La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

domingo, 31 de enero de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (IV) - LOS PATOS DE CENTRAL PARK, POR FIN


En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, 
empieza a echar de menos a todo el mundo. 
-Holden Caulfield-



12 de octubre, Columbus Day. Lunes radiante. Hoy toca Central Park, uno de los objetivos del viaje (como si se necesitaran excusas para viajar a Nueva York). Subimos por la Sexta Avenida para avanzar hacia el norte. Al pasar por Bryant Park decimos que estaría bien desayunar ahí algún día (e increíblemente lo hicimos). Hay poco tráfico porque es festivo y las calles del Midtown están cortadas por el desfile, pero se ven muchos autobuses escolares que son como los de las películas: amarillos, grandes, pesados, antiguos. De camino a Rockefeller Center pasamos por los estudios de la NBC y el mítico Radio City Music Hall. En el Rockefeller Center están preparando la pista de hielo, que abre hoy, y programamos venir a patinar domingo o el lunes, los últimos días de nuestra estancia.

 Salimos a la Quinta Avenida a la altura de la Catedral de San Patricio y en las escaleras la plana mayor eclesiástica de la ciudad bendice el desfile. Las majorettes no son nada del otro mundo y tampoco le ponen mucho entusiasmo. Todo el mundo porta banderas italianas y la mayoría de las carrozas tiene motivos italianos, estadounidenses o latinoamericanos. En esta parte en la que estamos no se ve ni una bandera española, ni nada que recuerde a España ni remotamente. 










Lo más llamativo hasta ahora es una enorme hormigonera de color rosa desde la que reparten camisetas. Yo me peleo por una (¡premio para la nena!) y nos pasamos los siguientes 30 minutos corriendo detrás del camión (lo cual es difícil porque cada vez que hay que cruzar una calle hay que esperar a que la policía las abra o irse casi hasta la Sexta Avenida) para conseguir otra camiseta para J., pero no hay manera. Lo único que conseguimos es pillar un par de botellas de una especie de té helado con las que cargamos todo el día.




La tontería de la camiseta del desfile nos retrasa casi una hora. La idea era llegar a Central Park antes de comer, pero ya son más de las 2. Persistimos en nuestra incapacidad para ser turistas disciplinados y nos saltamos constantemente nuestros propios horarios, nuestro propio planning. Cervecita para reponer fuerzas y adentrarnos en el parque. Toda la emoción y excitación de los sueños que se realizan felizmente, de las promesas cumplidas, de los miedos superados. Central Park como símbolo de tantas cosas, cuatro años y medio después de que aquel librito azul viera la luz, más de cinco desde que alguien paseara el manuscrito en su mochila por Praga. Central Park en un otoño que no lo parece, con un cielo azulísimo y despejado, con árboles más verdes que rojizos, con un sol limpio y casi 25 grados de temperatura. 

Y yo, eterna niña con caprichos 
de adolescencia no superada, me empeño en subir a los caballitos del carrusel. Única adulta sin niños en el tiovivo, pero con ese libro azul que es lo más parecido a un hijo que llegaré a tener. Quizá debería sentirme un poco avergonzada, pero es que estamos en Nueva York y estoy contenta y puedo permitirme tonterías como esta. Ilusión infantil y anacrónica, emoción de colores al ritmo de la música repetitiva y machacona. 

Alrededor, verde de árboles, luz de tarde, J. disparándome con la cámara. A lomos de un caballo de plástico, la vida dando vueltas.












Erramos el camino buscando Strawberry Fields y el círculo del Imagine y tenemos que volver sobre nuestros pasos. El edificio Dakota está en obras; ni siquiera merece la pena hacer una foto, es todo andamio. Llegamos al lago en busca de patos, pero no vemos ninguno. 

Tampoco damos con el puesto de perritos adecuado para pillar uno y sentarnos en cualquier lado, aunque al final acertamos. Avistamiento de patos, ratito de descanso y comida en The Loeb Boathouse. Más de las 4 ya. En nuestra línea.









Siguiente parada: estatua de Alicia y los niños salvajes, vertiginosamente encaramados a ella. A una niña se le ha subido el vestido y se le ven las bragas. Me sorprendió esa libertad de los niños neoyorquinos: nada está prohibido pero son, en líneas generales, bastante respetuosos. En el parque todo bastante limpio en general. Y otro detalle sorprendente: en ningún baño público de Nueva York (y cuando una está de viaje y todo el día fuera visita unos cuantos), ni por supuesto en cafeterías o restaurantes, no falta nunca ni papel higiénico ni jabón ni toallitas para secarte y/o secador de manos que funcione. Eso y que te sirvan un vaso de agua fría en cuanto te sientas a la mesa de un restaurante son razones suficientes para amar esta ciudad de manera incondicional.



