La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

viernes, 15 de abril de 2016

42

El corazón, si pudiera pensar, se pararía.
F. PESSOA. 'El libro del desasosiego'


Quien quiera encontrarme hoy que me busque por las calles de Lisboa, bajo la lluvia de esta primavera huraña camuflada de invierno, en esta ciudad cada vez más nuestra.

Otro año vivido. Otro año sobrevivido. Hubo adioses y bienvenidas; sólo el tiempo dirá si definitivos. Si quien se fue lo hizo para volver y si quien apareció lo hizo para quedarse.

Dos ciudades que añadir al mapa de las emociones. Roma, Nueva York. Memoria y futuro. Una apuesta que fue un regalo:  dejarse perder para ganarlo todo. Sueños cumplidos.

Esquivé balas y la suerte jugó conmigo, pero me acompañó en lo importante.

Lloré a un amigo que nos dejó huérfanos de su presencia demasiado pronto y demasiado rápido

Quise amar. Hubo quien supo amarme y quien no quiso hacerlo. Sentí.

Enfermé y sané, me divertí, me emborraché, me arriesgué, cometí errores, aprendí, me desesperé, deseé, soñé.

Viví.

Todas las personas que me importan siguen cerca.

Mi corazón sigue latiendo.

El balance da paz.

Cumplo feliz.

lunes, 4 de abril de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (VI). DENTRO DEL CORAZÓN, EN EL CENTRO DEL MUNDO

No estoy muy seguro de ese maravilloso regalo que es Nueva York.
¿Y si no fuese más que un sueño, que un experimento prodigioso,
que un avatar, que un renacimiento efímero, que un purgatorio magnífico?
Paul Morand


Miércoles y aún mucha ciudad por descubrir. Desayuno rápido en el Dunkin Donuts de enfrente del hotel, más que aceptable. Contra todo pronóstico, el café es bueno y de tamaño gigante. Parada en la Biblioteca Pública de Nueva York. En el hall hay una lectura de Valeria Luiselli. Ella habla, el sonido no es muy bueno, no entiendo apenas lo que dice. Gente de pie en el hall, escuchando. Me habría quedado, es una de las autoras de mi lista de lecturas pendientes. Apenas he leído algún artículo suyo, varias reseñas, menciones de otra gente y creo que me gustará. Pero hoy tampoco es pronto, son ya las 12 de la mañana, y no me apetece quedarme allí sin saber muy bien de lo que habla, sin entender. Subimos al primer piso y la sala de lectura principal (Rose Main Reading Room) está cerrada por obras, así que poco más queda por ver. Subimos al segundo, pero no hay nada interesante, salvo el propio edificio en sí. Decidimos no perder más tiempo y nos vamos, un poco decepcionados.





Siguiente parada: Times Square. De día no impacta tanto como de noche pero sigue siendo impresionante. Nos quedamos un buen rato. Dejamos que la cámara de Love is On de Revlon nos haga una foto y esperamos a vernos en la pantalla gigante, como niños disfrutando en un parque de atracciones. Todos nos ven, pero nadie nos conoce. Y nada importa salvo este momento, esta travesura, este recuerdo. Esta realidad irreal que permanecerá en la memoria. Este estar en el corazón del mundo.













El irrefenable magnetismo de las pantallas, de las tiendas, otra vez. Fotos para Nuria de la tienda de M&M´s. El interior fascina aún más. Pasamos una hora dentro. Otro parque de atracciones. No compramos nada, por no ir cargados todo el día y porque dejaremos las compras para más adelante, pero acumulamos caprichos en nuestra lista de deseos. De nuevo me rindo ante el sentido del espectáculo, del marketing de las tiendas y los museos de Manhattan.



