La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

domingo, 28 de febrero de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (V). ON THE TOP OF THE WORLD

¿Volverán de nuevo las olas atlánticas a estrellarse 
contra esas rocas rojizas que fueron Nueva York 
y que no lo serán ya cuando nada venga a turbar el silencio 
de un mundo agitado durante un instante?
- Paul Morand. 'Nueva York'-




Martes, 13 de octubre.

No hubo boda, pero sí un ferry al final del día: ida al atardecer, vuelta ya de noche, con todas esas luces encendidas, los rascacielos iluminados a los que volver una y otra vez, atontados como mosquitos topando contra el cristal de una bombilla.

Un día que empezó con un desayuno tardío que iba a ser un brunch y que finalmente fue un almuerzo en toda regla en The Harold. Croque Monsieur para mí y Croque Madame para J. El suyo con huevo frito. Los dos con ensalada y patatas fritas, enormes, a lo americano. Zumo de naranja y capuchino para mí (gigante y pasable). Café solo (bastante flojito, al parecer) para J.

Más de las 12.30 cuando salimos de allí. Sin estar cubierto del todo, el sol no luce como en los días anteriores. Esta luz como velada es la que recuerdo de la otra vez que estuve en Nueva York y que no fue memorable. Agosto, calor, humedad pegajosa y esa especie de neblina. Pero ahora es octubre, no hay humedad y la temperatura sigue siendo agradable, a pesar de las nubes.

Seguimos por la Sexta hacia el sur (los chistes repetidos al pasar por los mismos sitios, etc.). Las lechugas crecen en los alcorques de los árboles de Nueva York. Seguramente no son lechugas, pero lo parecen y me llama la atención, porque son muy verdes y vistosas. 

A medida que bajamos el paisaje va cambiando. Permanecen los taxis, los coches de bomberos, pero la ciudad se va haciendo diferente. Los rascacielos van dando paso a casas más bajas, de cuatro o cinco alturas como mucho, de ladrillo rojo, anaranjado, marrón, con ventanas simétricas y escaleras de incendios en las fachadas; las tiendas de souvenirs van desapareciendo y se ven más tiendas de todo tipo, supermercados, cafeterías más pequeñas, más cutres. Los depósitos de agua coronan las azoteas, cada vez más bajas. Todo parece más pobre, menos lustroso, más sucio. También la gente cambia. Más población de barrio, menos oficinas, menos ejecutivos y turistas.



A la altura de la calle 11 aparece un edificio que parece un castillo de Disney. Es la Jefferson Market Library, ahora biblioteca pública y antigua cárcel y Palacio de Justicia. Nueva York esconde sorpresas así. De repente, donde menos te lo esperas, o donde menos pega, aparece un edificio catalogado como histórico. O una iglesia de estilo neogótico. Algo absolutamente anacrónico y discordante con todo lo que le rodea. O parquecillos minúsculos al final de una manzana, con algunos columpios, bancos, árboles.



Un poco más abajo, el IFC Center, que conserva la marquesina del antiguo teatro Waverly. Teatros transformados luego en cines que conservaron la fachada característica, esa que se ve en las antiguas películas de Hollywood: en forma de triángulo, con letras de palo negras sobre fondo blanco anunciando la obra o la película de estreno. Ahora es una sala de cine independiente y escuela de cine. La fachada es fea, tirando a cutre. Ni rastro del glamour de las películas de antaño. Quizá sea la luz grisácea, que no acompaña.

Seguimos hacia el sur, hasta llegar a Canal Street. Dejamos a la derecha el Holland Tunnel y seguimos por Canal Street hacia la izquierda. Con esa manía tan propia de los turistas de compararlo todo con escenarios conocidos, no puedo dejar de pensar que esta parte de la ciudad me recuerda vagamente a la calle Bravo Murillo, entre Cuatro Caminos y Plaza Castilla. Alvarado, Tetuán. Ese ambiente de comercio barato de barrio, de zona un poco descuidada, algo sucia. De escaparates tapadera que a saber qué esconden en sus trastiendas. De mirar instintivamente a los lados y pegar bien el bolso al cuerpo. Por si acaso, me pongo la mochila en la parte de delante, protegiéndola como si fuera un bebé. Es incómodo, pero me hace sentir más segura. Bajamos un poco, hasta Broadway St., que tomamos camino de Wall Street.

En Broadway un montón de tiendas con descuentos y saldos que intento apuntar mentalmente para volver: zapatillas Converse, vaqueros Levi´s, gafas Rayban. Contengo las ganas de entrar porque ya es tarde y aún queda para llegar a nuestro objetivo de hoy: Wall Street, la zona cero, el One World Trade Center. Sólo entramos en una tienda molona de cachivaches de Nueva York y de Estados Unidos en general, en la que no compramos nada. Caen cuatro gotas que no van a más y al fondo el sol luce entre nubarrones aislados que en ningún momento cubren un azulísimo cielo.