De postre compramos unos pretzel que no nos parecieron para tanto. Y por fin los patos. En el Tourtle Pound (sí, también hay tortugas). No estaban y de repente aparecieron en formación, en coreografía que parecía ensayada. El sol dorado de las cinco de la tarde, los colores del otoño, montones de fotos. A eso habíamos venido, al fin y al cabo. Después de pasear el libro por los parques (y los patos) de media Europa ya tocaba llegar al origen de todo. A los auténticos patos de Central Park, que en otoño aún permanecen en los lagos.





Para sosegar la emoción nos sentamos en el césped frente al Castillo de Belvedere, con buenas vistas al lago y a dos típicas americanitas de picnic con su perrito tras un día de compras que intentaban hacerse un selfie y no había manera de que el perro posara como ellas querían. 









Cayó la tarde y la temperatura y había que levantarse porque aún quedaba mucho parque y pronto empezaría a anochecer. En la esquina, un tentador puesto de gofres. Y una considerable cola. La dependienta no sonrió ni una sola vez... hasta que nos tocó el  turno y nos habló en español. Nos contó que su familia era de Ecuador (o tal vez fuera Guatemala), fue extremadamente amable y se rió bastante con nosotros. Nos sentamos en uno de esos bancos dedicados que tiene el parque, enfrente de uno de sus muchos campos de béisbol, a disfrutar del gofre, ese invento tan delicioso como difícil de comer dignamente, sin acabar manchada de chocolate por todas partes o con los dedos pringosos.





Tras rendir pleitesía a las estatuas dedicadas a las obras de Shakespeare y rodear el teatro al aire libre, paramos en el Castillo de Belvedere con un cielo rosa cubriendo los rascacielos del lado oeste del parque. Lenta vuelta hacia el sur con parada en el Bow Bridge y la sesión de fotos de rigor, con gondolieri incluido.









Aunque ya es de noche es pronto todavía, las siete. Paramos en el Apple Store de la Quinta Avenida y caminamos hacia el este, para coger el teleférico que para en Roosevelt Island y va pegado al Queensboro Bridge. En el camino, un edificio en obras cuyas lonas reproducían frases sobre NY de escritores famosos - detalles así son los que hacen único cada viaje - y el curioso edificio de Bloomberg. 





Cogemos asiento en la ventanilla trasera de la cabina y el espectáculo es alucinante: las luces de la ciudad alejándose en perspectiva, mientras el teleférico se eleva. Otra vez Blade Runner, un escenario futurista, una imagen clavada en la retina. Fotos y vista del skyline desde Roosevelt Island. El puente es el que sale en la peli de Manhattan, donde Woody Allen y Diane Keaton tienen esa conversación sobre los amaneceres de NY.






Tomamos el paseo hacia el sur. Enfrente destaca el Empire State iluminado en rojo, blanco y verde, los colores de la bandera italiana. Un paisaje que uno no se cansa de mirar. A la vuelta, persiste la excitación de montarse en atracciones de feria, los edificios con sus luces acercándose esta vez, todas esas ventanas estallando ante los ojos.




Cena en el P.J. Clarke ´s de la Tercera. Un buen recuerdo. Local vintage, camarera entrada en años y en carnes, que nos atiende con una curiosa mezcla de simpatía, paciencia y condescendencia, y una hamburguesa con salsa de champiñones para chuparse los dedos. Y el descubrimiento del ketchup Sir Kensington, el más delicioso que he probado nunca.









Frío y cansancio, mucho cansancio, de vuelta al hotel. Apenas quedan fuerzas para una foto al Empire State desde la terraza del hotel. Ni siquiera nos apetece una copa.










Nota.- El pasado fin de semana cayó sobre Nueva York la segunda mayor nevada de su historia. Hasta 68 cm. de nieve en algunos sitios. Veo las fotos de esos lugares que yo recuerdo con tanto sol y me parece una ciudad distinta. Hay imágenes de indudable belleza, Central Park nevado parece un lugar de cuento. La gente hace muñecos de nieve en Times Square. Me parece todo hermoso y mágico, pero esa no es la ciudad en la que yo estuve.


jueves, 31 de diciembre de 2015

MEMORIAS INVENTADAS DE 2015


2015 ha sido el año de lo inesperado. Hubo viajes más o menos improvisados, convalecencias indeseadas, encuentros fuera de lo común y desencuentros aún más sorprendentes.

