La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

miércoles, 24 de junio de 2015

CENIZAS


B.S.O. La calle del Olvido. Los Secretos 
 ...cómo tienes el valor, yo que siempre me he dolido 
 de recordar lo que fue y lo que pudo haber sido...




No verlo venir. La sorpresa pulverizando el deseo. La incredulidad de quien descubre de golpe que adoró al ídolo equivocado. 

 Y después la nada. Humo y cenizas. Lo que queda tras el fuego. Letras que añadir a la lista de lo que ha de ser arrojado a la hoguera. 

 La llama ahogada con un solo silencio, desde una mirada incapaz de sostenerse. Nada al otro lado: sólo espejismo. Cartón piedra tras la máscara, tras la sonrisa que ahora ya sólo parece mueca. 

 Quemar lo que no sirve. Renacer como ave fénix, sin mirar atrás, siendo ya otra. 

 La energía desperdiciada habrá de transformarse: que el fuego obre el milagro en esta noche de San Juan, en la que la luz vence a las sombras.


jueves, 23 de abril de 2015

EL ARTE DE LA DEDICATORIA


“De la serie de hechos inexplicables que son el universo o el tiempo, la dedicatoria de un libro no es, por cierto, el menos arcano. Se la define como un don, un regalo. Salvo en el caso de la indiferente moneda que la caridad cristiana deja caer en la palma del pobre, todo regalo verdadero es recíproco. El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo. Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre"
- JORGE LUIS BORGES - 




Otro 23 de abril. En nada llegará la Feria del Libro. Lectores a la caza de autores. Autores al servicio de los lectores. Las firmas, ese placer y ese suplicio. A los lectores les gusta llevarse su libro firmado, como un trofeo único. Los autores, después de veinte o treinta firmas, ya no saben muy bien qué poner. Hay quien no se complica la vida; otros manejan varias frases que repiten aleatoriamente; los más ingeniosos son capaces de escribir algo distinto cada vez. Hay quien adorna con dibujos sus palabras. Otros cuya letra parece de médico más que de escritor y cuya firma es ilegible. Hay quien lo pasa mal porque no se acuerda del nombre del conocido/a que se acerca reclamando su ejemplar firmado y tiene que sortear el momento trágico con humor y mano izquierda.

Todo buen lector acumula libros firmados. Si además es escritor, un buen puñado de ellos son de amigos. Toda firma es especial, pero cuando con el autor te une la amistad, además de la admiración por su literatura, esa dedicatoria adquiere más valor. Hay dedicatorias que anticipan futuros, deseos, afectos. También uno llega a hacerse amigo de autores a los que conoce en una firma de sus libros o en una presentación que acaba en borrachera y karaoke a las seis de la mañana. (No daré nombres, pero a mí me ha pasado).

Pero las mejores dedicatorias son aquellas que surgen al hilo de una conversación, por mínima que sea, con un escritor al que admiras desde hace tiempo y al que siempre has deseado conocer. Del que lo has leído todo o casi todo. Cuya nueva obra esperas siempre con ilusión e impaciencia.

Estas son tres de mis dedicatorias más preciadas, las que guardo como tesoros.


 La de Carmen Martín Gaite                             La de Ray Loriga 
(Nubosidad Variable)                                                 (Sombrero y Mississippi) 






La de Siri Hustvedt 
(Los ojos vendados) 

"Ojalá que "The blindfold" (título original en inglés, que significa "La venda")
no te ciegue, sino que te abra los ojos en tu trabajo"


Y esta otra, de Luis García Montero para Almudena Grandes, recogida en el poemario "Habitaciones separadas" es una de mis favoritas: 





miércoles, 15 de abril de 2015

41




Uno más. Y la alegría de cada año en esta fecha. Los nervios, la excitación, las ganas de celebrar. La necesidad de que sea un día especial. 41 y me sigue haciendo ilusión. No soy madre, así que sigo siendo niña eterna: la única. Desde siempre y por siempre yo. Mirada al frente, pero también a todo lo que me ha traído hasta aquí. Lo que ha hecho de mí quien soy. Seguir sumando. Aprendiendo. Conociendo (desconociendo a veces, también). Mirando. Viajando. Dando. Recibiendo. Disfrutando. Amando. Viviendo.

Ser consciente de mi suerte. De que todavía no me falten quienes tienen que estar. De tener a quienes tengo, saber que me quieren y que les quiero, aunque no se diga. "Encantada de ser lo contrario de lo que soñé", como cantaba Quique González. Orgullosa de quien soy. De haber ido construyéndome a base de errores, improvisaciones, apuestas a ciegas. Nunca tuve una idea clara de cuál sería mi futuro, pero no podría haberlo soñado mejor. Mi vocación literaria me ha traído las mayores alegrías y satisfacciones de mi vida: una novela, amigos, amantes, amores.

Las pérdidas y las renuncias, que no han sido tantas ni tan importantes, me condujeron hasta esta felicidad de ahora. Me siento en paz, que no es poco. Conmigo, con los míos, con los otros. No acumulo arrepentimientos ni frustraciones. Me gusta mi vida de adolescente, sin responsabilidades ni cargas sobre mis hombros. Me gusta mi independencia, mi libertad. Hacer lo que quiero, con quien quiero. No echo de menos los hijos que no tengo. No me siento sola: mi familia son mis amigos.