Seguimos por la calle 44, de camino al Intrepid Sea&Space Museum, en el muelle 86 del río Hudson. Me gusta esta zona de casitas bajas de ladrillo marrón. Estamos en Hell´s Kitchen, que para nada hace honor a su nombre, al menos en esta zona. Pasamos por delante del Actor´s Estudio, y me complace la casualidad de encontrar lugares famosos sin andarlos buscando. Otra vez vuelve la ciudad a hacerse barrio y capto una imagen curiosa: un camión de reparto antiguo aparcado sobresaliendo de la boca de un garaje con el conductor dormido, doblado sobre el asiento, con las piernas encima del volante, haciendo una uve. Sigo coleccionando fotos de mi Nueva York, que probablemente nadie más tiene.





El día está raro, a ratos frío y a ratos calor, ahora sol, ahora nublado. Atravesamos la Novena, la Décima, la Once, abandonando el glamour de la zona central de Manhattan. Fábricas, garajes, rascacielos, anuncios, pero sin ningún encanto. Sólo el Hudson le da algo de belleza a la zona.



El Intrepid es un museo dentro de un portaaviones. J. disfruta como un crío y yo le hago fotos en diversos simuladores. La parte que más me gusta es la de arriba, la exposición de aviones antiguos, y las tiendas. Sudadera molona de la NASA como regalo de cumpleaños. El transbordador espacial Enterprise me resulta un timo. Y vistos de cerca todos esos aviones y cacharros espaciales parece mentira que puedan mantenerse en el aire o en el espacio sin desintegrarse. Son como de juguete. Estoy cansada y un poco agobiada para meterme en el submarino, así que espero fuera.




























Comemos en el Uncle Nick´s, un restaurante griego en la Novena. Comida agradable y tranquila. Volvemos paseando hasta la Quinta. Entramos en la catedral de San Patricio y no nos parece gran cosa. Que venimos de España y hemos estado en Notre Dame, en Praga, en Budapest. Merienda en la chocolatería Godiva. A mí se me antojan unas fresas cubiertas de chocolate que tampoco están tan buenas para lo caras que son. Me paso un buen rato gruñendo porque debí haberme pedido helado. Hay patinadores en Rockefeller Center.




No hay mucha cola para el Top of the Rock, la azotea del edificio Rockefeller. De nuevo el espectáculo, dentro y fuera. Ya ha caído la noche sobre Manhattan. Festival de luces, la ciudad que nunca duerme extendida en millones de lucecitas blancas y amarillas. Un decorado inabarcable, inmenso, irreal. Pero ahí está, con la aguja azul del Empire State y la blanca del Bank of America y la verde del de H&M, y la cúpula del Edificio Chrysler, y el MetLife y la mancha oscura de Central Park, y los puentes sobre el East River. Hacemos la misma fotografía mil veces, un poco incrédulos, para tener pruebas de que efectivamente estuvimos allí, de que fue real, temerosos de que esa vista se desvanezca como las imágenes de las pantallas de Times Square, fugaces y repetitivas, instantáneas y líquidas, verdad y mentira a la vez, a las que, ya en tierra, hacemos fotos repetidas como si fueran a desaparecer en cualquier momento.





Deberíamos cenar, pero no tenemos hambre porque hemos comido tarde y recorremos varias tiendas de souvenires y de ropa. Cumplimos, como buenos españolitos, con nuestro buen rato en la tienda de Levi´s. Más cansancio que ganas de comer. Nos metemos en una especie de pub-bar con buenas cervezas y buen ambiente y acabamos pidiendo una ensalada. Enorme y con muchas calorías, claro.

De vuelta, pasamos por delante de The New York Times. Foto-fetiche de periodista en su puerta.


Llegamos al hotel rendidos, arrastrando los pies, sin fuerzas ni ganas de una copa en la azotea. Nueva York tiene mil formas de matarte. 






martes, 22 de marzo de 2016

SOMBRAS DE INVIERNO

Sigue sin brotar la primavera en mí.
No tengo armas para destrozar el invierno,
para silenciar el frío de mis huesos.
Pozos de hambre y ansia:
los espejos reflejan lo que no he sido.
Tristeza de lluvia y charco
sed, años, cansancio
acumulo lo inservible en mis pupilas
heridas abiertas en mi piel
cicatrices, escamas
lo imperfecto en cada pliegue
la imposibilidad del olvido
el sol oculto
y todos esos sueños tan lejos de mí.
Sólo queda la crueldad
de otro abril robado.

domingo, 28 de febrero de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (V). ON THE TOP OF THE WORLD

¿Volverán de nuevo las olas atlánticas a estrellarse 
contra esas rocas rojizas que fueron Nueva York 
y que no lo serán ya cuando nada venga a turbar el silencio 
de un mundo agitado durante un instante?
- Paul Morand. 'Nueva York'-




Martes, 13 de octubre.