INVIERNO

Empezó enero, después de ese año tan raro que fue 2014, con alegría y euforia, con ilusión y esperanza, con un optimismo impropio de los inviernos. 

Se adelantó la primavera y a principios de marzo corrió el jamón, el vino, las risas y la buena compañía en una comida en la terraza, donde se gestó un viaje que no estaba previsto.

Semana Santa. Lisboa. Amigos. Bastaron esas palabras mágicas para activar las ganas. Oferta en un  hotelazo y la aventura de viajar en tren nocturno para inaugurar abril. Días de luz y de pequeños placeres, que son los más grandes. Cataplana de marisco frente al mar, gintonics a la orilla del Tajo, una cazadora de ante rojo, Lisboa en sus ojos a ritmo de fado.


PRIMAVERA

En mi cumpleaños strogonoff, cervezas,  lluvia y hasta llamadas que no esperaba. Tres días de celebración y aunque no estuvieron todos los que son, son todos los que estuvieron. Dos nuevos compañeros en casa que siempre sonríen.

Después Roma, con sus maravillas, su caos, su encanto, su agobio, su arte, su cansancio. Una camiseta pretenciosa que al final no compré. Unos cuantos paseos por callejuelas estrechas. Las recomendaciones de Enric González. Fútbol en un bar. Helados a cualquier hora, cafés en terrazas y Spritz antes de cenar. Canciones de misa en mi cabeza al entrar en el Vaticano y la sintonía de Juego de Tronos en la sala de los mapas de los Museos Vaticanos. Las estatuas de las Musas. Las salas de Rafael y el 3D antes del 3D. Búsqueda de libros. Un ataque de risa histérica que me despertó de un sueño, o tal vez fuera una pesadilla: en mí prevalece la torpeza de confundirlo todo. Fotos en Villa Borghese. Patos y cannoli.
 
Final de mayo y ganas de bailar. Pero confundí todos los pasos. Yo creí que danzaba a ritmo de tango y resultó tongo. Perplejidad y decepción, incredulidad y confusión por haber malinterpretado todas las señales, sin saber si toda la torpeza fue mía o del malevo que se dejó querer y me hizo creer en la literatura envenenada del baile y las canciones, de las comedias románticas y las novelas de grandes pasiones. Al final todo quedó en la historia del artista que se vuelve vulgar al bajarse del escenario, en el recuerdo de lo que fue y lo que pudo haber sido.

Feria del libro gafada a lo grande. Fiestas a las que no fui que se solaparon con cumpleaños y karaokes sin mí, tristes desencuentros y citas fallidas, una fiesta a la que sí fui, incubando ya la fiebre. Después mucho dolor, un domingo en urgencias y directa a un quirófano. Junio empezó mal y lo acabé enferma, alejada de las piscinas, el verano fuera y yo sin poder salir de casa.

  
VERANO

Julio empezó a ritmo de Los Secretos en un concierto ansiado y memorable y otro íntimo surgido por sorpresa gracias a amigas generosas. Fuera las baladas tristes, los ojos de gato cobarde y las rancheras para perdedores. Llegó la hora de animarse y de reinterpretar los clásicos que nunca mueren con más energía que nunca. "Déjame", irónica y oportuna. "Ponte en la fila" como nuevo himno para venirse arriba. Dos tardes felices.

En julio esquivé el calor y alguna bala a tiempo que se cruzó en mi trayectoria, aún tiernas las cicatrices de junio. Busqué el cañón de esa pistola y coqueteé con nuevas heridas, pero me bastó el fogueo de unos días muy locos y una velada surrealista azuzada por el aburrimiento de un sábado con ganas de emociones de verano para huir de ese duelo.

Vacaciones aplazadas y por fin el mar que calma.

En agosto traslado temporal de despacho en un entorno curioso que hizo que el tiempo pasara más rápido y otra vez huida al mar. Visitas esperadas y encuentros con amigos. Otro verano feliz de pequeños placeres y tranquilidad de hogar.

