La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

jueves, 17 de noviembre de 2016

DIECISIETE

17 años ya de aquel 17, de aquel noviembre, ese mes maldito que mata todo lo que toca, que se lleva lo más querido, que trae todo el frío del invierno entre sus días. 

17 años más la mitad desde mis 17. 

17 años sin ti y tan contigo.

17 años en los que te quise, te huí, te ignoré, te traicioné y volví, aunque en realidad nunca me fui del todo.

Y volví con recuerdos nuevos, con otros rostros y otros nombres en las canciones de siempre.

Porque cuando me alejo vuelve alguien que me regresa a ti y vuelvo a escribir mi historia en tus canciones. O en esas canciones de otros que hiciste tuyas y yo hice mías a través de tu voz. 

Ese CD de grabaciones inéditas de cuando entonces. The river. Hickory wind. Esas versiones con Los Problemas. María la Portuguesa. Desordenada habitación.Las rancheras. Se me olvidó otra vez,  Ojalá que te vaya bonito, Amanecí otra vez, Mundo raro, Amor se escribe con llanto, Se me hizo fácilEse desgarrado Para vivir.
 
Y esta, tan tuya, más reconocible en tu voz que en la de Quique. 

Porque a veces necesitamos las voces de otros, las palabras de otros, para decir lo que no nos atrevemos a decir. Porque dejar huellas nos expone y escribimos cartas sin remite ante tantas preguntas sin respuestas. Porque somos cobardes y en vez de hablar callamos. Porque componemos poemas que nunca enviamos. Porque los silencios no nos comprometen. Porque vivir en las canciones es más fácil que encarar la vida y volver a ellas es el único refugio posible cuando la realidad nos supera o contradice nuestros deseos. Porque a veces hacer saber exige un precio que no estamos dispuestos a pagar. Porque hay labios ante los que no sabemos qué decir y que no nos atrevemos a besar. Porque hay incendios que no acaban nunca de apagarse. Porque es más fácil creer que lo que no se confiesa nunca ha existido. 

Gracias, Enrique, por tu voz. 





lunes, 10 de octubre de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (X). SAVE THE LAST DANCE FOR ME

But don't forget who's takin' you home
And in whose arms you're gonna be
So darlin' save the last dance for me
Doc Pomus & Mort Shuman 
performed by The Drifters




Domingo frío. Y la angustia de todas las cosas que querríamos hacer, de todo lo que querríamos comprar. La sensación de que el tiempo se agota y no podremos aprovecharlo lo suficiente.

Brunch espectacular en The Harold. Unos huevos benedictine con langosta con los que aún salivo al recordarlos. Una incursión bastante poco memorable en el Victoria´s Secret. Un sitio muy agobiante. Hay tanta oferta que es difícil elegir. No sabes cuál es tu talla. Las dependientas se acercan y te miden el contorno. Aún así no aciertan. Me pruebo varias prendas que no me sientan del todo bien. A J. no le dejan ni estar en el pasillo de probadores y le tratan como a una especie de sospechoso por ser hombre. Me indigno y nos vamos sin comprar. Tiene la fama, pero no veo que el género sea muy distinto que el de Women´s Secret, Oysho, Etam o cualquier marca que tienen en El Corte Inglés.

No soporto el frío. Me compro un plumas en Uniqlo. Arramplamos con camisetas en GAP. Y le echo el ojo a una cazadora de cuero, aunque no tienen de mi talla.

Hacemos el turista en el Madison Square Garden. Compramos unas palomitas mezcla de queso y caramelo en Garrett Popcorn. Lo más guarro, calórico, insano y adictivo que he comido en mucho tiempo. De no poder parar. Encontramos ketchup Sir Kengsinton en un supermercado de la Sexta.

Atardecer en el Empire State Building. Vistas espectaculares del crepúsculo neoyorquino y frío polar allí arriba, lo que le resta bastante encanto. Un póster del skyline y un adorno navideño en la tienda. Un chocolate y un croissant en el Starbucks con menos glamour de NY y del mundo, probablemente, por mera necesidad de calentarnos.