No hubo boda, pero sí un ferry al final del día: ida al atardecer, vuelta ya de noche, con todas esas luces encendidas, los rascacielos iluminados a los que volver una y otra vez, atontados como mosquitos topando contra el cristal de una bombilla.

Un día que empezó con un desayuno tardío que iba a ser un brunch y que finalmente fue un almuerzo en toda regla en The Harold. Croque Monsieur para mí y Croque Madame para J. El suyo con huevo frito. Los dos con ensalada y patatas fritas, enormes, a lo americano. Zumo de naranja y capuchino para mí (gigante y pasable). Café solo (bastante flojito, al parecer) para J.

Más de las 12.30 cuando salimos de allí. Sin estar cubierto del todo, el sol no luce como en los días anteriores. Esta luz como velada es la que recuerdo de la otra vez que estuve en Nueva York y que no fue memorable. Agosto, calor, humedad pegajosa y esa especie de neblina. Pero ahora es octubre, no hay humedad y la temperatura sigue siendo agradable, a pesar de las nubes.

Seguimos por la Sexta hacia el sur (los chistes repetidos al pasar por los mismos sitios, etc.). Las lechugas crecen en los alcorques de los árboles de Nueva York. Seguramente no son lechugas, pero lo parecen y me llama la atención, porque son muy verdes y vistosas. 

A medida que bajamos el paisaje va cambiando. Permanecen los taxis, los coches de bomberos, pero la ciudad se va haciendo diferente. Los rascacielos van dando paso a casas más bajas, de cuatro o cinco alturas como mucho, de ladrillo rojo, anaranjado, marrón, con ventanas simétricas y escaleras de incendios en las fachadas; las tiendas de souvenirs van desapareciendo y se ven más tiendas de todo tipo, supermercados, cafeterías más pequeñas, más cutres. Los depósitos de agua coronan las azoteas, cada vez más bajas. Todo parece más pobre, menos lustroso, más sucio. También la gente cambia. Más población de barrio, menos oficinas, menos ejecutivos y turistas.



A la altura de la calle 11 aparece un edificio que parece un castillo de Disney. Es la Jefferson Market Library, ahora biblioteca pública y antigua cárcel y Palacio de Justicia. Nueva York esconde sorpresas así. De repente, donde menos te lo esperas, o donde menos pega, aparece un edificio catalogado como histórico. O una iglesia de estilo neogótico. Algo absolutamente anacrónico y discordante con todo lo que le rodea. O parquecillos minúsculos al final de una manzana, con algunos columpios, bancos, árboles.



Un poco más abajo, el IFC Center, que conserva la marquesina del antiguo teatro Waverly. Teatros transformados luego en cines que conservaron la fachada característica, esa que se ve en las antiguas películas de Hollywood: en forma de triángulo, con letras de palo negras sobre fondo blanco anunciando la obra o la película de estreno. Ahora es una sala de cine independiente y escuela de cine. La fachada es fea, tirando a cutre. Ni rastro del glamour de las películas de antaño. Quizá sea la luz grisácea, que no acompaña.

Seguimos hacia el sur, hasta llegar a Canal Street. Dejamos a la derecha el Holland Tunnel y seguimos por Canal Street hacia la izquierda. Con esa manía tan propia de los turistas de compararlo todo con escenarios conocidos, no puedo dejar de pensar que esta parte de la ciudad me recuerda vagamente a la calle Bravo Murillo, entre Cuatro Caminos y Plaza Castilla. Alvarado, Tetuán. Ese ambiente de comercio barato de barrio, de zona un poco descuidada, algo sucia. De escaparates tapadera que a saber qué esconden en sus trastiendas. De mirar instintivamente a los lados y pegar bien el bolso al cuerpo. Por si acaso, me pongo la mochila en la parte de delante, protegiéndola como si fuera un bebé. Es incómodo, pero me hace sentir más segura. Bajamos un poco, hasta Broadway St., que tomamos camino de Wall Street.

