La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

domingo, 5 de mayo de 2013

SIXTO RODRÍGUEZ O LA IMPORTANCIA DE LA MELODÍA


Hay momentos en la vida que traen consigo su propia música. Canciones que ponen letra a ciertas vivencias, a determinadas personas, y que quedan asociadas a ellas para siempre jamás. A veces el descubrimiento de un cantante, de un album, de una banda sonora marca una etapa de la biografía. En ocasiones son compañías pasajeras, cuya cercanía agotamos hasta la extenuación y de manera intensa durante un breve periodo, que quedan relegadas cuando otra melodía, menos gastada, nos invade con burbujeante novedad. Pero, ay, de vez en cuando se produce el milagro de la emoción que llega para quedarse, de los amores eternos que van calando poco a poco de manera irreversible, hasta pegarse al hueso, que hacemos sangre de nuestra sangre. Hay músicas que, una vez escuchadas, ya no se van de la cabeza, y pueden llegar a obsesionarnos. Entonces llega la fiebre, y el deseo de saber de ese artista, de indagar sobre su discografía, de saber quién es, qué ha hecho, qué hará. Buscamos todo sobre su música, sobre su vida, entrevistas, videoclips, actuaciones, conciertos. A través de la música nos interesa la persona. A veces, sólo llega la decepción más absoluta: el músico fascina pero no el que queda al bajarse del escenario, como consagró Enrique Urquijo en esa maravillosa historia que es Ojos de gata. Otras veces, persona y personaje, artista y el que queda al despojarse de la guitarra o el micrófono son uno, y nos sigue interesando el ser humano que hay detrás del nombre. Hay otras ocasiones en que uno descubre a la persona y después llega su música.


Me sonrojé por mi ignorancia hasta la fecha del documental Searching for Sugar Man, pese a haber ganado el Oscar, y corrí a la cartelera por si aún estaba a tiempo de verlo. Ventajas de vivir en Madrid, donde aún quedan cines como los Renoir, (crucemos los dedos para que sigan por mucho tiempo). Confieso que no soy una entusiasta de los documentales, pero fui a ver este con una ilusión que hace tiempo no siento al ir al cine (salvo excepciones, como la impaciencia por que se estrene Antes de la medianoche, la tercera parte de la historia de Jesse /Ethan Hawke y Céline/Julie Delpy que Richard Linklater nos regala cada diez años. Quien no haya visto Antes del amanecer y Antes del atardecer que corra, ya, en cuanto acabe de leer este artículo y de ver Searching for Sugar Man). Sesión de tarde de un domingo de abril con la primavera estallando en la ciudad en todo su esplendor. Nada de palomitas, que el cine hay que respetarlo. Ganas de conocer la historia de Rodríguez, de escuchar su música.

Desde la primera escena ya está uno dentro del 'mundo Rodríguez'. Un coche, una carretera de costa, un atardecer entre acantilados. Y las notas de Sugar Man. La música. La voz. La letra que a priori no entiendes pero que a medida que se desgrana en subtítulos reconoces ya como imprescindible.


La pasión, la fe, la búsqueda de dos tipos que en la otra punta del mundo, se interesan, se preguntan, se cuestionan, y se dejan arrastrar por la curiosidad, por un cierto sentido de la justicia, nacido de la admiración y de ese afán de todo seguidor por llegar a conocer al ídolo que ha conseguido conmoverle con su arte, que ha marcado la biografía y que se siente como algo propio. El peregrinaje tras la pista de Rodríguez, las ciudades que nombra en sus canciones, Londres, Ámsterdam, sin éxito. Todas esas leyendas urbanas sobre su desaparición, sus mil maneras de morir. El callejón sin salida, la tentación del abandono, la cruda realidad como profecía autocumplida (el primer album de Rodríguez se llama Cold Fact, el segundo Coming from reality). Y entonces un nombre en una de las letras, un clavo ardiendo del que tirar, un soplido a la flauta de la suerte. Y sonó. Met a girl from Dearborn, early six o´clock this morn. A cold fact. Dearborn, Wayne, Michigan. Detroit, cuna de la Motown, y del propio Rodríguez, criado en el sonido de sus calles, de sus fábricas, de sus pubs, de sus esquinas.