Empezó septiembre con sorpresa y ansia, posibilidades inesperadas y planes abiertos, ganas de diversión y de adentrarse en mundos desconocidos, preparativos de viaje, ilusiones y ganas.

Y otro año más una fiesta en la terraza para despedir el verano de la mejor manera, dejándose ser en amistad.


OTOÑO

Tiempo de cruzar un océano en busca de los patos de Central Park, antes de que el invierno los hiciera desaparecer. Un viaje para recordar. Otra ciudad a la que volver. Lo que significó esa cena, a pesar de lo poco memorable de la comida. Una canción -esa canción- y un baile en un GAP. Aún dura el jet lag emocional.

Fue duro el regreso. Otra vez la fiebre, un resfriado inoportuno y el destino riéndose de mí. La realidad contra el deseo. El querer y el (no) deber. ¿Sensatez o cobardía? Silencios, ausencias, huidas. La perplejidad, de nuevo.

Terminó octubre con otro cumpleaños feliz y esta vez sí: el lugar apropiado y la compañía perfecta. Cena y caipirinhas. El deseo secreto de que no nos cansemos nunca de celebrarnos.

Noviembre primaveral y días de campo. La sencillez de lo primario. Una primera vez. El peso de un arma en mis brazos, la presión en el hombro, la difícil estabilidad, el estruendo del disparo, mi nula puntería. Ganas de más. La historia de mi vida.

Reunión anual del Bremen y la tradicional borrachera, la maldita última copa de garrafón en el Destino, la resaca mortal de domingo. Vestigios de juventud, aunque ya no seamos jóvenes. Intentos de retrasar la edad adulta, si es que eso existe, si es que eso significa algo más allá de asumir responsabilidades que no siempre uno es consciente de haber elegido.

NAVIDAD 

Diciembre empezó sin fuerzas y sin defensas. Resfriado de tres días en cama. Ganas de nada. Poco espíritu navideño este año, nada que ver con el anterior. Nada de cartas a los Reyes a la luz de las velas; nada de adornos ni belén. Desidia pura. Un rincón improvisado in extremis: un portal con lo que más quiero. Recuerdos de personas, lugares, momentos. Todo lo que es importante para mí está en ese nacimiento atípico. Todo cambia y hay que adaptarse. De nada sirve aferrarse a las rutinas porque ninguna dura para siempre. Y la tradición, como las reglas, está hecha para acabar saltándosela alguna vez. Este año cambié fiesta de Nochevieja por cena de Nochebuena y resultó una de las mejores noches de Navidad que recuerdo.



Esta noche brindaré por mantener ese rincón mío. Por incorporar más paisajes, emociones, placeres, descubrimientos, amigos. Por los que aún me leéis.


Feliz año. Que 2016 sea benévolo y os trate bien. 


domingo, 20 de diciembre de 2015

CUADERNO DE NUEVA YORK (III) - CONTRALUCES DE DOMINGO

En Manhattan caben todos los mundos posibles, 
y todos los pasados y todos los presentes.
-A. Muñoz Molina. "Ventanas de Manhattan"- 


Despertar en la cama de la habitación y ser consciente de que el sueño es real: Nueva York a nuestros pies. La excitación de lo nuevo, la ciudad por descubrir. Todo el tiempo del mundo por delante, cielo limpio, sol de verano en un otoño que se viste de primavera para darnos la bienvenida. Los mapas, las guías, el reparto de los días y las cosas por hacer: esa agotadora tarea del visitante novato, del turista disciplinado.

Decidimos ir a desayunar a Doughnut Plant, en la 23. Yo sigo hipnotizada por la ciudad. Las luces de la noche han dado paso a los reflejos de sol en los paneles de cristal de los rascacielos. Bajamos por la Sexta Avenida, llamada también Avenue of the Americas. Atravesamos los puestos de comida de Greeley Square y prometemos desayunar ahí otro día. Todas las veces que pasamos por ese lugar durante el viaje dijimos lo mismo. Por supuesto, nunca lo hicimos.

Muchos escaparates tienen ya adornos de Halloween. En una frutería las calabazas se amontonan en la acera, custodiadas por unos graciosos espantapájaros de trapo y paja. Yo me fijo en todo. Hago un chiste fácil, procaz y poco gracioso al pasar por un restaurante de comida italiana, que se convierte de inmediato en otro clásico del viaje y repito cada vez que bajamos la calle.