Llegamos hasta Chambers St. Ya estamos en el corazón administrativo de la primitiva Manhattan, cuando aún era Nueva Amsterdam. Sí, fue un holandés el que compró el terreno a los indios, hasta que los ingleses se hicieron con el control y el rey se la donó a su hermano, el duque de York (gracias, Wikipedia). Edificios majestuosos y bien conservados, con enormes escalinatas, arcos, columnas y frontispicios con lemas, dibujos y relieves. A la derecha, los juzgados. Al frente, las oficinas del Ayuntamiento. Un poco más a la izquierda una plaza bordeada por el Tribunal Federal y el Tribunal Supremo del Estado de Nueva York, en cuyo frontispicio se lee: "La verdadera administración de justicia es el pilar más firme del buen gobierno", frase atribuida a George Washington (gracias otra vez, Wiki).

Delante, una fuente con un modernísimo y, en mi opinión, ambiguo, monumento. "El triunfo del espíritu humano", se llama y, al parecer, según explica en una placa el autor, un tal Lorenzo Pace, está dedicado a los esclavos desconocidos y sin nombre que trajeron de África al país y representa un antílope macho y otro hembra propio de la máscara chi wara de la tribu Bambara de Mali. Mi superficial y calenturienta mente y mi mirada sucia veían un consolador gigante. Juzguen ustedes, improbables lectores:



Rodeando el Ayuntamiento, bajamos por Park Row, con las efémerides año por año insertas en el suelo, hasta Fulton Street, donde está St. Paul ´s Chapel. Un recinto raro en la vorágine de Nueva York. Se trata de la iglesia más antigua de Manhattan y se ha salvado de sucesivas catástrofes, conservándose ilesa. Desde el incendio de 1776 hasta la caída de las Torres Gemelas, situadas justo enfrente. Es una capilla cuca, de ladrillo marrón, con un cementerio a modo de jardín, con hierba muy verde, pájaros y unos banquitos donde sentarse a descansar o incluso rezar. Un rincón que invita a pararse, a tomarte tu tiempo. A contemplar la zona cero, justo enfrente.


Nubes y sol, a ratos, conformando un cielo de puzzle y apocalipsis. El reflejo en la enorme torre del One World Trade Center. La zona cero todavía en obras. (Leo que el intercambiador de transportes diseñado por Santiago Calatrava se inaugura la semana que viene. Y, como todo lo de este hombre, es desmesurado y horrendo). Un reguero de turistas que van y vienen, que se agolpan alrededor de los dos monumentos homenaje a los caídos el 11-S, dos fuentes en forma de cascada subterránea que en realidad son dos enormes huecos: los de las Torres Gemelas. Los nombres de los muertos tallados en bronce. Algunas rosas sobre el metal. Los rayos del sol clavándose en el centro de uno de los cuadrados. Impresiona estar allí. Saber lo que pasó. Haberlo vivido, aunque fuera a salvo, a distancia, por la tele. La gente se hace selfies, en una atracción turística más. A mí me parece algo impúdico. Me incomoda incluso hacer una foto en la que aparezca algún nombre. Pero la rosa blanca sobre el bronce oscuro me parece una imagen bella y pulso el botón, como todos.



Sigue el baile de luces y sombras entre el sol y las nubes cuando nos metemos en el One World Trade Center (WTC). El mayor rascacielos de la ciudad, el más alto del hemisferio occidental y el sexto del mundo. Una altura total de 541 metros (equivalentes a 1776 pies, año de la independencia de los Estados Unidos), que sin la antena son 417 metros. 104 plantas de altura, 94 útiles.

No hay cola. Y de nuevo nos asombra el sentido del espectáculo que tienen los organizadores de los edificios turísticos de esta ciudad, haciéndote sentir que merece la pena la entrada que has pagado. 32 dólares. Unas pantallazas te dan la bienvenida en tu idioma. Luego te hacen ir por salas de exposición donde te cuentan cosas del edificio, de su construcción, y donde hay hasta una reproducción de sus cimientos;  pasar un fotocall donde te hacen una foto a la que insertan un chroma (y que, por supuesto, te cobran a la salida. No la cogimos, valía 29,99 dólares, pero salíamos estupendos) y subir en un ascensor vertiginoso (dura 60 segundos) con proyecciones en todas las paredes de la cabina con las vistas de la ciudad en diferentes épocas, desde su fundación hasta hoy. Hasta llegar al WTC Observatory.















