es que es verdad. Y del vino ni hablamos. Lo mejor, los postres. Ese puente de Brooklyn de chocolate le dio algo de originalidad a la cosa. Sin tirar cohetes, tampoco.


Pero, de nuevo, la experiencia valió la pena. Y la pasta. Porque esas vistas son espectaculares. Estás, literalmente, encima del East River y debajo del Puente de Brooklyn. Cenas viendo el agua y el skyline de Manhattan. De noche es único. Quizá ya no recuerde lo que comí, pero desde luego esa imagen, esa vista, esa noche, ese momento (y el significado de todo: el cómo llegamos hasta allí,  lo que quedó atrás, la manera de hacer las cosas, los detalles) no se me olvidará en la vida.





viernes, 15 de abril de 2016

42

El corazón, si pudiera pensar, se pararía.
F. PESSOA. 'El libro del desasosiego'


Quien quiera encontrarme hoy que me busque por las calles de Lisboa, bajo la lluvia de esta primavera huraña camuflada de invierno, en esta ciudad cada vez más nuestra.

Otro año vivido. Otro año sobrevivido. Hubo adioses y bienvenidas; sólo el tiempo dirá si definitivos. Si quien se fue lo hizo para volver y si quien apareció lo hizo para quedarse.

Dos ciudades que añadir al mapa de las emociones. Roma, Nueva York. Memoria y futuro. Una apuesta que fue un regalo:  dejarse perder para ganarlo todo. Sueños cumplidos.

Esquivé balas y la suerte jugó conmigo, pero me acompañó en lo importante.

Lloré a un amigo que nos dejó huérfanos de su presencia demasiado pronto y demasiado rápido

Quise amar. Hubo quien supo amarme y quien no quiso hacerlo. Sentí.

Enfermé y sané, me divertí, me emborraché, me arriesgué, cometí errores, aprendí, me desesperé, deseé, soñé.

Viví.

Todas las personas que me importan siguen cerca.

Mi corazón sigue latiendo.

El balance da paz.

Cumplo feliz.

lunes, 4 de abril de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (VI). DENTRO DEL CORAZÓN, EN EL CENTRO DEL MUNDO

No estoy muy seguro de ese maravilloso regalo que es Nueva York.
¿Y si no fuese más que un sueño, que un experimento prodigioso,
que un avatar, que un renacimiento efímero, que un purgatorio magnífico?
Paul Morand


Miércoles y aún mucha ciudad por descubrir. Desayuno rápido en el Dunkin Donuts de enfrente del hotel, más que aceptable. Contra todo pronóstico, el café es bueno y de tamaño gigante. Parada en la Biblioteca Pública de Nueva York. En el hall hay una lectura de Valeria Luiselli. Ella habla, el sonido no es muy bueno, no entiendo apenas lo que dice. Gente de pie en el hall, escuchando. Me habría quedado, es una de las autoras de mi lista de lecturas pendientes. Apenas he leído algún artículo suyo, varias reseñas, menciones de otra gente y creo que me gustará. Pero hoy tampoco es pronto, son ya las 12 de la mañana, y no me apetece quedarme allí sin saber muy bien de lo que habla, sin entender. Subimos al primer piso y la sala de lectura principal (Rose Main Reading Room) está cerrada por obras, así que poco más queda por ver. Subimos al segundo, pero no hay nada interesante, salvo el propio edificio en sí. Decidimos no perder más tiempo y nos vamos, un poco decepcionados.





Siguiente parada: Times Square. De día no impacta tanto como de noche pero sigue siendo impresionante. Nos quedamos un buen rato. Dejamos que la cámara de Love is On de Revlon nos haga una foto y esperamos a vernos en la pantalla gigante, como niños disfrutando en un parque de atracciones. Todos nos ven, pero nadie nos conoce. Y nada importa salvo este momento, esta travesura, este recuerdo. Esta realidad irreal que permanecerá en la memoria. Este estar en el corazón del mundo.













