A todos los que os encontréis en tierra de nadie, bienvenidos al Área de Descanso.Un lugar ideado para parar, respirar hondo y tomar aliento para proseguir el viaje.Porque la vida sigue, a pesar de todo.
La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-
Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-
La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-
Casas incompletas. Retazos de vida tallados en madera. Sueños que se esconden en un cajón y acumulan polvo detrás de los muebles.
Proyectos de vida imposibles de medir con la regla de los días tan lejanos como las luces en la montaña.
A veces la existencia no es más que la acumulación de hogares por habitar.
Del poemario inédito Piel de Mudanza.
Este poema se lo escribí a mi madre. La acuarela la hizo mi padre. Se lo enmarcamos y fue el regalo de cumpleaños de aquel año. Ahora está colgado en mi habitación de la casa de Denia. Lo he estado viendo todo el verano y pensando en vosotras. Creo que es el momento. La canción, en mi línea, ya sabéis.
Los días de playa y piscina de mi niñez terminaban con la imagen de mi madre persiguiéndome con el bote blanco de after sun en la mano. La rutina de la ducha en el jardín bajo el temblor de un sol que ya no quemaba y el abrigo de la toalla junto a la merienda de pan y chocolate culminaba en el bote panzudo de Ecran. Yo odiaba el potingue blanco con olor a medicina que significaba el final del día y me escurría entre los árboles para evitar esa tortura vespertina. Pero mi madre siempre me encontraba y ese olor acababa impregnando mi cuerpo sin que mi resistencia sirviera de nada.
Me pasaba los veranos huyendo del after sun.
Ahora es el olor del after sun el que condensa todos los veranos de mi infancia y la imagen de mi madre con el bote de Ecran en la mano la que ilustra aquellos días de sol, playa y piscina. Incomprensiblemente, es un recuerdo agradable.
“Sólo me enamoro de determinadas mujeres. Las reconozco porque se les enciende una bombilla encima de la cabeza”, dijo el hombre que maldecía la oscuridad.
La mujer semáforo se encendía y apagaba delante de él, exhibiéndose, sin sospechar que era daltónico.
La mujer luciérnaga se preguntaba si su luz también valdría.
Apenas nadie escribe ya cartas manuscritas. Ni postales. Se han impuesto la inmediatez y ubicuidad del correo electrónico. Es más rápido. Es más cómodo. Llega al instante. Escribir una carta requiere tiempo y esfuerzo. Enviar una postal es engorroso: hay que buscar una de nuestro gusto, encontrar un sitio donde vendan sellos, localizar un buzón en la que depositarla, cada vez más escasos. En los viajes relámpago en los que se han convertido las vacaciones de muchos, uno llega antes que la carta, que la postal. Se vive tan rápidamente la estancia en el lugar de destino que tampoco se le ocurre a uno con qué rellenar el espacio en blanco.
Se ha perdido el encanto de las cartas. Su versión electrónica no es comparable. En los mails no se suele profundizar. Se escriben y se leen rápido, se prestan a la superficialidad, al chiste, al tono simpático o informativo. Un mail largo resulta extraño. Además, los mails tienden a eliminarse una vez leídos. Productos de consumo rápido, condenados a no permanecer. Asuntos personales mezclados con spam, con temas de trabajo, con avisos del administrador del correo, con notificaciones del banco. Todo con la misma tipografía, el mismo aspecto. Cruel e injusta homogeneización. Hasta las cartas que llegan al buzón, cada vez más escasas y portadoras de malas noticias para el bolsillo (pago de hipotecas, extractos de tarjetas de crédito, recibos...) o simple publicidad, se diferencian en algo más que los correos en la bandeja de entrada.
Hubo un tiempo en que el tiempo de los veranos se medía por las cartas y postales recibidas de familiares, amigos y compañeros/as de curso. Y los inviernos por las cartas gestadas al calor de un amor de verano, de las amistades fraguadas en un campamento, en un curso de verano en el extranjero o en la urbanización de la playa. ¿Quién no se ha ofrecido a hacer recados sólo para tener la excusa de comprobar si el buzón alojaba la carta tan deseada de ese/esa amante estival o la postal enviada desde algún lugar remoto?
Las cartas, las postales, poseen el encanto de los objetos que pueden coleccionarse. Son bienes tangibles. Pueden tocarse, releerse, guardarse para ser redescubiertas desde el futuro que una vez imaginamos y que ha llegado demasiado pronto. Tienen la huella de un tiempo, de una determinada persona. ¿Quién no se ha emocionado al reconocer una caligrafía en un remite?. Están vivas. Dicen mucho de quien las escribió. El tipo de papel, la manera de distribuir las letras, de respetar o apurar los márgenes, el color de la tinta, la pulcritud o el descuido en el doblez. La firma reconocible. El guiño de las postdatas. Mucho de todo eso se ha perdido. Un emoticono no es comparable a lo que expresa una carta.
Yo misma me declaro culpable de optar por el correo electrónico cuando deseo escribir a los amigos. Y me resulta hasta cierto punto vergonzoso decirle a alguien que me escriba una carta como las de antes, pudiendo intercambiar correos o hablar por el messenger. Pero en verano me queda la excusa de las postales. Pedir una postal a alguien que viaja fuera de España no resulta tan raro. Y me siento afortunada al seguir recibiendo algunas. No hay emoción comparable a la de descubrir una postal entre las cartas del banco. Y anhelo que no se pierda tan entrañable costumbre, que no desaparezca ese pequeño gran placer.