En la 23 torcemos a la derecha, escudriñando los números entre edificios en obras. En Nueva York hay casi más edificios en construcción o restauración que terminados y sin andamios. Cruzamos como españoles, por en medio de la calle. El local es minúsculo y está lleno, son casi las doce de un domingo. El zumo de naranja es estupendo y te lo dan en una botellita de plástico, de manera que puedes llevártelo si quieres. El capuccino, con su espuma y su dibujo de hojas, es de los mejores cafés que probamos allí. Y la caminata para desayunar ha merecido la pena: los donuts son cojonudos y hay mil variedades. Yo doy rienda suelta a mi cleptomanía cobardica y arramplo con un montón de varillas largas para remover bebidas, que entre unas cosas y otras iré perdiendo a lo largo del viaje cada vez que saco algo de la mochila.




Aprovecho para repasar mi guía de cosas que ver y deduzco que no debemos de estar lejos del Hotel Chelsea, en esa misma calle. Salimos del local y al comprobar el número vemos que es justo el edificio contiguo, casi irreconocible por los andamios. Alegría y alborozo. Echamos un rato haciendo las fotos de rigor, bastante deslucidas por el aparataje de hierros y nos dirigimos hacia la Quinta Avenida.









En la esquina de la 23 con la Quinta se ubica una Lego Store. Me atrapa el enorme escaparate y una especie de efecto proustiano de vuelta a la infancia. Mi infancia es construcciones de Lego, que todavía guardo en casa de mis padres, con sus planchas de carreteras, sus casas, su estación de policía y de bomberos, sus señales de tráfico y sus árboles que parecían todos de Navidad. En el primer ventanal, una especie de NY en miniatura. En los siguientes, dos enormes grafittis con emblemas de la ciudad y una Estatua de la Libertad. Todos hechos con piezas de Lego, claro. Dentro continúa el festival: anaqueles con la evolución de la ciudad en diferentes épocas; unos colonos saludando desde la antorcha de la Estatua de la Libertad, un Gandalf de tamaño casi humano, un dragón. Y cajas y cajas de distintas temáticas: Star Wars y Batman son las que más abundan. Fascinación y más fotos. Entusiasmo infantil, un poco injustificado. La certeza de que nunca dejamos de ser niños. La determinación y el deseo de no perder esa capacidad de asombro y de disfrute, tan primaria, tan esencial. No compramos nada, dejando los antojos para una próxima visita.






A la salida, el mediodía radiante, cálido y soleado, sobre el Madison Square Park. El Flatiron casi a contraluz, imposible contemplarlo sin guiñar los ojos cegados por un sol rabioso. Bajamos por la Quinta Avenida, al principio en sombra de rascacielos y tiendas, luego bañada en luz a medida que nos acercamos al Arco de Washington. Bullicio de domingo casi veraniego alrededor de la fuente del Washington Square Park. Una chica negra que se ha despojado de la ropa permanece tumbada en el suelo, cubierta por una toalla, en un acto reivindicativo contra la violación. Parada técnica en un banco a la sombra para consultar el mapa y decidir los siguientes pasos de nuestra ruta. La cerveza más cara del mundo: una lata de Heineken caliente de 8 dólares, fruto de la típica cagada del turista ignorante haciendo el tonto con la nevera del hotel.



Curioseamos por los Mews y bordeamos el parque, bajando por Mcdougal hasta Bleecker Street. Un paisaje distinto, tanto que parece otra ciudad, más antigua, de otro siglo, más europea, con el sabor de algunos barrios bohemios de Londres o París. Edificios de ladrillo rojo o marrón, de tres o cuatro alturas, con comercios coquetos y restaurantes pequeños y bulliciosos, con sus menús de colores en las pizarras triangulares de la calle. Nada que ver con la modernidad futurista del Midtown ni con la elegancia estirada de la Quinta. Hay algo de familiar en la calidez del barrio, cierta vida que no se encuentra más al norte. Estamos entre el Soho y Greenwich Village, en su apogeo dominical. Paseamos por sus calles cortas, las típicas casas con sus escaleras y un patio minúsculo o un pequeño jardín, algunas de ellas en sótanos. Me llaman la atención esas trampillas abiertas delante de las tiendas o restaurantes que albergan almacenes, señalizadas con conos fluorescentes de color naranja y con escaleras tan empinadas que da vértigo sólo asomarse. Me gusta el paseo y me imagino viviendo una temporada en una de esas casas. 