Y después la emoción de rescatar al ídolo. De saberle vivo, dedicado a sus cosas, a su familia, a la construcción, a vagabundear por los suburbios de Detroit durante más de veinte años, sin haber grabado un tercer disco porque sus otros dos nadie quiso comprarlos. De recibir una llamada suya, de escuchar su voz al otro lado de la línea. De contarle que es un mito en Sudáfrica. Que sus canciones son tan importantes para varias generaciones como las de Dylan o Simon y Garfunkel o los Beatles o los Rolling o Elvis Presley y que sus letras se convirtieron en himnos de libertad contra el apartheid. Que su música, a pesar de estar prohibida y censurada, despertó conciencias e inspiró a músicos blancos que se levantaron contra el régimen.

Rodríguez parece encarnar la máxima de Samuel Beckett ante el fracaso: "Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor". Sus discos no se venden en Estados Unidos y es despedido de la discográfica dos semanas antes de Navidad, como él mismo había anticipado en una de sus canciones. Sus discos se venden por millones en Sudáfrica pero nadie tiene noticia de ello y por descontado él no recibe un dólar. Decide presentarse a concejal de Detroit y queda en el puesto 139 de 169. Y a pesar de los reveses en cada intento, Rodríguez no se siente un perdedor. No es un fracasado atormentado y llorica. Simplemente acepta la realidad. The cold facts. Volviendo otra vez a ella y levantándose. Coming UP from reality, podría decirse, haciendo un forzado juego de palabras. Como si, en el fondo, no esperara otra cosa. No le salen los proyectos y sigue a lo suyo sin frustrarse en exceso. Tampoco se tortura por el pasado, por esa vida no vivida y que tal vez, si la justicia poética fabricara realidades, hubiese sido la que le correspondía. "Tenía la sensación de haberlo logrado", dice Rodríguez, hablando de cómo se sintió tras grabar su primer disco. Y con eso le bastó durante toda su vida.


Lo de después, el encuentro con los que quisieron resucitarle, el viaje a Sudáfrica, los conciertos, fue como un bis al final de una actuación. Se toca sabiendo que ya todo ha terminado, que no habrá más canciones después. "Gracias por mantenerme vivo", dice, en ese concierto único y mágico en el que fue ídolo, artista, príncipe. Todo lo que ya era, pero esta vez con público, para el público, para su público.


Y si la historia que cuenta el documental es fascinante, también su elaboración es una historia. El director sueco Malik Bendjelloul, conoció la historia en 2006, por boca de uno de los protagonistas, Stephen Sugar Segerman. En seis meses completó un 80% de la película, que en principio iba a ser un documental de media hora para televisión, pero no encontró productor. Aunque curtido como director de documentales, este era su primer largo. Él mismo hizo la animación, la música y el montaje. Tardó otros tres años en completarla. Para entonces ya había encontrado unos productores que creyeron en el proyecto. Pero no sin dificultades: en tres minutos al teléfono, después de varias llamadas sin pasar de la recepcionista, tuvo que convencerles de que su historia era tan buena como para merecer un Oscar. 








jueves, 2 de mayo de 2013

EL SENTIDO DE LAS COSAS



Hoy he visto deslizarse nubes
como fotogramas
borregos resbalando en una pantalla azul.
Entonces un avión irrumpe en escena
una flecha acerada atravesando cielos a la contra
en dirección opuesta
al sentido de las cosas.

A veces hay señales en la mañana
que uno no sabe cómo interpretar
que cambian el rumbo del día
que indican
que nada está quieto.

Un avión ensartando nubes.
Sólo eso.
O un signo
que trastoca el mundo.