El irrefenable magnetismo de las pantallas, de las tiendas, otra vez. Fotos para Nuria de la tienda de M&M´s. El interior fascina aún más. Pasamos una hora dentro. Otro parque de atracciones. No compramos nada, por no ir cargados todo el día y porque dejaremos las compras para más adelante, pero acumulamos caprichos en nuestra lista de deseos. De nuevo me rindo ante el sentido del espectáculo, del marketing de las tiendas y los museos de Manhattan.



Seguimos por la calle 44, de camino al Intrepid Sea&Space Museum, en el muelle 86 del río Hudson. Me gusta esta zona de casitas bajas de ladrillo marrón. Estamos en Hell´s Kitchen, que para nada hace honor a su nombre, al menos en esta zona. Pasamos por delante del Actor´s Estudio, y me complace la casualidad de encontrar lugares famosos sin andarlos buscando. Otra vez vuelve la ciudad a hacerse barrio y capto una imagen curiosa: un camión de reparto antiguo aparcado sobresaliendo de la boca de un garaje con el conductor dormido, doblado sobre el asiento, con las piernas encima del volante, haciendo una uve. Sigo coleccionando fotos de mi Nueva York, que probablemente nadie más tiene.





El día está raro, a ratos frío y a ratos calor, ahora sol, ahora nublado. Atravesamos la Novena, la Décima, la Once, abandonando el glamour de la zona central de Manhattan. Fábricas, garajes, rascacielos, anuncios, pero sin ningún encanto. Sólo el Hudson le da algo de belleza a la zona.



El Intrepid es un museo dentro de un portaaviones. J. disfruta como un crío y yo le hago fotos en diversos simuladores. La parte que más me gusta es la de arriba, la exposición de aviones antiguos, y las tiendas. Sudadera molona de la NASA como regalo de cumpleaños. El transbordador espacial Enterprise me resulta un timo. Y vistos de cerca todos esos aviones y cacharros espaciales parece mentira que puedan mantenerse en el aire o en el espacio sin desintegrarse. Son como de juguete. Estoy cansada y un poco agobiada para meterme en el submarino, así que espero fuera.




























Comemos en el Uncle Nick´s, un restaurante griego en la Novena. Comida agradable y tranquila. Volvemos paseando hasta la Quinta. Entramos en la catedral de San Patricio y no nos parece gran cosa. Que venimos de España y hemos estado en Notre Dame, en Praga, en Budapest. Merienda en la chocolatería Godiva. A mí se me antojan unas fresas cubiertas de chocolate que tampoco están tan buenas para lo caras que son. Me paso un buen rato gruñendo porque debí haberme pedido helado. Hay patinadores en Rockefeller Center.




No hay mucha cola para el Top of the Rock, la azotea del edificio Rockefeller. De nuevo el espectáculo, dentro y fuera. Ya ha caído la noche sobre Manhattan. Festival de luces, la ciudad que nunca duerme extendida en millones de lucecitas blancas y amarillas. Un decorado inabarcable, inmenso, irreal. Pero ahí está, con la aguja azul del Empire State y la blanca del Bank of America y la verde del de H&M, y la cúpula del Edificio Chrysler, y el MetLife y la mancha oscura de Central Park, y los puentes sobre el East River. Hacemos la misma fotografía mil veces, un poco incrédulos, para tener pruebas de que efectivamente estuvimos allí, de que fue real, temerosos de que esa vista se desvanezca como las imágenes de las pantallas de Times Square, fugaces y repetitivas, instantáneas y líquidas, verdad y mentira a la vez, a las que, ya en tierra, hacemos fotos repetidas como si fueran a desaparecer en cualquier momento.





Deberíamos cenar, pero no tenemos hambre porque hemos comido tarde y recorremos varias tiendas de souvenires y de ropa. Cumplimos, como buenos españolitos, con nuestro buen rato en la tienda de Levi´s. Más cansancio que ganas de comer. Nos metemos en una especie de pub-bar con buenas cervezas y buen ambiente y acabamos pidiendo una ensalada. Enorme y con muchas calorías, claro.