Tiramos de recomendación de guía turística y acabamos comiendo en la pizzería de Joe ´s, a una hora ya tardía para los horarios neoyorquinos. La pizza es grande y artesanal, al horno de leña, buena pero no memorable. Mola el local y los camareros y cocineros son todos latinos.

Vamos hacia la calle Hudson con la idea de tomar café y una copa en el White Horse Tavern, el típico lugar donde escritores bohemios y borrachos apuraban sus noches y sus días, la barra de donde se despegó Dylan Thomas para ir a morir al Chelsea Hotel. El local resulta ser un sitio sin glamour ninguno y petado de gente, así que seguimos por Hudson arriba hasta llegar al High Line.



El Meatpacking disctrict, donde hasta hace poco se ubicaban los mataderos en una zona portuaria en la orilla del río Hudson ahora es una zona moderna, juvenil y bulliciosa, con mercados de comida orgánica y frutas muy monas y galerías de arte montadas en lofts diáfanos a ras de calle. Todo muy chic y molón, pero cual metro en hora punta a primera hora de la tarde del domingo.











El High Line es un paseo original, construido aprovechando las antiguas vías elevadas del tren. Corre paralelo al río y es fantástico porque vas viendo la ciudad desde arriba, a un lado, y el Hudson al otro. En el trayecto están los típicos puestos de mercadillo y algunos de bebida y helados y también obras de arte urbano insertadas en el paisaje.

Hay un momento en el que el paseo corre contiguo a las casas, muy cerca, tanto que casi puedes asomarte a algunas de ellas. En algunas hay gente. Me da pudor y desvío la vista, pero ellos no parecen inmutarse. O no les importa o ya están acostumbrados.



Al final del paseo, las cocheras de trenes y rascacielos en construcción. Como si la ciudad se deshiciera sólo para tener que volver a construirse. Andamios y enormes grúas como dinosaurios del siglo XXI que forman parte del paisaje neoyorquino. El sol agonizante de la tarde se refleja en los ventanales de cristal y la imagen es poco fotogénica pero hay algo de magia en ese instante, un halo especial en esa luz dorada  que va virando del naranja al rosa, del rosa al violeta, del violeta al añil, hasta que empiezan a encenderse las luces y se hace la noche sin que uno apenas se dé cuenta porque aún no son las siete de la tarde, demasiado pronto para tanta oscuridad.

 


Ese primer atardecer en Nueva York, con el sol poniéndose en los edificios de la otra orilla del río Hudson, queda vivo en la retina. Los helicópteros que realizan vuelos turísticos sobre la ciudad despegan y aterrizan en esa zona de los muelles; sus siluetas se recortan a contraluz y son inofensivas y casi bellas pero a mí me resultan inquietantes, porque cuando en Madrid veo helicópteros nunca presagian nada bueno: o es la policía sobrevolando la ciudad  - imposible desligarlos de aquel zumbido constante en los días posteriores al 11-M - o es un incendio cercano o, si te pilla debajo en un día de lluvia y no tienes cuidado tu flamante paraguas puede quedar completamente destrozado.


Hay dolor de pies, y ampollas que laten y requieren de tiritas, y empieza a notarse el frío incómodo de la noche y la humedad del río, pero el momento es bello y especial, y permanecemos allí, como intentando detenerlo, hasta que los agentes de seguridad nos echan porque van a cerrar el High Line y nadie puede quedarse.



Volvemos caminando al hotel por la 34, sorteando obras primero y coches y gente y puestos de comida después, con la vista dividida entre la parte de arriba - el edificio del New Yorker, el Empire State - y los parkings, las tiendas y escaparates a ras de calle. J. me cuenta que ser dueño de un parking en Manhattan es uno de los negocios más prósperos en Nueva York y  bromeamos con  la idea de poner uno y hacernos ricos.

La parte baja de la calle 34 parece de otra época y yo me siento como en los 80 o los 90. Un Wendy, un Seven Eleven, negocios que en España ya no existen y en los que yo me dejé mi adolescencia. Después el bullicio de la zona más comercial del Midtown: Penn Station, Herald Square y ahí tomamos la Sexta, que es ya como nuestra calle de referencia para llegar hasta el hotel, en la 37. 