La ciudad, el infinito y más allá, a nuestros pies. Sus cuatro costados. Sentir NY, otra vez. Casi no creérmelo, otra vez. Fotos, un vídeo. Más fotos, con el libro. Más asombro. Juegos de luces y sombras sobre la maqueta que estamos contemplando. Ahora nubes, ahora sol, ahora lluvia, ahora no. El río Hudson, la Estatua de la Libertad, los puentes sobre el East River, Manhattan, el cielo, desde el cielo. Hora y media on the top of the world.


Después, Wall Street. Que es una callejuela bastante fea. Miles de chinos alrededor del toro, para tocarle los huevos. Dicen que da suerte. Por supuesto, cumplimos con el ritual. Con ese y con el de dejar que un paquistaní de un puesto de perritos de Battery Park nos timara. Pero nos lo comimos mirando al río, felices, como turistas ociosos y disciplinados, calculando la hora del atardecer para coger el ferry de State Island.


No fue un atardecer muy espectacular. Unas suaves pinceladas rosadas asomando entre las nubes, al pasar por la Estatua de la Libertad. El cielo añil besando los rascacielos del sur de Manhattan. Y a la vuelta, todas las luces encendidas. Como un escaparate de Navidad. Como un hechizo de sirenas. Y mi sonrisa asomando al mar, con la felicidad al fondo.




Después, tras un momento malo a causa de una lentilla díscola y a pesar del cansancio y el hambre, locura en el Century21, al que fuimos por casualidad por el descuento de la entrada del WTC. No compramos nada, pero nos quedamos con ganas de volver.

Con las fuerzas justas, y equivocando la salida de metro, llegamos al famoso Katz´s Delicatessen. No me recordó nada al que salía en la peli. Había mucha cola para pedir. Y los sandwiches, enormes, estaban buenos, pero no tanto como para fingir un orgasmo.





domingo, 31 de enero de 2016

CUADERNO DE NUEVA YORK (IV) - LOS PATOS DE CENTRAL PARK, POR FIN


En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, 
empieza a echar de menos a todo el mundo. 
-Holden Caulfield-



12 de octubre, Columbus Day. Lunes radiante. Hoy toca Central Park, uno de los objetivos del viaje (como si se necesitaran excusas para viajar a Nueva York). Subimos por la Sexta Avenida para avanzar hacia el norte. Al pasar por Bryant Park decimos que estaría bien desayunar ahí algún día (e increíblemente lo hicimos). Hay poco tráfico porque es festivo y las calles del Midtown están cortadas por el desfile, pero se ven muchos autobuses escolares que son como los de las películas: amarillos, grandes, pesados, antiguos. De camino a Rockefeller Center pasamos por los estudios de la NBC y el mítico Radio City Music Hall. En el Rockefeller Center están preparando la pista de hielo, que abre hoy, y programamos venir a patinar domingo o el lunes, los últimos días de nuestra estancia.

 Salimos a la Quinta Avenida a la altura de la Catedral de San Patricio y en las escaleras la plana mayor eclesiástica de la ciudad bendice el desfile. Las majorettes no son nada del otro mundo y tampoco le ponen mucho entusiasmo. Todo el mundo porta banderas italianas y la mayoría de las carrozas tiene motivos italianos, estadounidenses o latinoamericanos. En esta parte en la que estamos no se ve ni una bandera española, ni nada que recuerde a España ni remotamente. 










Lo más llamativo hasta ahora es una enorme hormigonera de color rosa desde la que reparten camisetas. Yo me peleo por una (¡premio para la nena!) y nos pasamos los siguientes 30 minutos corriendo detrás del camión (lo cual es difícil porque cada vez que hay que cruzar una calle hay que esperar a que la policía las abra o irse casi hasta la Sexta Avenida) para conseguir otra camiseta para J., pero no hay manera. Lo único que conseguimos es pillar un par de botellas de una especie de té helado con las que cargamos todo el día.




La tontería de la camiseta del desfile nos retrasa casi una hora. La idea era llegar a Central Park antes de comer, pero ya son más de las 2. Persistimos en nuestra incapacidad para ser turistas disciplinados y nos saltamos constantemente nuestros propios horarios, nuestro propio planning. Cervecita para reponer fuerzas y adentrarnos en el parque. Toda la emoción y excitación de los sueños que se realizan felizmente, de las promesas cumplidas, de los miedos superados. Central Park como símbolo de tantas cosas, cuatro años y medio después de que aquel librito azul viera la luz, más de cinco desde que alguien paseara el manuscrito en su mochila por Praga. Central Park en un otoño que no lo parece, con un cielo azulísimo y despejado, con árboles más verdes que rojizos, con un sol limpio y casi 25 grados de temperatura. 