En Broadway un montón de tiendas con descuentos y saldos que intento apuntar mentalmente para volver: zapatillas Converse, vaqueros Levi´s, gafas Rayban. Contengo las ganas de entrar porque ya es tarde y aún queda para llegar a nuestro objetivo de hoy: Wall Street, la zona cero, el One World Trade Center. Sólo entramos en una tienda molona de cachivaches de Nueva York y de Estados Unidos en general, en la que no compramos nada. Caen cuatro gotas que no van a más y al fondo el sol luce entre nubarrones aislados que en ningún momento cubren un azulísimo cielo.

Llegamos hasta Chambers St. Ya estamos en el corazón administrativo de la primitiva Manhattan, cuando aún era Nueva Amsterdam. Sí, fue un holandés el que compró el terreno a los indios, hasta que los ingleses se hicieron con el control y el rey se la donó a su hermano, el duque de York (gracias, Wikipedia). Edificios majestuosos y bien conservados, con enormes escalinatas, arcos, columnas y frontispicios con lemas, dibujos y relieves. A la derecha, los juzgados. Al frente, las oficinas del Ayuntamiento. Un poco más a la izquierda una plaza bordeada por el Tribunal Federal y el Tribunal Supremo del Estado de Nueva York, en cuyo frontispicio se lee: "La verdadera administración de justicia es el pilar más firme del buen gobierno", frase atribuida a George Washington (gracias otra vez, Wiki).

Delante, una fuente con un modernísimo y, en mi opinión, ambiguo, monumento. "El triunfo del espíritu humano", se llama y, al parecer, según explica en una placa el autor, un tal Lorenzo Pace, está dedicado a los esclavos desconocidos y sin nombre que trajeron de África al país y representa un antílope macho y otro hembra propio de la máscara chi wara de la tribu Bambara de Mali. Mi superficial y calenturienta mente y mi mirada sucia veían un consolador gigante. Juzguen ustedes, improbables lectores:



Rodeando el Ayuntamiento, bajamos por Park Row, con las efémerides año por año insertas en el suelo, hasta Fulton Street, donde está St. Paul ´s Chapel. Un recinto raro en la vorágine de Nueva York. Se trata de la iglesia más antigua de Manhattan y se ha salvado de sucesivas catástrofes, conservándose ilesa. Desde el incendio de 1776 hasta la caída de las Torres Gemelas, situadas justo enfrente. Es una capilla cuca, de ladrillo marrón, con un cementerio a modo de jardín, con hierba muy verde, pájaros y unos banquitos donde sentarse a descansar o incluso rezar. Un rincón que invita a pararse, a tomarte tu tiempo. A contemplar la zona cero, justo enfrente.


Nubes y sol, a ratos, conformando un cielo de puzzle y apocalipsis. El reflejo en la enorme torre del One World Trade Center. La zona cero todavía en obras. (Leo que el intercambiador de transportes diseñado por Santiago Calatrava se inaugura la semana que viene. Y, como todo lo de este hombre, es desmesurado y horrendo). Un reguero de turistas que van y vienen, que se agolpan alrededor de los dos monumentos homenaje a los caídos el 11-S, dos fuentes en forma de cascada subterránea que en realidad son dos enormes huecos: los de las Torres Gemelas. Los nombres de los muertos tallados en bronce. Algunas rosas sobre el metal. Los rayos del sol clavándose en el centro de uno de los cuadrados. Impresiona estar allí. Saber lo que pasó. Haberlo vivido, aunque fuera a salvo, a distancia, por la tele. La gente se hace selfies, en una atracción turística más. A mí me parece algo impúdico. Me incomoda incluso hacer una foto en la que aparezca algún nombre. Pero la rosa blanca sobre el bronce oscuro me parece una imagen bella y pulso el botón, como todos.