De vuelta, pasamos por delante de The New York Times. Foto-fetiche de periodista en su puerta.


Llegamos al hotel rendidos, arrastrando los pies, sin fuerzas ni ganas de una copa en la azotea. Nueva York tiene mil formas de matarte. 






martes, 22 de marzo de 2016

SOMBRAS DE INVIERNO

Sigue sin brotar la primavera en mí.
No tengo armas para destrozar el invierno,
para silenciar el frío de mis huesos.
Pozos de hambre y ansia:
los espejos reflejan lo que no he sido.
Tristeza de lluvia y charco
sed, años, cansancio
acumulo lo inservible en mis pupilas
heridas abiertas en mi piel
cicatrices, escamas
lo imperfecto en cada pliegue
la imposibilidad del olvido
el sol oculto
y todos esos sueños tan lejos de mí.
Sólo queda la crueldad
de otro abril robado.

domingo, 28 de febrero de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (V). ON THE TOP OF THE WORLD

¿Volverán de nuevo las olas atlánticas a estrellarse 
contra esas rocas rojizas que fueron Nueva York 
y que no lo serán ya cuando nada venga a turbar el silencio 
de un mundo agitado durante un instante?
- Paul Morand. 'Nueva York'-




Martes, 13 de octubre.

No hubo boda, pero sí un ferry al final del día: ida al atardecer, vuelta ya de noche, con todas esas luces encendidas, los rascacielos iluminados a los que volver una y otra vez, atontados como mosquitos topando contra el cristal de una bombilla.

Un día que empezó con un desayuno tardío que iba a ser un brunch y que finalmente fue un almuerzo en toda regla en The Harold. Croque Monsieur para mí y Croque Madame para J. El suyo con huevo frito. Los dos con ensalada y patatas fritas, enormes, a lo americano. Zumo de naranja y capuchino para mí (gigante y pasable). Café solo (bastante flojito, al parecer) para J.

Más de las 12.30 cuando salimos de allí. Sin estar cubierto del todo, el sol no luce como en los días anteriores. Esta luz como velada es la que recuerdo de la otra vez que estuve en Nueva York y que no fue memorable. Agosto, calor, humedad pegajosa y esa especie de neblina. Pero ahora es octubre, no hay humedad y la temperatura sigue siendo agradable, a pesar de las nubes.

Seguimos por la Sexta hacia el sur (los chistes repetidos al pasar por los mismos sitios, etc.). Las lechugas crecen en los alcorques de los árboles de Nueva York. Seguramente no son lechugas, pero lo parecen y me llama la atención, porque son muy verdes y vistosas. 

A medida que bajamos el paisaje va cambiando. Permanecen los taxis, los coches de bomberos, pero la ciudad se va haciendo diferente. Los rascacielos van dando paso a casas más bajas, de cuatro o cinco alturas como mucho, de ladrillo rojo, anaranjado, marrón, con ventanas simétricas y escaleras de incendios en las fachadas; las tiendas de souvenirs van desapareciendo y se ven más tiendas de todo tipo, supermercados, cafeterías más pequeñas, más cutres. Los depósitos de agua coronan las azoteas, cada vez más bajas. Todo parece más pobre, menos lustroso, más sucio. También la gente cambia. Más población de barrio, menos oficinas, menos ejecutivos y turistas.



A la altura de la calle 11 aparece un edificio que parece un castillo de Disney. Es la Jefferson Market Library, ahora biblioteca pública y antigua cárcel y Palacio de Justicia. Nueva York esconde sorpresas así. De repente, donde menos te lo esperas, o donde menos pega, aparece un edificio catalogado como histórico. O una iglesia de estilo neogótico. Algo absolutamente anacrónico y discordante con todo lo que le rodea. O parquecillos minúsculos al final de una manzana, con algunos columpios, bancos, árboles.



