Nada más regresar en ferragosto brotó la alergia en mi piel coloreada de mar. Días de tristeza y cansancio, en una ciudad amarilla y tóxica. Ahogo y claustrofobia a cuarenta grados, un aire irrespirable y sin posibilidad de gritar más fuerte. Mi alegría secuestrada por el entusiasmo ajeno, por la algarabía y el cántico, y mi espíritu imposibilitado para la empatía ni la comprensión. Mi cuerpo atrapado en mi propia casa y yo sin fuerzas ni ganas, queriéndome encontrar muy lejos, en otra parte, en cualquier lugar menos aquí y ahora, agotada, agostada. Mi energía arrebatada por el fervor de una muchedumbre extranjera invadiendo espacios que siento míos. Visiones alucinadas y apocalípticas a través de las pantallas. Una ciudad desconocida y asediada, una juventud que me hizo sentir vieja y extraña, desposeída de los lugares que tanto amo, que tanto vivo. Miedo de las calles cuando dejan de ser refugio y hogar y se vuelven infierno. Miedo de la gente, de las masas que gritan, de unos y otros. Miedo de la policía que vuelve al garrote vil para impartir injusticia y de los que insultan, de los que se arrodillan para rezar el rosario en medio de una plaza y de los que dicen “Os vamos a quemar como en el 36”.
A todos los que os encontréis en tierra de nadie, bienvenidos al Área de Descanso.Un lugar ideado para parar, respirar hondo y tomar aliento para proseguir el viaje.Porque la vida sigue, a pesar de todo.
Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-
La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-
miércoles, 31 de agosto de 2011
Morir en Venecia (Fin de agosto en Madrid)
Nada más regresar en ferragosto brotó la alergia en mi piel coloreada de mar. Días de tristeza y cansancio, en una ciudad amarilla y tóxica. Ahogo y claustrofobia a cuarenta grados, un aire irrespirable y sin posibilidad de gritar más fuerte. Mi alegría secuestrada por el entusiasmo ajeno, por la algarabía y el cántico, y mi espíritu imposibilitado para la empatía ni la comprensión. Mi cuerpo atrapado en mi propia casa y yo sin fuerzas ni ganas, queriéndome encontrar muy lejos, en otra parte, en cualquier lugar menos aquí y ahora, agotada, agostada. Mi energía arrebatada por el fervor de una muchedumbre extranjera invadiendo espacios que siento míos. Visiones alucinadas y apocalípticas a través de las pantallas. Una ciudad desconocida y asediada, una juventud que me hizo sentir vieja y extraña, desposeída de los lugares que tanto amo, que tanto vivo. Miedo de las calles cuando dejan de ser refugio y hogar y se vuelven infierno. Miedo de la gente, de las masas que gritan, de unos y otros. Miedo de la policía que vuelve al garrote vil para impartir injusticia y de los que insultan, de los que se arrodillan para rezar el rosario en medio de una plaza y de los que dicen “Os vamos a quemar como en el 36”.
lunes, 1 de agosto de 2011
Levedades de un domingo de verano
por nadie, nunca. La verdadera vida ocurre cuando estamos solos, pensando, sintiendo, perdidos en el recuerdo, soñadoramente conscientes de nosotros mismos, los momentos submicroscópicos”
Termino de leer el periódico y decido playa. Llego cuando las familias de bien se recogen para comer. Primera línea de mar libre para mí. Baño largo, agua en calma, tan transparente que se ven los pececillos en el fondo, nado hasta perder la noción. Solo han pasado quince minutos que me han parecido una eternidad de calma y placer. Me seco al sol, bajo la música. No aguanto más de diez minutos – hoy la brisa es más caliente que fresca - y decido pasear por la orilla, con un sombrero que es novedad estival para mí. Yo, que siempre he buscado el sol, este año he de proteger mi rostro de él. Me he convertido en una mujer con sombrero o con gorra a todas horas y, curiosamente, me siento a gusto con el disfraz, como si jugara a serme infiel, permitiéndome ser un poco distinta. Vuelvo a bañarme, otros veinte minutos de sol, y hora de volver, calculando el tiempo del baño en la piscina – vacía, solo para mí, todos están comiendo o durmiendo la siesta -, de al menos diez largos y del secado correspondiente.