Y yo, eterna niña con caprichos 
de adolescencia no superada, me empeño en subir a los caballitos del carrusel. Única adulta sin niños en el tiovivo, pero con ese libro azul que es lo más parecido a un hijo que llegaré a tener. Quizá debería sentirme un poco avergonzada, pero es que estamos en Nueva York y estoy contenta y puedo permitirme tonterías como esta. Ilusión infantil y anacrónica, emoción de colores al ritmo de la música repetitiva y machacona. 

Alrededor, verde de árboles, luz de tarde, J. disparándome con la cámara. A lomos de un caballo de plástico, la vida dando vueltas.












Erramos el camino buscando Strawberry Fields y el círculo del Imagine y tenemos que volver sobre nuestros pasos. El edificio Dakota está en obras; ni siquiera merece la pena hacer una foto, es todo andamio. Llegamos al lago en busca de patos, pero no vemos ninguno. 

Tampoco damos con el puesto de perritos adecuado para pillar uno y sentarnos en cualquier lado, aunque al final acertamos. Avistamiento de patos, ratito de descanso y comida en The Loeb Boathouse. Más de las 4 ya. En nuestra línea.









Siguiente parada: estatua de Alicia y los niños salvajes, vertiginosamente encaramados a ella. A una niña se le ha subido el vestido y se le ven las bragas. Me sorprendió esa libertad de los niños neoyorquinos: nada está prohibido pero son, en líneas generales, bastante respetuosos. En el parque todo bastante limpio en general. Y otro detalle sorprendente: en ningún baño público de Nueva York (y cuando una está de viaje y todo el día fuera visita unos cuantos), ni por supuesto en cafeterías o restaurantes, no falta nunca ni papel higiénico ni jabón ni toallitas para secarte y/o secador de manos que funcione. Eso y que te sirvan un vaso de agua fría en cuanto te sientas a la mesa de un restaurante son razones suficientes para amar esta ciudad de manera incondicional.



De postre compramos unos pretzel que no nos parecieron para tanto. Y por fin los patos. En el Tourtle Pound (sí, también hay tortugas). No estaban y de repente aparecieron en formación, en coreografía que parecía ensayada. El sol dorado de las cinco de la tarde, los colores del otoño, montones de fotos. A eso habíamos venido, al fin y al cabo. Después de pasear el libro por los parques (y los patos) de media Europa ya tocaba llegar al origen de todo. A los auténticos patos de Central Park, que en otoño aún permanecen en los lagos.





Para sosegar la emoción nos sentamos en el césped frente al Castillo de Belvedere, con buenas vistas al lago y a dos típicas americanitas de picnic con su perrito tras un día de compras que intentaban hacerse un selfie y no había manera de que el perro posara como ellas querían. 









Cayó la tarde y la temperatura y había que levantarse porque aún quedaba mucho parque y pronto empezaría a anochecer. En la esquina, un tentador puesto de gofres. Y una considerable cola. La dependienta no sonrió ni una sola vez... hasta que nos tocó el  turno y nos habló en español. Nos contó que su familia era de Ecuador (o tal vez fuera Guatemala), fue extremadamente amable y se rió bastante con nosotros. Nos sentamos en uno de esos bancos dedicados que tiene el parque, enfrente de uno de sus muchos campos de béisbol, a disfrutar del gofre, ese invento tan delicioso como difícil de comer dignamente, sin acabar manchada de chocolate por todas partes o con los dedos pringosos.





Tras rendir pleitesía a las estatuas dedicadas a las obras de Shakespeare y rodear el teatro al aire libre, paramos en el Castillo de Belvedere con un cielo rosa cubriendo los rascacielos del lado oeste del parque. Lenta vuelta hacia el sur con parada en el Bow Bridge y la sesión de fotos de rigor, con gondolieri incluido.









Aunque ya es de noche es pronto todavía, las siete. Paramos en el Apple Store de la Quinta Avenida y caminamos hacia el este, para coger el teleférico que para en Roosevelt Island y va pegado al Queensboro Bridge. En el camino, un edificio en obras cuyas lonas reproducían frases sobre NY de escritores famosos - detalles así son los que hacen único cada viaje - y el curioso edificio de Bloomberg. 





Cogemos asiento en la ventanilla trasera de la cabina y el espectáculo es alucinante: las luces de la ciudad alejándose en perspectiva, mientras el teleférico se eleva. Otra vez Blade Runner, un escenario futurista, una imagen clavada en la retina. Fotos y vista del skyline desde Roosevelt Island. El puente es el que sale en la peli de Manhattan, donde Woody Allen y Diane Keaton tienen esa conversación sobre los amaneceres de NY.