Volvemos a salir para cenar y la cena es poco memorable, pero el día acaba con un gintonic en la terraza del hotel, bajo la luz, hoy blanca, del Empire State.






jueves, 19 de noviembre de 2015

CUADERNO DE NUEVA YORK (II) - TIMES SQUARE O LA REALIDAD DETENIDA




En Nueva York, que no sabe de nuestra memoria sentimental 
ni de nuestro calendario, siempre es hoy y todos los momentos valen.
- Enric González. "Historias de Nueva York" -


Times Square no se puede describir. No hay palabras, ni siquiera imágenes, capaces de transmitir la sensación de estar bajo su influjo. Times Square es un hechizo, un decorado futurista, un tiempo y un espacio que anegan todo lo demás, un paréntesis donde sólo existe la realidad irreal de esas pantallas que proyectan mundos fabricados a medida, un festival de luces de colores que inunda los ojos y la mente, Blade Runner, Gran Hermano, una ráfaga de estímulos que cambian cada pocos segundos, que no paran nunca, que están ideados para atraparte, que te secuestran para siempre.




No sé cuánto tiempo me quedé parada enfrente de la Estación de Policía de la plaza, alucinando en colores (literalmente), sin poder repetir otra cosa que "qué flipe", en bucle, sólo eso. "Qué flipe", y la boca abierta, y los ojos aún más abiertos, deslumbrados por algo que no había visto nunca antes, por un puñetazo físico y mental, por una conciencia de aquí y ahora como no he sentido en ningún otro lugar, y a la vez un vértigo de estar en un lugar que no es de este mundo, que no es de este siglo, que es real e irreal de manera simultánea y con igual intensidad.

 

"Qué flipe", y el regocijo de J. ante mi asombro. "Sabía que te encantaría", su felicidad y su risa, entre las ráfagas y los destellos que bombardean mis sentidos.


El Bubba Gump Shrimp. "¿Eso es lo de Forrest Gump?", pregunto, todavía alelada. J. me explica que sí, con la ternura y paciencia que los padres emplean con sus hijos pequeños.












Bajamos por la calle 44, hacia la Séptima Avenida, buscando algún sitio para cenar. "Entonces, ¿esto es Broadway?". Sigo aturdida, confusa, descubriendo que nada es como imaginaba, alucinada en un escenario alucinante. "Pensaba que los teatros estaban en la 42", digo, bajo la enorme calavera de un restaurante que se llama Jekyll&Hyde. Por un momento, me parece que se mueve, que agita la chistera y sonríe.









Hemos dejado guías y apuntes en el hotel y nos dejamos llevar por la intuición, que nos lleva hasta la Octava. Obviamos el Shake Shack, cuya cola llega casi hasta la calle, y nos decidimos por un genuino restaurante americano, el Smith´s. Dentro, pantallas en todas las paredes del local retransmitiendo un partido de béisbol, bullicio de sábado noche pero no agobio (casi las 11 de la noche, es tarde para las cenas locales) y con más cansancio que hambre - es nuestra cuarta comida del día: bocadillo en el aeropuerto, comida y merienda en el avión - lo que más se agradece es el primer sorbo de coca-cola. Sin saberlo, J. probaría uno de los sandwiches que más le gustó de todo el viaje (cerdo en salsa, creo) y yo una hamburguesa clásica que me supo a gloria. Hicimos del Smith´s nuestro restaurante neoyorquino de cabecera. Volvimos dos veces más.


Sin saber que se trata de un local mítico, con más de 60 años de historia (un suicidio y un asesinato incluidos), que estuvo a punto de desaparecer en 2014. Sus dueños lo cerraron por las deudas (la historia salió en The New York Times), ante la consternación de sus fieles. Fue comprado por un exbombero y, al parecer, padre de una actriz famosa, cuya intención inicial era redecorarlo de arriba a abajo. Pero ante la presión ciudadana y al comprobar la devoción de sus parroquianos, decidió mantenerlo como estaba para que los neoyorquinos pudieran recuperar uno de sus santuarios favoritos. Reabrió sus puertas en febrero de 2015.


Espero que siga tal y como está en mi próxima visita a Nueva York. 







jueves, 5 de noviembre de 2015

CUADERNO DE NUEVA YORK (I)


New York is a diamond iceberg floating in river water.
Truman Capote


DÍA 1. El viaje es un estado de la mente.

Sábado 10 de octubre. Madrid.

18.15. Rutinas de aeropuerto

A veces, todo va bien. Facturación, control y embarque tranquilos, casi más de lo habitual. Encuentro con Nuria García-Alix en una terminal remota: alegría y buenas vibraciones. Fila de dos asientos. Ventanilla para mí. Cielo despejado. Nada de sueño, pese a no haber dormido más de dos horas.