Mi madre ya está preparando la comida. Gazpacho y lubina (fresquísima, de la bahía, la pescan casi a diario) a la plancha con parrillada de verduras (de la huerta, compradas en el mercado de los viernes donde puede verse a Manuel Vicent eligiendo tomates maduros). Lo preparamos en la terraza, este verano está siendo clemente y comemos todos los días fuera. El primer trago de tinto de verano (escarchadito tras media hora en el congelador) sabe a gloria y el resto de la comida también. Variado de frutas de postre (melocotón, paraguaya y fresquilla). La sobremesa se alarga: café con helado y suplemento dominical, más algunos culturales atrasados. Es mi placer secreto del verano: durante el año se acumulan los suplementos sin que me dé tiempo a leerlos, o más bien es la falta de ganas y tranquilidad, y aprovecho estos días para seleccionar lo que me interesa y deshacerme del resto. Tres bolsas llenas he traído, ya he liquidado una.
Son casi las siete y media y, aunque no hace calor, apetece otro baño en la playa y un paseo, viendo la puesta de sol (que aquí, como la playa está orientada al norte, se mete sobre las montañas y no en el mar). Llegamos hasta el final de la playa (unos 3 km de ida, con la correspondiente vuelta) y volvemos antes de que oscurezca del todo, para aprovechar un último baño en la piscina. El agua a estas horas es puro caldo y estos últimos largos del día son de lo más relajante. Hoy no iremos al pueblo, como otros días, a picar algo o tomar un helado o un batido. Nos quedamos leyendo en la terraza.
Se levanta un viento fresco que ahuyenta a los mosquitos – este verano hay menos que otros años – y, venciendo la pereza, me animo a encender el ordenador por primera vez desde que estoy aquí. Me obligo a ello, casi, y me digo que no tengo ninguna necesidad de hacerlo. Estoy de vacaciones. Los días, que nunca son iguales, no se hacen monótonos aunque se haga casi lo mismo. Hay mucho por leer (en papel) y menos días de los que me gustaría. Así que creo que cierro por vacaciones.
jueves, 14 de julio de 2011
Metamorfosis estelar
“Un agujero negro se traga una estrella”, leo. La frase me parece hermosa y enigmática. No alcanzo a entender el alcance, en términos científicos, del suceso.
“El fenómeno ha generado un destello de altísima energía, en rayos X y rayos gamma, que debe ser un chorro orientado hacia la Vía Lactea, lo que ha permitido observar el brillo extremo producido”.
No sé nada de rayos X ni de rayos gamma, los imagino como chispas desprendiéndose de un fuego. Cintas de colores fluorescentes e hipnóticos que se mueven vertiginosas dejando una estela a la que no se puede dejar de mirar. La imagen me sugiere belleza y misterio. Lo oscuro apropiándose de la luz. El resultado: un brillo extremo.
“Es un fenómeno singular. Los expertos calculan que la emisión de rayos gamma que les dio la pista debió comenzar el 24 o 25 de marzo, sigue brillando y seguramente no se apagará hasta el año que viene. Podría ser un chorro de alta energía generado al ser atrapada una estrella del tamaño del Sol por un agujero negro un millón de veces más masivo”.
Imagino la lucha de la estrella y el agujero negro. Las fuerzas de la atracción y la resistencia. El chorro de energía como el grito último ante lo inevitable, un estertor que es un fogonazo, un último chispazo antes de apagarse para siempre, una llamada luminosa y persistente para no desaparecer sin más en la oscuridad del universo. Una metamorfosis estelar que deriva en aniquilación. Y en la transformación, la máxima belleza: un chorro de luz que ilumina la galaxia.
En toda batalla fluye una belleza épica; las historias que merecen ser contadas son las que esconden una guerra. No hay materia literaria en la paz. Acaso una lírica que evoca luchas pasadas o futuras.
Todos somos estrellas, pienso. En cualquier momento podemos ser atrapadas por un agujero negro deseoso de robarnos la luz. Y es precisamente ese instante extremo el que nos obligará a desplegar toda nuestra energía. El que dará la medida de nuestra capacidad de brillar, de qué tipo de intensidad luminosa nos define. Lo que diferencia la pérdida del fracaso es la dignidad con la que se encara y la propia percepción de la derrota. El Universo nos vuelve a dar una lección. Uno no debe apagarse antes de ser engullido. Debe, por el contrario, brillar como nunca.
miércoles, 6 de julio de 2011
Sopla verano
Sopla verano y yo recuento un regreso extraño. Ruedo del mar al asfalto en este primer lunes de julio con un paisaje de obligación y fastidio en el horizonte. Me salvan en este viaje de vuelta a la ciudad ardiente las canciones que hablan de la posibilidad de recordar sin odio y de otras cosas que importan. Me salva la memoria de algunas lecturas recientes, de los artículos epitafio dirigidos a los fantasmas de los que fuimos, que se aparecen de vez en cuando para que no nos olvidemos de dónde venimos y podamos convencernos de que somos ya distintos, proyectados y reales en un presente que alguna vez fue futuro. Me salvan los amigos que me esperan, unos cuantos abrazos y el deseo de alguna mirada consumido en besos que quiten y den aliento. Me salva la certeza de algunas sorpresas y la posibilidad de seguir soñando.