Sigue el baile de luces y sombras entre el sol y las nubes cuando nos metemos en el One World Trade Center (WTC). El mayor rascacielos de la ciudad, el más alto del hemisferio occidental y el sexto del mundo. Una altura total de 541 metros (equivalentes a 1776 pies, año de la independencia de los Estados Unidos), que sin la antena son 417 metros. 104 plantas de altura, 94 útiles.

No hay cola. Y de nuevo nos asombra el sentido del espectáculo que tienen los organizadores de los edificios turísticos de esta ciudad, haciéndote sentir que merece la pena la entrada que has pagado. 32 dólares. Unas pantallazas te dan la bienvenida en tu idioma. Luego te hacen ir por salas de exposición donde te cuentan cosas del edificio, de su construcción, y donde hay hasta una reproducción de sus cimientos;  pasar un fotocall donde te hacen una foto a la que insertan un chroma (y que, por supuesto, te cobran a la salida. No la cogimos, valía 29,99 dólares, pero salíamos estupendos) y subir en un ascensor vertiginoso (dura 60 segundos) con proyecciones en todas las paredes de la cabina con las vistas de la ciudad en diferentes épocas, desde su fundación hasta hoy. Hasta llegar al WTC Observatory.















La ciudad, el infinito y más allá, a nuestros pies. Sus cuatro costados. Sentir NY, otra vez. Casi no creérmelo, otra vez. Fotos, un vídeo. Más fotos, con el libro. Más asombro. Juegos de luces y sombras sobre la maqueta que estamos contemplando. Ahora nubes, ahora sol, ahora lluvia, ahora no. El río Hudson, la Estatua de la Libertad, los puentes sobre el East River, Manhattan, el cielo, desde el cielo. Hora y media on the top of the world.


Después, Wall Street. Que es una callejuela bastante fea. Miles de chinos alrededor del toro, para tocarle los huevos. Dicen que da suerte. Por supuesto, cumplimos con el ritual. Con ese y con el de dejar que un paquistaní de un puesto de perritos de Battery Park nos timara. Pero nos lo comimos mirando al río, felices, como turistas ociosos y disciplinados, calculando la hora del atardecer para coger el ferry de State Island.


No fue un atardecer muy espectacular. Unas suaves pinceladas rosadas asomando entre las nubes, al pasar por la Estatua de la Libertad. El cielo añil besando los rascacielos del sur de Manhattan. Y a la vuelta, todas las luces encendidas. Como un escaparate de Navidad. Como un hechizo de sirenas. Y mi sonrisa asomando al mar, con la felicidad al fondo.




Después, tras un momento malo a causa de una lentilla díscola y a pesar del cansancio y el hambre, locura en el Century21, al que fuimos por casualidad por el descuento de la entrada del WTC. No compramos nada, pero nos quedamos con ganas de volver.

Con las fuerzas justas, y equivocando la salida de metro, llegamos al famoso Katz´s Delicatessen. No me recordó nada al que salía en la peli. Había mucha cola para pedir. Y los sandwiches, enormes, estaban buenos, pero no tanto como para fingir un orgasmo.





domingo, 31 de enero de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (IV) - LOS PATOS DE CENTRAL PARK, POR FIN


En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, 
empieza a echar de menos a todo el mundo. 
-Holden Caulfield-



12 de octubre, Columbus Day. Lunes radiante. Hoy toca Central Park, uno de los objetivos del viaje (como si se necesitaran excusas para viajar a Nueva York). Subimos por la Sexta Avenida para avanzar hacia el norte. Al pasar por Bryant Park decimos que estaría bien desayunar ahí algún día (e increíblemente lo hicimos). Hay poco tráfico porque es festivo y las calles del Midtown están cortadas por el desfile, pero se ven muchos autobuses escolares que son como los de las películas: amarillos, grandes, pesados, antiguos. De camino a Rockefeller Center pasamos por los estudios de la NBC y el mítico Radio City Music Hall. En el Rockefeller Center están preparando la pista de hielo, que abre hoy, y programamos venir a patinar domingo o el lunes, los últimos días de nuestra estancia.