Un poco más abajo, el IFC Center, que conserva la marquesina del antiguo teatro Waverly. Teatros transformados luego en cines que conservaron la fachada característica, esa que se ve en las antiguas películas de Hollywood: en forma de triángulo, con letras de palo negras sobre fondo blanco anunciando la obra o la película de estreno. Ahora es una sala de cine independiente y escuela de cine. La fachada es fea, tirando a cutre. Ni rastro del glamour de las películas de antaño. Quizá sea la luz grisácea, que no acompaña.

Seguimos hacia el sur, hasta llegar a Canal Street. Dejamos a la derecha el Holland Tunnel y seguimos por Canal Street hacia la izquierda. Con esa manía tan propia de los turistas de compararlo todo con escenarios conocidos, no puedo dejar de pensar que esta parte de la ciudad me recuerda vagamente a la calle Bravo Murillo, entre Cuatro Caminos y Plaza Castilla. Alvarado, Tetuán. Ese ambiente de comercio barato de barrio, de zona un poco descuidada, algo sucia. De escaparates tapadera que a saber qué esconden en sus trastiendas. De mirar instintivamente a los lados y pegar bien el bolso al cuerpo. Por si acaso, me pongo la mochila en la parte de delante, protegiéndola como si fuera un bebé. Es incómodo, pero me hace sentir más segura. Bajamos un poco, hasta Broadway St., que tomamos camino de Wall Street.

En Broadway un montón de tiendas con descuentos y saldos que intento apuntar mentalmente para volver: zapatillas Converse, vaqueros Levi´s, gafas Rayban. Contengo las ganas de entrar porque ya es tarde y aún queda para llegar a nuestro objetivo de hoy: Wall Street, la zona cero, el One World Trade Center. Sólo entramos en una tienda molona de cachivaches de Nueva York y de Estados Unidos en general, en la que no compramos nada. Caen cuatro gotas que no van a más y al fondo el sol luce entre nubarrones aislados que en ningún momento cubren un azulísimo cielo.

Llegamos hasta Chambers St. Ya estamos en el corazón administrativo de la primitiva Manhattan, cuando aún era Nueva Amsterdam. Sí, fue un holandés el que compró el terreno a los indios, hasta que los ingleses se hicieron con el control y el rey se la donó a su hermano, el duque de York (gracias, Wikipedia). Edificios majestuosos y bien conservados, con enormes escalinatas, arcos, columnas y frontispicios con lemas, dibujos y relieves. A la derecha, los juzgados. Al frente, las oficinas del Ayuntamiento. Un poco más a la izquierda una plaza bordeada por el Tribunal Federal y el Tribunal Supremo del Estado de Nueva York, en cuyo frontispicio se lee: "La verdadera administración de justicia es el pilar más firme del buen gobierno", frase atribuida a George Washington (gracias otra vez, Wiki).

Delante, una fuente con un modernísimo y, en mi opinión, ambiguo, monumento. "El triunfo del espíritu humano", se llama y, al parecer, según explica en una placa el autor, un tal Lorenzo Pace, está dedicado a los esclavos desconocidos y sin nombre que trajeron de África al país y representa un antílope macho y otro hembra propio de la máscara chi wara de la tribu Bambara de Mali. Mi superficial y calenturienta mente y mi mirada sucia veían un consolador gigante. Juzguen ustedes, improbables lectores:



Rodeando el Ayuntamiento, bajamos por Park Row, con las efémerides año por año insertas en el suelo, hasta Fulton Street, donde está St. Paul ´s Chapel. Un recinto raro en la vorágine de Nueva York. Se trata de la iglesia más antigua de Manhattan y se ha salvado de sucesivas catástrofes, conservándose ilesa. Desde el incendio de 1776 hasta la caída de las Torres Gemelas, situadas justo enfrente. Es una capilla cuca, de ladrillo marrón, con un cementerio a modo de jardín, con hierba muy verde, pájaros y unos banquitos donde sentarse a descansar o incluso rezar. Un rincón que invita a pararse, a tomarte tu tiempo. A contemplar la zona cero, justo enfrente.