Hay días en los que algo se mueve
o está a punto
de producirse un cataclismo.


martes, 23 de abril de 2013




“Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor sea muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

(Holden Caulfield)

-  El guardián entre el centeno. J. D. Salinger -   








¡FELICES LECTURAS!

lunes, 15 de abril de 2013

39

"El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y las contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear." 

 DAVID TRUEBA. Saber perder.




Ha estallado la primavera, por fin, un poco de improviso, y no nos acabamos de fiar de este sol limpio, de estos 25 grados que despiertan recelos porque no estamos seguros de que vayan a durar, ni cuánto, en este tiempo de incertidumbres, inseguridades y pocas verdades sólidas a las que aferrarse. Hasta la meteorología falla, nos engaña y osa no ajustarse a nuestros deseos o necesidades. 

Ha estallado la primavera y me pilla de cumpleaños. Peligrosa combinación para alguien que tiende a alterarse con la primavera y vivir el cumpleaños con cierta intensidad. Septiembre, Nochevieja y 15 de abril son las tres fechas que marcan mi calendario anual. Momentos para hacer balance, para recordarme justo 365 días antes e imaginarme 365 días después, para soñar y desear. 

El cumpleaños es la celebración de que se ha sobrevivido, otra vez, a las estaciones, al amor o al desamor, a la felicidad o a la desdicha, al aburrimiento, al trabajo, a la familia, a los amigos, a los disgustos, a las alegrías, incluso al vacío y a la nada. Todo queda atrás, otra vez, y hemos de volver a arrastrar nuestra vida a lo alto de la montaña, como Sísifo su piedra, hasta que vuelva a caer y empiece otro nuevo ciclo. 


Desear es consustancial a la primavera y al cumpleaños. Por más años que cumplo ( y estoy a uno de cambiar de década, con todo el vértigo que traen las cifras que acaban en cero), siempre me parece que nunca voy a curarme de esta impaciencia tan infantil, de este afán de que me quieran, de esta necesidad de tarta en mi honor y exigencia de un deseo cumplido por cada vela soplada. 

Llego a mis 39 trastocada por esta primavera tardía y reventona, por esta luz de pronto después de tanta lluvia, por este calor repentino sin que nos haya dado tiempo a sacudirnos el frío. La piel pide aire y el alma emociones, como cada año por estas fechas, sin que, por más años que pasen, termine de aprender que el ansia nubla el entendimiento y arrebata la cordura. 

Es insensato desear euforia, cuando ya debería haber aprendido que la única felicidad duradera está en la calma. Pero la calma es para el invierno, para los espíritus acomodaticios y las mentes ancianas, seguramente más sabias que yo. Mi talante adolescente no se ha desprendido de las ensoñaciones románticas que le inocularon Peter Pan, los cantautores, la literatura y el cine. Se resiste a madurar y, como cada primavera, como cada cumpleaños, desea desear. 


Feliz primavera. Y cuidado con lo que deseáis, no sea que se cumpla.



jueves, 21 de marzo de 2013

A LOS HOMBRES FUTUROS (BERTOLD BRECHT)



Porque vivimos en tiempos sombríos.
Porque es necesaria la palabra, y la poesía.
Porque al final la primavera siempre llega 
y más vale que nos pille alerta.
Siempre estamos desarmados ante el futuro
y siempre habrá alguien que nos haga pasado. 


Madrid, 21 de marzo de 2013.
Día  Mundial de la Poesía.
Ayer entró la primavera. 

1

Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos estos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿lo encontrarán sus amigos
cuando lo necesiten?

Es cierto que aún me gano la vida.
pero, creedme, es pura casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara, estaría perdido.)
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia,
dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.




Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
Se sentían más tranquilos sin mí. Lo sabía.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas. La meta
estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

3

Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido,
Cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.

Cambiábamos de país como de zapatos
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros
con indulgencia.


BERTOLD BRECHT