De fondo suena Quique González. "Vidas cruzadas". Una luciérnaga azul y tú...¿no ves que hay una luz en el fondo de mi corazón?. Las señales y yo.

Entre las pelis disponibles, una que deseaba ver y que quitaron de los cines antes de que pudiera ir. "Los exiliados románticos", de Jonás Trueba. Otra señal.

Suenan los primeros acordes de "Me he perdido" y alucino. Antes de que Nacho Vegas empiece a cantar, cortan la canción para dar las instrucciones de a bordo. Pero la euforia no se va.

Nueva York con J.

Central Park y los patos.

Alegría, agradecimiento.

El resto no importa.


20.35. Diario de a bordo
  
La peli me hace pensar sobre los amores adultos. Que es un alivio haber dejado atrás también la década de los 30. Que a medida que uno envejece las decisiones las va tomando el tiempo y resulta liberador que se vayan cerrando posibilidades.
A partir de los 40 el futuro empieza a perder importancia. Sobre todo si no se tienen hijos ni responsabilidades familiares y un trabajo que te dé para vivir. Las decisiones vitales ya se tomaron (o no) y uno es consciente de que lo que hay es sólo presente. El reto más importante es lidiar con ello, pero sin esa angustia de futuro que se tiene a los 30, cuando parece que uno se ve obligado a elegir un camino sin vuelta atrás, y todo se lo toma a pecho, y todo le angustia. Diez años después se ha aprendido que todo pasa, que no hay nada irremediable, que todo es presente.

(He tomado notas para un futuro post sobre la película. En general fallida, inconexa y pedante, parece un video-clip de Miren Iza, a la que no se le entiende casi nada de lo que canta porque el sonido es pésimo, pero con cosas interesantes. Con un aire familiar de las pelis de Rohmer y Linklater que no puede no gustarme. Con citas literarias a tener en cuenta. Y con una mirada sobre las relaciones (el amor treintañero en la segunda década del siglo XXI) que me interesa)


20.59.  Flashes

En aire de nadie. Mar de nubes bajo el avión, sobre el Atlántico.

Viajamos hacia la luz. Cuatro horas después sigue sin hacerse de noche.

Las nubes parecen islas.

Ocho horas seguidas de luz.

Dentro de este avión es verano eterno.


21.10. Paisaje de avión

Las islas de nubes se vuelven desierto de espuma, blanco y rugoso; helado de nata, algodón y nieve.


00.21 (18.21 hora de Nueva York) . Destino 

La costa de Canadá como paisaje de fondo, primero.

Reflejos rosados en el ala.

La costa de Nueva York nos recibe con una puesta de sol desde el aire.


Franjas de atardecer en el horizonte.

Debajo, un desconcertante paisaje de lagunas y tierra.

Giro del avión sobre el mar.

Bruma azul de anochecer en la cola. Al frente, de nuevo rescoldos de sol.


La llegada

Trámites de aeropuerto, menos complicados de lo que se temía. Taxi a Manhattan. El horrible paisaje de autopista y afueras que separa los aeropuertos de las ciudades, tan parecido en distintos lugares. Es tarde-noche de sábado y hay atasco. Cansancio de avión e impaciencia por llegar, por descubrir algo reconocible. La necesidad de sorprenderse con los primeros rascacielos, las primeras luces de esta ciudad que nunca se apaga.

Registro en el hotel. Habitación en el piso 20. Por encima sólo la terraza.

Suite espaciosa, con un sofá y una cafetera. Una botella de champán y bombones Leónidas como obsequio de bienvenida. Un ventanal que da a los rascacielos de H&M y MetLife. Azoteas con tanques de agua y edificios en obras. Luces que iluminan la noche. Es Nueva York, sin duda.


Nos cambiamos de ropa y subimos a la terraza, a saludar al Empire State. Hoy luce de blanco. Todo resulta impresionante y tiene un toque de irrealidad. La incredulidad de los sueños cumplidos. Estar allí, por fin.

Me dejo llevar por calles aún desconocidas para mí. Voy noqueada de cansancio, emoción, excitación y asombro. Quiero verlo todo, descubrir lo que hay aquí y allá. Todo me sorprende y me abruma. Y eso sin haber llegado a Times Square.