Nubes y sol, a ratos, conformando un cielo de puzzle y apocalipsis. El reflejo en la enorme torre del One World Trade Center. La zona cero todavía en obras. (Leo que el intercambiador de transportes diseñado por Santiago Calatrava se inaugura la semana que viene. Y, como todo lo de este hombre, es desmesurado y horrendo). Un reguero de turistas que van y vienen, que se agolpan alrededor de los dos monumentos homenaje a los caídos el 11-S, dos fuentes en forma de cascada subterránea que en realidad son dos enormes huecos: los de las Torres Gemelas. Los nombres de los muertos tallados en bronce. Algunas rosas sobre el metal. Los rayos del sol clavándose en el centro de uno de los cuadrados. Impresiona estar allí. Saber lo que pasó. Haberlo vivido, aunque fuera a salvo, a distancia, por la tele. La gente se hace selfies, en una atracción turística más. A mí me parece algo impúdico. Me incomoda incluso hacer una foto en la que aparezca algún nombre. Pero la rosa blanca sobre el bronce oscuro me parece una imagen bella y pulso el botón, como todos.



Sigue el baile de luces y sombras entre el sol y las nubes cuando nos metemos en el One World Trade Center (WTC). El mayor rascacielos de la ciudad, el más alto del hemisferio occidental y el sexto del mundo. Una altura total de 541 metros (equivalentes a 1776 pies, año de la independencia de los Estados Unidos), que sin la antena son 417 metros. 104 plantas de altura, 94 útiles.

No hay cola. Y de nuevo nos asombra el sentido del espectáculo que tienen los organizadores de los edificios turísticos de esta ciudad, haciéndote sentir que merece la pena la entrada que has pagado. 32 dólares. Unas pantallazas te dan la bienvenida en tu idioma. Luego te hacen ir por salas de exposición donde te cuentan cosas del edificio, de su construcción, y donde hay hasta una reproducción de sus cimientos;  pasar un fotocall donde te hacen una foto a la que insertan un chroma (y que, por supuesto, te cobran a la salida. No la cogimos, valía 29,99 dólares, pero salíamos estupendos) y subir en un ascensor vertiginoso (dura 60 segundos) con proyecciones en todas las paredes de la cabina con las vistas de la ciudad en diferentes épocas, desde su fundación hasta hoy. Hasta llegar al WTC Observatory.















La ciudad, el infinito y más allá, a nuestros pies. Sus cuatro costados. Sentir NY, otra vez. Casi no creérmelo, otra vez. Fotos, un vídeo. Más fotos, con el libro. Más asombro. Juegos de luces y sombras sobre la maqueta que estamos contemplando. Ahora nubes, ahora sol, ahora lluvia, ahora no. El río Hudson, la Estatua de la Libertad, los puentes sobre el East River, Manhattan, el cielo, desde el cielo. Hora y media on the top of the world.


Después, Wall Street. Que es una callejuela bastante fea. Miles de chinos alrededor del toro, para tocarle los huevos. Dicen que da suerte. Por supuesto, cumplimos con el ritual. Con ese y con el de dejar que un paquistaní de un puesto de perritos de Battery Park nos timara. Pero nos lo comimos mirando al río, felices, como turistas ociosos y disciplinados, calculando la hora del atardecer para coger el ferry de State Island.


No fue un atardecer muy espectacular. Unas suaves pinceladas rosadas asomando entre las nubes, al pasar por la Estatua de la Libertad. El cielo añil besando los rascacielos del sur de Manhattan. Y a la vuelta, todas las luces encendidas. Como un escaparate de Navidad. Como un hechizo de sirenas. Y mi sonrisa asomando al mar, con la felicidad al fondo.




Después, tras un momento malo a causa de una lentilla díscola y a pesar del cansancio y el hambre, locura en el Century21, al que fuimos por casualidad por el descuento de la entrada del WTC. No compramos nada, pero nos quedamos con ganas de volver.

Con las fuerzas justas, y equivocando la salida de metro, llegamos al famoso Katz´s Delicatessen. No me recordó nada al que salía en la peli. Había mucha cola para pedir. Y los sandwiches, enormes, estaban buenos, pero no tanto como para fingir un orgasmo.