 Salimos a la Quinta Avenida a la altura de la Catedral de San Patricio y en las escaleras la plana mayor eclesiástica de la ciudad bendice el desfile. Las majorettes no son nada del otro mundo y tampoco le ponen mucho entusiasmo. Todo el mundo porta banderas italianas y la mayoría de las carrozas tiene motivos italianos, estadounidenses o latinoamericanos. En esta parte en la que estamos no se ve ni una bandera española, ni nada que recuerde a España ni remotamente. 










Lo más llamativo hasta ahora es una enorme hormigonera de color rosa desde la que reparten camisetas. Yo me peleo por una (¡premio para la nena!) y nos pasamos los siguientes 30 minutos corriendo detrás del camión (lo cual es difícil porque cada vez que hay que cruzar una calle hay que esperar a que la policía las abra o irse casi hasta la Sexta Avenida) para conseguir otra camiseta para J., pero no hay manera. Lo único que conseguimos es pillar un par de botellas de una especie de té helado con las que cargamos todo el día.




La tontería de la camiseta del desfile nos retrasa casi una hora. La idea era llegar a Central Park antes de comer, pero ya son más de las 2. Persistimos en nuestra incapacidad para ser turistas disciplinados y nos saltamos constantemente nuestros propios horarios, nuestro propio planning. Cervecita para reponer fuerzas y adentrarnos en el parque. Toda la emoción y excitación de los sueños que se realizan felizmente, de las promesas cumplidas, de los miedos superados. Central Park como símbolo de tantas cosas, cuatro años y medio después de que aquel librito azul viera la luz, más de cinco desde que alguien paseara el manuscrito en su mochila por Praga. Central Park en un otoño que no lo parece, con un cielo azulísimo y despejado, con árboles más verdes que rojizos, con un sol limpio y casi 25 grados de temperatura. 

Y yo, eterna niña con caprichos 
de adolescencia no superada, me empeño en subir a los caballitos del carrusel. Única adulta sin niños en el tiovivo, pero con ese libro azul que es lo más parecido a un hijo que llegaré a tener. Quizá debería sentirme un poco avergonzada, pero es que estamos en Nueva York y estoy contenta y puedo permitirme tonterías como esta. Ilusión infantil y anacrónica, emoción de colores al ritmo de la música repetitiva y machacona. 

Alrededor, verde de árboles, luz de tarde, J. disparándome con la cámara. A lomos de un caballo de plástico, la vida dando vueltas.












Erramos el camino buscando Strawberry Fields y el círculo del Imagine y tenemos que volver sobre nuestros pasos. El edificio Dakota está en obras; ni siquiera merece la pena hacer una foto, es todo andamio. Llegamos al lago en busca de patos, pero no vemos ninguno. 

Tampoco damos con el puesto de perritos adecuado para pillar uno y sentarnos en cualquier lado, aunque al final acertamos. Avistamiento de patos, ratito de descanso y comida en The Loeb Boathouse. Más de las 4 ya. En nuestra línea.









Siguiente parada: estatua de Alicia y los niños salvajes, vertiginosamente encaramados a ella. A una niña se le ha subido el vestido y se le ven las bragas. Me sorprendió esa libertad de los niños neoyorquinos: nada está prohibido pero son, en líneas generales, bastante respetuosos. En el parque todo bastante limpio en general. Y otro detalle sorprendente: en ningún baño público de Nueva York (y cuando una está de viaje y todo el día fuera visita unos cuantos), ni por supuesto en cafeterías o restaurantes, no falta nunca ni papel higiénico ni jabón ni toallitas para secarte y/o secador de manos que funcione. Eso y que te sirvan un vaso de agua fría en cuanto te sientas a la mesa de un restaurante son razones suficientes para amar esta ciudad de manera incondicional.