El lunes, nuestro último día en NY, íbamos a dedicarlo a un último paseo por Central Park, a rematar compras y a patinar en el Rockefeller Center. Al final, lo de las compras se nos fue de las manos. J. se lleva media tienda de Levi´s. Yo sigo sin encontrar vaqueros de mi talla, que me sienten bien y más baratos que en España ni en Levi´s ni en ningún otro sitio. Cuando quisimos llegar a Central Park, era demasiado tarde y hacía demasiado frío. Comimos un perrito nada memorable, por cierto, en el Grey´s Papaya, un sitio al parecer famoso porque Obama había comido allí un día, o algo así.

Por fin me decido a comprarle a mi madre el reloj de Swatch con el skyline de NY. Chulísimo. Y nada barato. Le encantó, pero creo que se lo he visto puesto sólo un día.

En el Century 21 me perdí por completo. Aunque no encontré vaqueros, me llevé toda la ropa interior que no encontré en Victoria´s Secret. Y por fin encontré la cazadora que andaba buscando. No sin dudas, por supuesto. Y casi cojo una talla más grande de la que me correspondía. Me cuesta reconocer lo obvio a la primera. Pero ahora considero esa cazadora de Michael Kors un flechazo y una de mis prendas más preciadas.

Después el azar, tan travieso esa tarde, nos arrebató la diversión de hacer el patoso en la pista de patinaje del Rockefeller Center, que no estaba abierta al público porque había un evento privado. O quizá nos salvó. De un ridículo casi seguro, de unas agujetas para los restos o de volver con magulladuras por todo el cuerpo.

Un poco antes había hecho una de las suyas. Antes de encontrar la cazadora de mi vida, entramos en el enésimo GAP, a ver si tenían de mi talla. Me pruebo una, que casi me convence. Dudo ante el espejo. Y entonces pasa. Oigo los primeros compases de la melodía y no doy crédito. You can dance... Nos miramos alucinados. Se me empañan los ojos. Puede que llorara. Bailamos, o eso creo. Quizá con la cazadora puesta, no lo sé. Así lo recuerdo, aunque puede que sólo lo haya imaginado. Ocurrió lo más improbable. No es una canción de moda, de hecho es muy antigua. No es excesivamente conocida. Pero es nuestra canción y sonó allí, en NY, en un GAP cercano a Central Park, probablemente en el sitio menos apropiado y menos romántico. O tal vez no. Tal vez ese lugar fuera un buen resumen de NY, después de todo.

Aún a veces dudo de si sólo lo soñé.





domingo, 9 de octubre de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (IX). EL EFECTO POLILLA

Nueva York no es un viaje, sino una experiencia
Marta Rivera de la Cruz


Una vez cumplido con lo importante y bajo el acecho de una ola de frío polar canadiense que bajó la temperatura más de 15 grados en dos días, nos quedaban tres jornadas que podríamos dedicar casi exclusivamente a comprar. Así que nos lo tomamos con calma, aprovechando un día más fresco pero con sol radiante. Repetición de desayuno en el Doughnut Plant de la 23. Union Square, con un mercado sabatino de frutas, verduras y plantas. Calle Broadway abajo, camino de  Little Italy y Chinatown.

En todo viaje hay momentos extraños y plenos, asombros que nada tienen que ver con la espectacularidad de un paisaje, de un monumento, de un museo. Hay veces que una determinada luz, la simpleza de una calle, el encanto de una pequeña tienda o una canción que suena de fondo son suficientes para volverse recuerdos especiales.




A mí me pasó en Strand, la librería más antigua de Nueva York. No se diferencia demasiado de otras: es grande, no muy ordenada, con mucha gente mirando aquí y allá. Ni siquiera tiene el encanto de aquella pequeña librería que regentaba Meg Ryan en Tienes un e-mail o el de las que han proliferado en Malasaña. Sin llegar a ser un FNAC podría asemejarse a las Casa del Libro de Madrid. Escaparate de los chulos, con una parte dedicada a Juego de Tronos. Winter is coming, gorros de Navidad.

Al entrar, antes de los libros y junto a la caja, una mesa de merchandising da la bienvenida. Y es un hechizo perfecto. El efecto polilla otra vez. En esta ciudad no puedes dejar de desear comprar cosas, de querer llevártelo todo. Las tiendas, los escaparates, la ropa, los objetos son una tentación constante. Y te dejas llevar. Aunque sepas que no debes. Aunque todo se exceda de tu presupuesto. Aunque no lo necesites. Simplemente lo quieres y está ahí, ofreciéndose ante ti. Todo el rato. 