Tomamos el paseo hacia el sur. Enfrente destaca el Empire State iluminado en rojo, blanco y verde, los colores de la bandera italiana. Un paisaje que uno no se cansa de mirar. A la vuelta, persiste la excitación de montarse en atracciones de feria, los edificios con sus luces acercándose esta vez, todas esas ventanas estallando ante los ojos.




Cena en el P.J. Clarke ´s de la Tercera. Un buen recuerdo. Local vintage, camarera entrada en años y en carnes, que nos atiende con una curiosa mezcla de simpatía, paciencia y condescendencia, y una hamburguesa con salsa de champiñones para chuparse los dedos. Y el descubrimiento del ketchup Sir Kensington, el más delicioso que he probado nunca.









Frío y cansancio, mucho cansancio, de vuelta al hotel. Apenas quedan fuerzas para una foto al Empire State desde la terraza del hotel. Ni siquiera nos apetece una copa.










Nota.- El pasado fin de semana cayó sobre Nueva York la segunda mayor nevada de su historia. Hasta 68 cm. de nieve en algunos sitios. Veo las fotos de esos lugares que yo recuerdo con tanto sol y me parece una ciudad distinta. Hay imágenes de indudable belleza, Central Park nevado parece un lugar de cuento. La gente hace muñecos de nieve en Times Square. Me parece todo hermoso y mágico, pero esa no es la ciudad en la que yo estuve.


jueves, 31 de diciembre de 2015

MEMORIAS INVENTADAS DE 2015


2015 ha sido el año de lo inesperado. Hubo viajes más o menos improvisados, convalecencias indeseadas, encuentros fuera de lo común y desencuentros aún más sorprendentes.

INVIERNO

Empezó enero, después de ese año tan raro que fue 2014, con alegría y euforia, con ilusión y esperanza, con un optimismo impropio de los inviernos. 

Se adelantó la primavera y a principios de marzo corrió el jamón, el vino, las risas y la buena compañía en una comida en la terraza, donde se gestó un viaje que no estaba previsto.

Semana Santa. Lisboa. Amigos. Bastaron esas palabras mágicas para activar las ganas. Oferta en un  hotelazo y la aventura de viajar en tren nocturno para inaugurar abril. Días de luz y de pequeños placeres, que son los más grandes. Cataplana de marisco frente al mar, gintonics a la orilla del Tajo, una cazadora de ante rojo, Lisboa en sus ojos a ritmo de fado.


PRIMAVERA

En mi cumpleaños strogonoff, cervezas,  lluvia y hasta llamadas que no esperaba. Tres días de celebración y aunque no estuvieron todos los que son, son todos los que estuvieron. Dos nuevos compañeros en casa que siempre sonríen.

Después Roma, con sus maravillas, su caos, su encanto, su agobio, su arte, su cansancio. Una camiseta pretenciosa que al final no compré. Unos cuantos paseos por callejuelas estrechas. Las recomendaciones de Enric González. Fútbol en un bar. Helados a cualquier hora, cafés en terrazas y Spritz antes de cenar. Canciones de misa en mi cabeza al entrar en el Vaticano y la sintonía de Juego de Tronos en la sala de los mapas de los Museos Vaticanos. Las estatuas de las Musas. Las salas de Rafael y el 3D antes del 3D. Búsqueda de libros. Un ataque de risa histérica que me despertó de un sueño, o tal vez fuera una pesadilla: en mí prevalece la torpeza de confundirlo todo. Fotos en Villa Borghese. Patos y cannoli.
 
Final de mayo y ganas de bailar. Pero confundí todos los pasos. Yo creí que danzaba a ritmo de tango y resultó tongo. Perplejidad y decepción, incredulidad y confusión por haber malinterpretado todas las señales, sin saber si toda la torpeza fue mía o del malevo que se dejó querer y me hizo creer en la literatura envenenada del baile y las canciones, de las comedias románticas y las novelas de grandes pasiones. Al final todo quedó en la historia del artista que se vuelve vulgar al bajarse del escenario, en el recuerdo de lo que fue y lo que pudo haber sido.

Feria del libro gafada a lo grande. Fiestas a las que no fui que se solaparon con cumpleaños y karaokes sin mí, tristes desencuentros y citas fallidas, una fiesta a la que sí fui, incubando ya la fiebre. Después mucho dolor, un domingo en urgencias y directa a un quirófano. Junio empezó mal y lo acabé enferma, alejada de las piscinas, el verano fuera y yo sin poder salir de casa.

  
VERANO

Julio empezó a ritmo de Los Secretos en un concierto ansiado y memorable y otro íntimo surgido por sorpresa gracias a amigas generosas. Fuera las baladas tristes, los ojos de gato cobarde y las rancheras para perdedores. Llegó la hora de animarse y de reinterpretar los clásicos que nunca mueren con más energía que nunca. "Déjame", irónica y oportuna. "Ponte en la fila" como nuevo himno para venirse arriba. Dos tardes felices.