De postre compramos unos pretzel que no nos parecieron para tanto. Y por fin los patos. En el Tourtle Pound (sí, también hay tortugas). No estaban y de repente aparecieron en formación, en coreografía que parecía ensayada. El sol dorado de las cinco de la tarde, los colores del otoño, montones de fotos. A eso habíamos venido, al fin y al cabo. Después de pasear el libro por los parques (y los patos) de media Europa ya tocaba llegar al origen de todo. A los auténticos patos de Central Park, que en otoño aún permanecen en los lagos.





Para sosegar la emoción nos sentamos en el césped frente al Castillo de Belvedere, con buenas vistas al lago y a dos típicas americanitas de picnic con su perrito tras un día de compras que intentaban hacerse un selfie y no había manera de que el perro posara como ellas querían. 









Cayó la tarde y la temperatura y había que levantarse porque aún quedaba mucho parque y pronto empezaría a anochecer. En la esquina, un tentador puesto de gofres. Y una considerable cola. La dependienta no sonrió ni una sola vez... hasta que nos tocó el  turno y nos habló en español. Nos contó que su familia era de Ecuador (o tal vez fuera Guatemala), fue extremadamente amable y se rió bastante con nosotros. Nos sentamos en uno de esos bancos dedicados que tiene el parque, enfrente de uno de sus muchos campos de béisbol, a disfrutar del gofre, ese invento tan delicioso como difícil de comer dignamente, sin acabar manchada de chocolate por todas partes o con los dedos pringosos.





Tras rendir pleitesía a las estatuas dedicadas a las obras de Shakespeare y rodear el teatro al aire libre, paramos en el Castillo de Belvedere con un cielo rosa cubriendo los rascacielos del lado oeste del parque. Lenta vuelta hacia el sur con parada en el Bow Bridge y la sesión de fotos de rigor, con gondolieri incluido.









Aunque ya es de noche es pronto todavía, las siete. Paramos en el Apple Store de la Quinta Avenida y caminamos hacia el este, para coger el teleférico que para en Roosevelt Island y va pegado al Queensboro Bridge. En el camino, un edificio en obras cuyas lonas reproducían frases sobre NY de escritores famosos - detalles así son los que hacen único cada viaje - y el curioso edificio de Bloomberg. 





Cogemos asiento en la ventanilla trasera de la cabina y el espectáculo es alucinante: las luces de la ciudad alejándose en perspectiva, mientras el teleférico se eleva. Otra vez Blade Runner, un escenario futurista, una imagen clavada en la retina. Fotos y vista del skyline desde Roosevelt Island. El puente es el que sale en la peli de Manhattan, donde Woody Allen y Diane Keaton tienen esa conversación sobre los amaneceres de NY.






Tomamos el paseo hacia el sur. Enfrente destaca el Empire State iluminado en rojo, blanco y verde, los colores de la bandera italiana. Un paisaje que uno no se cansa de mirar. A la vuelta, persiste la excitación de montarse en atracciones de feria, los edificios con sus luces acercándose esta vez, todas esas ventanas estallando ante los ojos.




Cena en el P.J. Clarke ´s de la Tercera. Un buen recuerdo. Local vintage, camarera entrada en años y en carnes, que nos atiende con una curiosa mezcla de simpatía, paciencia y condescendencia, y una hamburguesa con salsa de champiñones para chuparse los dedos. Y el descubrimiento del ketchup Sir Kensington, el más delicioso que he probado nunca.









Frío y cansancio, mucho cansancio, de vuelta al hotel. Apenas quedan fuerzas para una foto al Empire State desde la terraza del hotel. Ni siquiera nos apetece una copa.










Nota.- El pasado fin de semana cayó sobre Nueva York la segunda mayor nevada de su historia. Hasta 68 cm. de nieve en algunos sitios. Veo las fotos de esos lugares que yo recuerdo con tanto sol y me parece una ciudad distinta. Hay imágenes de indudable belleza, Central Park nevado parece un lugar de cuento. La gente hace muñecos de nieve en Times Square. Me parece todo hermoso y mágico, pero esa no es la ciudad en la que yo estuve.