Tazas, imanes, marcapáginas, postales, bolsas con el logo de la tienda. Guiños literarios, humor, buen gusto, alejado de los típicos souvenirs que proliferan en las tiendas de indios y paquistaníes. Un poco más allá, en un rincón, casi mezclados con libros de poesía, camisetas, mochilas, paraguas, calcetines. Todo relacionado con los libros, la lectura, la escritura.

Miré libros, también. Pero me da pereza leer en inglés. Los que había en español o ya los tengo o no me interesaban. No encontré ediciones bilingües de poesía. Así que me llevé de todo menos libros. Dos camisetas. Una taza (LA taza de NY). Imanes. Postales. Me habría llevado mucho más. J. encontró una mochila. Nueva York es así.




Compras en GAP. Una chaqueta de 75 dólares que me costó 20. Y que no me vino nada mal para el frío de los días siguientes. Búsqueda infructuosa de unas RayBan que me convencieran.

Y a medida que bajábamos hacia el sur, otra vez el paisaje distinto. Tiendas, fábricas, casas más bajas, de ladrillo rojizo. El encanto del SoHo. Una comida rápida, sencilla, riquísima y genuinamente neoyorquina en la pizzería Pomodoro, en Mulberry St. Con Spring St. En un momento de la comida de fondo sonó Fix you, de Coldplay.

Little Italy es prácticamente ya una única calle. Reconocible, eso sí. Tiendas con género en la calle. De souvenirs, fundamentalmente. Y restaurantes. Pero se funde con Chinatown. Más tiendas de souvenirs, todos iguales. No tengo gran interés en regatear por imitaciones y el entorno no tiene ningún encanto. De hecho, me siento algo incómoda. Qué poca empatía tengo con lo asiático, en general.





Volvemos a las tiendas de vaqueros de Broadway. J. encuentra un pantalón y un abrigo. Yo compro calcetines de Calvin Klein para A., como todos los años para su cumple, y también para mí. No tengo suerte con los vaqueros en esta ciudad.

Cena en el Smith´s (cuya historia conté aquí) declarado definitivamente nuestro restaurante de cabecera de NY. 



sábado, 8 de octubre de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (VIII). QUEDARSE A VIVIR EN EL MET

Hay dibujos y fotografías que pueden apresar un instante,
pero no existe una literatura que pueda contar con plenitud
toda la riqueza de un solo minuto.
A. Muñoz Molina. 'Ventanas de Manhattan'



Viernes 16 de octubre de 2015.


Otro día radiante, aunque quizá más fresco. Desayuno típicamente americano y a lo grande en el Pershing Square de Park Avenue, bajo el puente, justo enfrente de Grand Central Station y el edificio de MetLife. 



Zumo de naranja, capuccinos, tortitas con sirope de arce, gofres con fresas. Un camarero mexicano que nos habla en español, fotos. 


Cogemos un autobús que sube por Madison Avenue hasta el Metropolitan. Nos entretenemos eligiendo imanes de nevera en los tenderetes para turistas que se extienden en la acera de la Quinta Avenida y que de alguna manera también forman parte del museo. Compro varios de portadas de The New Yorker y algunos que son como ilustraciones o postales antiguas, en color sepia, del Flatiron.

Excitación ya desde el mismo hall, con su pulular de gentes de un lado para otro, con la escalinata que invita a subir como a los aposentos de un palacio. La entrada no es obligatoria. Si quieres, entras gratis. El precio recomendado es 25 dólares, pero puedes pagar lo que quieras. La tentación de no pagar es grande, pero J. me da una lección y pagamos 10 dólares. No está mal para las siete horas que pasamos allí dentro. Y para convencerme (de nuevo) de que el MET es, probablemente, mi museo favorito del mundo mundial. En el Louvre acabé demasiado cansada, el Museo D´Orsay me supo a poco, la Tate Gallery tiene a Turner pero resulta ligera, el Prado se me hace muy pesado. Y aunque tengo debilidad por el Thyssen, mi museo madrileño favorito, no es comparable al MET.


Dice Muñoz Molina: "Acercarse por primera vez a un cuadro que uno ha estudiado mucho pero no ha visto nunca es una emoción llena de intriga. La proximidad y la búsqueda ya forman parte del hallazgo, le agregan la tensión de lo muy esperado, de lo aplazado".