En julio esquivé el calor y alguna bala a tiempo que se cruzó en mi trayectoria, aún tiernas las cicatrices de junio. Busqué el cañón de esa pistola y coqueteé con nuevas heridas, pero me bastó el fogueo de unos días muy locos y una velada surrealista azuzada por el aburrimiento de un sábado con ganas de emociones de verano para huir de ese duelo.

Vacaciones aplazadas y por fin el mar que calma.

En agosto traslado temporal de despacho en un entorno curioso que hizo que el tiempo pasara más rápido y otra vez huida al mar. Visitas esperadas y encuentros con amigos. Otro verano feliz de pequeños placeres y tranquilidad de hogar.

Empezó septiembre con sorpresa y ansia, posibilidades inesperadas y planes abiertos, ganas de diversión y de adentrarse en mundos desconocidos, preparativos de viaje, ilusiones y ganas.

Y otro año más una fiesta en la terraza para despedir el verano de la mejor manera, dejándose ser en amistad.


OTOÑO

Tiempo de cruzar un océano en busca de los patos de Central Park, antes de que el invierno los hiciera desaparecer. Un viaje para recordar. Otra ciudad a la que volver. Lo que significó esa cena, a pesar de lo poco memorable de la comida. Una canción -esa canción- y un baile en un GAP. Aún dura el jet lag emocional.

Fue duro el regreso. Otra vez la fiebre, un resfriado inoportuno y el destino riéndose de mí. La realidad contra el deseo. El querer y el (no) deber. ¿Sensatez o cobardía? Silencios, ausencias, huidas. La perplejidad, de nuevo.

Terminó octubre con otro cumpleaños feliz y esta vez sí: el lugar apropiado y la compañía perfecta. Cena y caipirinhas. El deseo secreto de que no nos cansemos nunca de celebrarnos.

Noviembre primaveral y días de campo. La sencillez de lo primario. Una primera vez. El peso de un arma en mis brazos, la presión en el hombro, la difícil estabilidad, el estruendo del disparo, mi nula puntería. Ganas de más. La historia de mi vida.

Reunión anual del Bremen y la tradicional borrachera, la maldita última copa de garrafón en el Destino, la resaca mortal de domingo. Vestigios de juventud, aunque ya no seamos jóvenes. Intentos de retrasar la edad adulta, si es que eso existe, si es que eso significa algo más allá de asumir responsabilidades que no siempre uno es consciente de haber elegido.

NAVIDAD 

Diciembre empezó sin fuerzas y sin defensas. Resfriado de tres días en cama. Ganas de nada. Poco espíritu navideño este año, nada que ver con el anterior. Nada de cartas a los Reyes a la luz de las velas; nada de adornos ni belén. Desidia pura. Un rincón improvisado in extremis: un portal con lo que más quiero. Recuerdos de personas, lugares, momentos. Todo lo que es importante para mí está en ese nacimiento atípico. Todo cambia y hay que adaptarse. De nada sirve aferrarse a las rutinas porque ninguna dura para siempre. Y la tradición, como las reglas, está hecha para acabar saltándosela alguna vez. Este año cambié fiesta de Nochevieja por cena de Nochebuena y resultó una de las mejores noches de Navidad que recuerdo.



Esta noche brindaré por mantener ese rincón mío. Por incorporar más paisajes, emociones, placeres, descubrimientos, amigos. Por los que aún me leéis.


Feliz año. Que 2016 sea benévolo y os trate bien. 


domingo, 20 de diciembre de 2015

CUADERNO DE NUEVA YORK (III) - CONTRALUCES DE DOMINGO

En Manhattan caben todos los mundos posibles, 
y todos los pasados y todos los presentes.
-A. Muñoz Molina. "Ventanas de Manhattan"- 


Despertar en la cama de la habitación y ser consciente de que el sueño es real: Nueva York a nuestros pies. La excitación de lo nuevo, la ciudad por descubrir. Todo el tiempo del mundo por delante, cielo limpio, sol de verano en un otoño que se viste de primavera para darnos la bienvenida. Los mapas, las guías, el reparto de los días y las cosas por hacer: esa agotadora tarea del visitante novato, del turista disciplinado.

Decidimos ir a desayunar a Doughnut Plant, en la 23. Yo sigo hipnotizada por la ciudad. Las luces de la noche han dado paso a los reflejos de sol en los paneles de cristal de los rascacielos. Bajamos por la Sexta Avenida, llamada también Avenue of the Americas. Atravesamos los puestos de comida de Greeley Square y prometemos desayunar ahí otro día. Todas las veces que pasamos por ese lugar durante el viaje dijimos lo mismo. Por supuesto, nunca lo hicimos.