Este paréntesis de tiempo y espacio me devuelve perezosa y desganada. Mi cuerpo y mi mente reclaman seguir de vacaciones, mientras intento distraerles con planes que nunca cuadran como deberían en esta ciudad que me recibe hostil, áspera de fuego seco y obligaciones ineludibles. Agota el trabajo intensivo en las noches de verano, que no se inventaron para desperdiciarlas en un despacho artificial que asfixia con la soga de las horas contra reloj.
Ha sido extraña y confortable la paz de estos días, sin necesidad de búsqueda. Completa por dentro, importa menos lo de fuera. La emoción es interior y no hay impaciencia ni angustia.
Hay amores lentos que tardan en manifestarse. Pero una vez que surgen suelen ser sólidos y cuando nos damos cuenta son ya imprescindibles. Puedo decir ahora, por fin, que hay dos hogares que siento míos. He tardado diez años en descubrir que me basta tener un lugar al que regresar o al que ir para hacer completos los veranos.
Tal vez me espera un viaje al otro lado del verano, pero septiembre queda lejos.
El tiempo es una trampa elástica que avanza a su propio ritmo y casi nunca coincide con el nuestro.
Septiembre queda lejos y entre medias quedan dos meses de ciudad, unas cuantas idas y vueltas, y todas las posibilidades del mundo encerradas en los sueños de una liebre plácida que atesora sorpresas de oro escondidas entre los días del verano.
Lunes 4 de julio de 2011. En un área de descanso entre el mar y Madrid.
domingo, 19 de junio de 2011
Tiempo de viaje

Perderse sin mapa por las calles de una ciudad que nunca se ha pisado. Recorrer plazas sin nombre, monumentos sin foto previa, sin recuerdo adquirido. Deambular sin memoria, dejándose guiar por los propios pasos. Descubrir rincones, encuadres que encajan en la mirada. Improvisar rutas sin itinerarios establecidos. Dibujar el recorrido con las propias huellas, preguntándose si se volverán a pisar estas mismas calles alguna vez y sabiendo que, de hacerse, será de otra manera, en quién sabe qué otras circunstancias. Viajar es recolectar vivencias, acumular paisajes, elaborar recuerdos u olvidos.
Sentarse en una terraza y esperar, leer el periódico, tomar el sol, dejar que el tiempo pase, que las horas transcurran lentas porque no hay prisas ni horarios de visita. Dejarse guiar, dejarse ir. Estar, simplemente. Darle a lo que se hace un valor que reside en la distancia geográfica: hallarse en un lugar en el que antes no se ha estado, al que no sabemos si se va a volver. Disfrutar de la ruptura que supone todo viaje.
Viajar por la necesidad de desplazarse, de no quedarse quieto, de cambiar de aires. Viajar para cumplir promesas, obligaciones o cuentas pendientes. Viajar para saldar sueños o celebrar futuros. Viajar para reencontrarse con viejos amigos o para reconocer el rostro de los que aún no se conocen.
Viajar y ser consciente con tristeza, desconsuelo, alivio o fastidio que el viaje tocará a su fin en horas, días, semanas. El tiempo del viaje es una cuenta atrás y su significado se elabora en cada jornada. Se viaja desde antes de partir y hay viajes que no acaban con la vuelta a casa.
Viajar para conocerse y descubrir lo que ya se sabía o debería haberse sabido, pero con una certeza nueva. El desplazamiento nos devuelve distintos.
O viajar para descubrir que no había nada que descubrir, para valorar las rutinas cotidianas con otra perspectiva. Viajar para constatar que la vida es parecida en todos los sitios, que soñamos con lo que se desconoce precisamente por desconocido. Viajar para asumir que se desea volver y anhelar que ojalá haya cambiado la mirada sobre la propia ciudad, sobre la propia existencia.