Un poco de Velázquez, el Greco, Vermeer y Rembrandt para hacer boca. El Gran Canal de Turner para seguir. Y las salas de los impresionistas (de la 818 a la 822 y la 826) son para quedarse a vivir en ellas. Qué festín. Me podría tirar días de una a otra, sin parar. Monet, Pissarro, Van Gogh. No me sacio de ellos. En un pasillo, grabados e ilustraciones de Sargent.




















"La pintura existe en el espacio, pero sucede en el tiempo; el tiempo interior y concentrado de la representación y del proceso pictórico y el tiempo sucesivo de la mirada que la examina, del espectador que permanece inmóvil o se acerca o se aleja unos pasos de ella, que va advirtiendo cada vez más detalles, y que al ser consciente de ellos modifica la primera impresión. Contemplar un cuadro no es quedarse pasivamente ante él,sino ejercer una actividad intelectual y sensorial de primer orden, tan profunda y tan rica como la del lector que al recorrer los signos impresos sobre el papel o la pantalla lleva a cabo complejas operaciones neuronales que duran milisegundos, y que despiertan en su imaginación voces, presencias, mundos enteros". **




La mayor sorpresa estaba en la azotea. Vistas espectaculares de Central Park a un lado. Y del skyline de Manhattan a otro. Lobster roll y coca-colas de quarterback y cheerleader como comida tardía.



Un cielo perfecto, nubes que provocan juegos de luces y sombras. Un enorme acuario. Un jardincillo zen. Muchas fotos, con libro, sin libro, de un lado, de otro.











Después del descanso seguimos con el ala de pintura americana. Fascina Remington y sorprenden las escenas costumbristas de la vida cotidiana de los indios del XIX. Damos vueltas y más vueltas buscando las salas de Sargent, pero las han desmantelado porque hace poco acabó una exposición monográfica. Llevamos más de cinco horas aquí.






Queda poco para el anochecer y decidimos quedarnos para verlo en la azotea, que empieza a llenarse de gente. Otro de esos momentos grabados a fuego en mi retina, en mi cámara, en la memoria sentimental de este viaje.




Irrenunciable visita a la tienda del museo - ¿por qué me gustarán a mi tanto las tiendas de los museos? - donde compro varios libros para mi padre, un calendario de Sargent y, sorprendentemente, nada para mí.

Atravesamos Central Park hacia el oeste de noche y da un poco de miedo. Vemos cruzar un mapache, pero cuando saco el móvil para hacerle una foto ya se ha esfumado. Llegamos a Columbus, vemos el Lincoln Center por fuera. Estamos tan cansados que ni nos molestamos en acercarnos para ver el Metropolitan Opera House de cerca. Con las luces de fuera, el edificio iluminado, las escaleras interactivas nos vale.

Cena en el P.J Clarke´s de Lincoln Center. Más moderno, más lleno, más cool que el de la Tercera. Pero con menos encanto. El camarero joven y rubio, atento, no puede compararse a la camarera talludita, entrada en carnes y con acento inentendible del otro local. La comida tampoco. A lo mejor es el cansancio o que la novedad ya no nos sorprende, pero esta hamburguesa no me sabe tan buena como la otra, con esa salsa de champiñón tan fabulosa. Nos equivocamos al pedir las patatas, no son las mismas que pedimos allí. El ketchup Sir Kensington nos sigue pareciendo maravilloso, eso sí.




** El artículo completo de Muñoz Molina, aquí:


viernes, 3 de junio de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (VII). LA EXPERIENCIA DE LO IRREPETIBLE

"Cambiaría el más bello atardecer del mundo 
por una sola vista de la silueta de Nueva York (...) 
¿Es genio y belleza lo que quieren ver? ¿Buscan un sentido de lo sublime? 
Dejadles que vengan a Nueva York, que vengan a la orilla del Hudson, 
miren y se pongan de rodillas"
Ann Ryand. "El manantial".



Jueves de sol radiante. Desayuno en Le Pan Quotidien de Bryant Park, al aire libre, al estilo neoyorquino. Plan del día: el MOMA. De camino, el escaparate de la tienda de la HBO dedicado por entero a Juego de Tronos llamándonos a gritos. Pero lo dejamos para más tarde, sabiendo que si entramos no van a ser sólo cinco minutos.