Muchos escaparates tienen ya adornos de Halloween. En una frutería las calabazas se amontonan en la acera, custodiadas por unos graciosos espantapájaros de trapo y paja. Yo me fijo en todo. Hago un chiste fácil, procaz y poco gracioso al pasar por un restaurante de comida italiana, que se convierte de inmediato en otro clásico del viaje y repito cada vez que bajamos la calle.



En la 23 torcemos a la derecha, escudriñando los números entre edificios en obras. En Nueva York hay casi más edificios en construcción o restauración que terminados y sin andamios. Cruzamos como españoles, por en medio de la calle. El local es minúsculo y está lleno, son casi las doce de un domingo. El zumo de naranja es estupendo y te lo dan en una botellita de plástico, de manera que puedes llevártelo si quieres. El capuccino, con su espuma y su dibujo de hojas, es de los mejores cafés que probamos allí. Y la caminata para desayunar ha merecido la pena: los donuts son cojonudos y hay mil variedades. Yo doy rienda suelta a mi cleptomanía cobardica y arramplo con un montón de varillas largas para remover bebidas, que entre unas cosas y otras iré perdiendo a lo largo del viaje cada vez que saco algo de la mochila.




Aprovecho para repasar mi guía de cosas que ver y deduzco que no debemos de estar lejos del Hotel Chelsea, en esa misma calle. Salimos del local y al comprobar el número vemos que es justo el edificio contiguo, casi irreconocible por los andamios. Alegría y alborozo. Echamos un rato haciendo las fotos de rigor, bastante deslucidas por el aparataje de hierros y nos dirigimos hacia la Quinta Avenida.









En la esquina de la 23 con la Quinta se ubica una Lego Store. Me atrapa el enorme escaparate y una especie de efecto proustiano de vuelta a la infancia. Mi infancia es construcciones de Lego, que todavía guardo en casa de mis padres, con sus planchas de carreteras, sus casas, su estación de policía y de bomberos, sus señales de tráfico y sus árboles que parecían todos de Navidad. En el primer ventanal, una especie de NY en miniatura. En los siguientes, dos enormes grafittis con emblemas de la ciudad y una Estatua de la Libertad. Todos hechos con piezas de Lego, claro. Dentro continúa el festival: anaqueles con la evolución de la ciudad en diferentes épocas; unos colonos saludando desde la antorcha de la Estatua de la Libertad, un Gandalf de tamaño casi humano, un dragón. Y cajas y cajas de distintas temáticas: Star Wars y Batman son las que más abundan. Fascinación y más fotos. Entusiasmo infantil, un poco injustificado. La certeza de que nunca dejamos de ser niños. La determinación y el deseo de no perder esa capacidad de asombro y de disfrute, tan primaria, tan esencial. No compramos nada, dejando los antojos para una próxima visita.






A la salida, el mediodía radiante, cálido y soleado, sobre el Madison Square Park. El Flatiron casi a contraluz, imposible contemplarlo sin guiñar los ojos cegados por un sol rabioso. Bajamos por la Quinta Avenida, al principio en sombra de rascacielos y tiendas, luego bañada en luz a medida que nos acercamos al Arco de Washington. Bullicio de domingo casi veraniego alrededor de la fuente del Washington Square Park. Una chica negra que se ha despojado de la ropa permanece tumbada en el suelo, cubierta por una toalla, en un acto reivindicativo contra la violación. Parada técnica en un banco a la sombra para consultar el mapa y decidir los siguientes pasos de nuestra ruta. La cerveza más cara del mundo: una lata de Heineken caliente de 8 dólares, fruto de la típica cagada del turista ignorante haciendo el tonto con la nevera del hotel.



Curioseamos por los Mews y bordeamos el parque, bajando por Mcdougal hasta Bleecker Street. Un paisaje distinto, tanto que parece otra ciudad, más antigua, de otro siglo, más europea, con el sabor de algunos barrios bohemios de Londres o París. Edificios de ladrillo rojo o marrón, de tres o cuatro alturas, con comercios coquetos y restaurantes pequeños y bulliciosos, con sus menús de colores en las pizarras triangulares de la calle. Nada que ver con la modernidad futurista del Midtown ni con la elegancia estirada de la Quinta. Hay algo de familiar en la calidez del barrio, cierta vida que no se encuentra más al norte. Estamos entre el Soho y Greenwich Village, en su apogeo dominical. Paseamos por sus calles cortas, las típicas casas con sus escaleras y un patio minúsculo o un pequeño jardín, algunas de ellas en sótanos. Me llaman la atención esas trampillas abiertas delante de las tiendas o restaurantes que albergan almacenes, señalizadas con conos fluorescentes de color naranja y con escaleras tan empinadas que da vértigo sólo asomarse. Me gusta el paseo y me imagino viviendo una temporada en una de esas casas. 