Me gusto más ahora que a los 20. Compenso el paso del tiempo en mi cuerpo con una mente más clara, que sabe lo que quiere (y, sobre todo, lo que no quiere) y con una actitud más sabia ante el mundo y ante los demás. Me siguen importando las cosas, y sobre todo las personas, pero he aprendido a no tomarme todo tan a pecho. Sé que casi nada es definitivo. Que el dolor pasa. Que hay que aprovechar el momento. Que de nada sirve aferrarse a las cosas (ni a las personas), que hay que saber dejarlas marchar cuando ya no sirven o no aportan. Que las madres siempre (o casi siempre) acaban por tener razón y dan los mejores (y también los peores) consejos. La mía siempre dice: "Más vale una vez colorada que ciento amarilla". Siempre he aplicado esa máxima a rajatabla, yo, que me sigo sonrojando como una colegiala a la menor ocasión.

Sigo siendo vehemente, apasionada, impaciente, brusca, brutalmente sincera, pero sufro menos. Desde que no creo en el amor, el amor me viene dado. Sé que amo mejor cuando no estoy enamorada: paradójica lección que he tardado toda una vida en aprender. Y que estoy más preparada para el amor que hace veinte, diez años. Soy mejor amante que nunca y los prejuicios se me van cayendo con cada nueva experiencia.

Cada vez necesito menos, lo que no quiere decir que me conforme más.

Me sigue gustando cumplir años. Y celebrar cada 15 de abril.

A mi manera, siempre.




jueves, 9 de abril de 2015

LISBOA EN TUS OJOS




Lisboa en tus ojos
desde los míos
a nuestros pies la ciudad de colores
de fondo el río donde se hace mar
el azul que no acaba en ningún horizonte.
La música triste,
los pasos nuevos
desmontando calles antiguas
persiguiendo la sorpresa
o la aventura:
nadie se hace viejo
si le sigue importando
el modo de mirar
las ciudades
o los rostros que nos reflejan
en los que quisiéramos reconocernos
aunque no siempre nos basten.



Toda belleza
queda traicionada en el recuerdo.
No hay modo de recuperar la luz
cuando se ha de regresar:
la felicidad es espejismo de un día
no puede durar mil noches
no hay claridad
capaz de iluminar los años futuros
y el pasado siempre es sombra agazapada
en la esquina de cualquier paisaje
en el recoveco de un cuello
en un gesto involuntario
o en una conversación en apariencia intrascendente.







Lisboa plácida
sin la urgencia
de quien sabe que se le agota el tiempo.
Lisboa mancillada
por turistas que no la merecen
sintiéndola ya como algo nuestro
en un momento nos fue arrebatada
como si dejásemos alguna vez
de ser extranjeros
de nosotros mismos.



Ser en otros,
con otros,
y la eterna paradoja
de la compañía y la libertad
compatibilidades imposibles
para quien lo quiere todo.


  



La ciudad nos mira
cuando no la miramos
y siempre hay lunas que iluminan la noche.
La luna rosada de Cascais
amarilla más allá del puente
no deja de buscarse en el agua.
Algún día caerá como Narciso
ahogada en sus propios ojos.

No hay que descuidar los deseos que se piden:
se corre el riesgo de que lleguen a cumplirse.






  


lunes, 16 de marzo de 2015

VOLVER A LISBOA



Sueña el jardín que no está aquí, que está muy lejos, 
pero al mirarlo sabemos que miente
-Ray Loriga. Jardines de Lisboa-. 





Volver a Lisboa como quien vuelve al hogar, a una casa amiga, a un amante con el que no se deja de soñar y cuyo reencuentro se anhela y se busca. Volver a Lisboa en tren nocturno, en un viaje imprevisto e improvisado, decidido con la rapidez que imponen las ganas y las certezas, en las peores fechas pero por el mejor de los motivos, dejarse ser en amistad.

Volver a Lisboa en primavera y descubrir su luz como si fuera la primera vez. La luz inmensa y desbordante del verano. La luz grisácea y sin embargo amable de febrero. Habrá que volver algún otoño, en barco, para completar el ciclo viajero - la llegada de una tarde soleada de julio atravesando en coche el puente 25 de abril, la llegada de noche y en avión en un fin de semana robado al invierno -, para que ningún regreso sea igual, para mantener intacto el recuerdo de cuando la felicidad fue posible y real.



Perderse en las calles de Lisboa, en sus cuestas, en sus tiendas, en sus jardines pendientes: el botánico, el del Museo Calouste Gulbekian, la estufa fría. Ecos de los textos de Ray Loriga sobre los jardines de Lisboa para la exposición del Jardín Botánico de Madrid, de las impresiones de Muñoz Molina en su última novela, donde Lisboa aparece una y otra vez, real e imaginada como en un sueño que se recuerda vivamente al despertar y poco a poco va disipándose con la lucidez de la mañana, de las obligaciones y las tareas por hacer.


Ganas de Lisboa con amigos. De ese bacalhau de viernes santo que ya es tradición casi irrenunciable. Ganas de viaje, un poco a la aventura: es de locos, en estos tiempos, ir en un tren que tarda diez horas, en los asientos más incómodos de todo el vagón. Pero es, también, un modo de hacerlo distinto, nuestro. De recordarlo con fastidio o con nostalgia. Son las situaciones extravagantes o fuera de lo común las que no se olvidan. Unos aviones acaban mezclándose con otros, trenes distintos que acaban siendo los mismos. Pero seguro que este tren nocturno a Lisboa será recordado como un viaje diferente. Diez horas descosiendo kilómetros, estaciones. Atravesando Castilla, Extremadura, Portugal. Diez horas para dormir, hablar, leer, soñar, aburrirse, escribir, ver amanecer, desear llegar.

Volver a Lisboa, tan querida, como se vuelve, desde la memoria y la distancia, a los amores que uno nunca acaba de tener del todo.