En el museo, un objetivo claro, otro de los motivos de este viaje: La noche estrellada de Van Gogh. Momento emocionante por su significado, más que por el cuadro en sí. Tantas veces visto, repetido, no impresiona demasiado y hay que compartirlo con otros tantos turistas que, como nosotros, no paran de hacerle y hacerse fotos. Sí impresiona el sabernos allí, admirando el original, cumpliendo promesas, sueños, deseos.



El edificio es otra obra de arte más, con las galerías que permiten asomarse y contemplar las exposiciones de la planta baja, los cuadros de las paredes, el jardín exterior, los rascacielos de enfrente.




Sorprende descubrir aquí Las señoritas de Aviñón de Picasso y las pinturas de Dalí. El famoso cuadro de los relojes deshaciéndose - "La persistencia de la memoria", se llama - es ridículamente pequeño. Un argentino pesado nos pregunta si es el original.

Grandes murales con nenúfares de Monet que no me gustan tanto como sus cuadros de menor tamaño.

Me gustan los cuadros garabateados de Pollock. Una pareja de españoles de mediana edad, en torno a los 50, discute delante de uno de ellos. Intentan hacerse un selfie. Ella le echa la bronca a él porque no es capaz de sacar una foto exactamente como ella quiere. Él replica que es imposible complacerla con las fotos. Me atrevo a intervenir y me ofrezco a hacerles la foto. Charlamos un rato, nos reímos, ella nos hace una foto a nosotros. Aunque todas las parejas se crean únicas, al final acabarán reproduciendo algún cliché, siendo reflejo de otras.

Las esculturas de Picasso son famosas. Hay carteles por la ciudad con la escultura de una cabra, convertida en icono. Las contemplo con curiosidad pero no me dicen nada.

La sala Warhol mola. Pero tampoco sé si lo que se ve impresiona por sí mismo o por la conciencia de estarlo viendo. Las latas de sopa Campbell. El retrato múltiple y multicolor de Marilyn. Un Elvis duplicado vestido de vaquero, disparando. Imágenes tantas veces vistas, repetidas hasta la saciedad, que uno ha interiorizado como obras de arte. Los originales indistinguibles de las copias. Quizá ese sea su valor. Pienso en Walter Benjamin, en el aura perdida de las obras de arte, en la mediatización cultural que determina lo que nos produce una impresión o una emoción.

El arte moderno no acabo de entenderlo. Una bandera de los Estados Unidos. Pues vale. (Aquí, la explicación: http://www.moma.org/collection/works/78805?locale=es)



Algo que no sé qué puñetas es y bautizo como "el sillón de pollas". Puede que sea ignorancia, pero casi todo me parece una memez en esta sala. Me pasa lo mismo con Arco. Tengo la sensación de ser la única que ve al emperador desnudo, donde los demás ven un fabuloso traje. Lo que se supone que es originalidad o arte o transgresión a mí me parece una tomadura de pelo.










Luego llegamos a la sala del videojuego. Interacción. O interactividad. Esas otras moderneces denominadas "instalaciones". Creo que tenía un trasfondo ideológico. La lucha entre el capitalismo y el comunismo. Un soldado del Ejército Rojo muy parecido a Super Mario lanzando latas de coca cola como armas de destrucción en escenarios de plataformas a lo Donkey Kong con fondos de Street Fighter (me pica la curiosidad e investigo. Gracias, Google, por esta información:

Nosotros solos en la sala. Se podía jugar. J. dentro del videojuego, formando parte de la obra de arte, disfrutando como un niño. Yo observándole, haciéndole fotos. Disfrutando también, de otro modo.



Otra instalación. Varios altavoces alrededor de un cajón o trozo de tarima de madera. En la pared, el mismo poster reproducido cinco veces en cinco tonos distintos (efecto Warhol otra vez). De fondo, una voz de mujer recitando o leyendo o dando un discurso que no entiendo pero cuya cadencia, junto con los posters, me dice algo. Me gusta. Me hace reflexionar. Y me quedo pensando en ese lema, que da título al conjunto:

Everything Else Has Failed! Don't You Think It 's Time for Love?