Tiramos de recomendación de guía turística y acabamos comiendo en la pizzería de Joe ´s, a una hora ya tardía para los horarios neoyorquinos. La pizza es grande y artesanal, al horno de leña, buena pero no memorable. Mola el local y los camareros y cocineros son todos latinos.

Vamos hacia la calle Hudson con la idea de tomar café y una copa en el White Horse Tavern, el típico lugar donde escritores bohemios y borrachos apuraban sus noches y sus días, la barra de donde se despegó Dylan Thomas para ir a morir al Chelsea Hotel. El local resulta ser un sitio sin glamour ninguno y petado de gente, así que seguimos por Hudson arriba hasta llegar al High Line.



El Meatpacking disctrict, donde hasta hace poco se ubicaban los mataderos en una zona portuaria en la orilla del río Hudson ahora es una zona moderna, juvenil y bulliciosa, con mercados de comida orgánica y frutas muy monas y galerías de arte montadas en lofts diáfanos a ras de calle. Todo muy chic y molón, pero cual metro en hora punta a primera hora de la tarde del domingo.











El High Line es un paseo original, construido aprovechando las antiguas vías elevadas del tren. Corre paralelo al río y es fantástico porque vas viendo la ciudad desde arriba, a un lado, y el Hudson al otro. En el trayecto están los típicos puestos de mercadillo y algunos de bebida y helados y también obras de arte urbano insertadas en el paisaje.

Hay un momento en el que el paseo corre contiguo a las casas, muy cerca, tanto que casi puedes asomarte a algunas de ellas. En algunas hay gente. Me da pudor y desvío la vista, pero ellos no parecen inmutarse. O no les importa o ya están acostumbrados.



Al final del paseo, las cocheras de trenes y rascacielos en construcción. Como si la ciudad se deshiciera sólo para tener que volver a construirse. Andamios y enormes grúas como dinosaurios del siglo XXI que forman parte del paisaje neoyorquino. El sol agonizante de la tarde se refleja en los ventanales de cristal y la imagen es poco fotogénica pero hay algo de magia en ese instante, un halo especial en esa luz dorada  que va virando del naranja al rosa, del rosa al violeta, del violeta al añil, hasta que empiezan a encenderse las luces y se hace la noche sin que uno apenas se dé cuenta porque aún no son las siete de la tarde, demasiado pronto para tanta oscuridad.

 


Ese primer atardecer en Nueva York, con el sol poniéndose en los edificios de la otra orilla del río Hudson, queda vivo en la retina. Los helicópteros que realizan vuelos turísticos sobre la ciudad despegan y aterrizan en esa zona de los muelles; sus siluetas se recortan a contraluz y son inofensivas y casi bellas pero a mí me resultan inquietantes, porque cuando en Madrid veo helicópteros nunca presagian nada bueno: o es la policía sobrevolando la ciudad  - imposible desligarlos de aquel zumbido constante en los días posteriores al 11-M - o es un incendio cercano o, si te pilla debajo en un día de lluvia y no tienes cuidado tu flamante paraguas puede quedar completamente destrozado.


Hay dolor de pies, y ampollas que laten y requieren de tiritas, y empieza a notarse el frío incómodo de la noche y la humedad del río, pero el momento es bello y especial, y permanecemos allí, como intentando detenerlo, hasta que los agentes de seguridad nos echan porque van a cerrar el High Line y nadie puede quedarse.



Volvemos caminando al hotel por la 34, sorteando obras primero y coches y gente y puestos de comida después, con la vista dividida entre la parte de arriba - el edificio del New Yorker, el Empire State - y los parkings, las tiendas y escaparates a ras de calle. J. me cuenta que ser dueño de un parking en Manhattan es uno de los negocios más prósperos en Nueva York y  bromeamos con  la idea de poner uno y hacernos ricos.

La parte baja de la calle 34 parece de otra época y yo me siento como en los 80 o los 90. Un Wendy, un Seven Eleven, negocios que en España ya no existen y en los que yo me dejé mi adolescencia. Después el bullicio de la zona más comercial del Midtown: Penn Station, Herald Square y ahí tomamos la Sexta, que es ya como nuestra calle de referencia para llegar hasta el hotel, en la 37. 



Volvemos a salir para cenar y la cena es poco memorable, pero el día acaba con un gintonic en la terraza del hotel, bajo la luz, hoy blanca, del Empire State.