( La explicación de la obra, aquí: http://www.tanyaleighton.com/?pageId=221)


Se empieza a notar el cansancio. Son casi las dos y media. Salgo al jardín, mientras J. va a recoger las mochilas a la consigna. Hago fotos. Espero un rato, aburrida ya. No viene. Entro, con la máquina de reproches en modo on, en plan ¿perodóndeestabasquéhacíasporquéhastardadotanto? Al parecer, no le dejan salir con la mochila. Me ha mandado un guasap que yo no he visto.


Bajamos a la sala de cine. Está cerrada, pero en la antesala hay carteles de películas míticas y una exposición especial con la colección privada de posters de Scorsese. Fotografío tres: Laura, El Tercer Hombre, Scarface.

Hora de comer. Búsqueda de The Burguer Joint at Le Parker Meridien. Una hamburguesería (bastante cutre, por cierto) escondida en uno de los hoteles más chic de NY. Recorrimos la calle 56 y no lo encontrábamos. Debimos de pasar por delante al menos dos o tres veces, sin verlo. A la hamburguesería se accede por detrás de una gruesa cortina, bajando una escalera. Siempre hay cola. Hacemos la del turista y esperamos. 

El sitio es curioso: un sótano casi cochambroso, pequeño, con paredes de madera pintarrajeadas con frases varias y pósters de pelis y series míticas, un mostrador para pedir, con la oferta culinaria escrita a mano en cartones colgados de cualquier manera y mesas abarrotadas en las que la gente no se demora mucho. 



Las hamburguesas son buenas (difícil encontrar una mala aquí), pero tampoco espectaculares. Mola la experiencia  y tachamos de la lista otro de esos lugares de visita obligatoria según las guías. Pero no es para repetir.





De postre, el helado de Godiva deseado desde la víspera. De vuelta, la demorada visita a la tienda de la HBO. Camisetas de Juego de Tronos (entre muchas dudas, como siempre), una taza térmica y camaleónica, un regalo.

Llegada al hotel con el tiempo casi justo para ducharnos y arreglarnos para la cena. Una de esas cenas. En uno de esos sitios. Etiqueta (vestido, medias, zapatitos, chaquetas, corbata y así). Una estrella Michelín. Vamos en taxi, por supuesto. Atravesamos la ciudad, cruzamos por el puente de Brooklyn. And voilà: The River Café.

El sitio es elegante. Y rancio. Como un viaje en el tiempo a los años 80. Con sus mesas con sus manteles de tela rosa pastel, sus sillas de rafia, sus bouquets de flores, sus lamparitas, su pianista tocando en directo, sus familias de dinastías tradicionales (y republicanas) celebrando cumpleaños, sus grupitos de turistas de avanzada edad, sus parejas de amantes del tipo jefe-secretaria. Y nosotros allí, entre expectantes y desubicados, con la superioridad moral de quien convive con las experiencias culinarias más rompedoras y modernas, aunque no haya estado nunca, ni quizás quiera, de El Bulli, Quique Dacosta, DiverXo. Y yo, atragantándome con los precios cerrados del menú (y de los vinos, aparte). 




La comida, discretita. La langosta tirando a sosa. Las gambas salvajes, muy de cóctel ochentero. Del pastel de cangrejo (creo que pedimos eso), ni me acuerdo. El solomillo demasiado hecho, nada jugoso. Nada que ver con el vitello tonnato ni el solomillo del Grand Palais. O la pasta con trufa y la carne del Zá-Zá. O el filete del Café Sao Bento. Y el inevitable comentario palurdo: "Desde luego, como en España no se come en ningún sitio". Pero es que es verdad. Y del vino ni hablamos. Lo mejor, los postres. Ese puente de Brooklyn de chocolate le dio algo de originalidad a la cosa. Sin tirar cohetes, tampoco.


Pero, de nuevo, la experiencia valió la pena. Y la pasta. Porque esas vistas son espectaculares. Estás, literalmente, encima del East River y debajo del Puente de Brooklyn. Cenas viendo el agua y el skyline de Manhattan. De noche es único. Quizá ya no recuerde lo que comí, pero desde luego esa imagen, esa vista, esa noche, ese momento (y el significado de todo: el cómo llegamos hasta allí,  lo que quedó atrás, la manera de hacer las cosas, los detalles) no se me olvidará en la vida.