Aún no es otoño en este octubre de proyectos y promesas, en
este tiempo de verano prolongado. La oscuridad empieza a invadir las tardes
cada vez más temprano, pero la temperatura sigue siendo razonablemente suave y
esa tibieza nos mantiene relajados, como si nunca fuese a llegar el invierno.
El valor de una promesa reside en su capacidad para generar
una ilusión que nos haga más llevadero el presente o para anticipar una emoción
futura. Que se acabe cumpliendo o no debería ser lo de menos, por más que lo
deseable es que así sea. Mientras dura la expectativa podemos permitirnos
soñar. A veces uno se cansa de esperar y la promesa se vuelve mentira y
decepción. Pero si lo esperado se lleva a cabo, hasta podemos darnos al exceso
de ser felices.
Este octubre lleva la promesa de Nueva York en sus días. Un
viaje prometido hace tiempo, anhelado y dilatado como deben serlo los grandes
deseos; ganado y negociado como las gestas dignas de ser recordadas; programado
con el detalle de las cosas importantes. Un viaje para cerrar un ciclo, para
conjurar un miedo, para sellar un pacto.
Nueva York, 23 años después. Mi recuerdo de la ciudad está
distorsionado por la inmadurez de mis 18 años, por la premura de un único fin
de semana en una compañía poco adecuada y no elegida. Me acuerdo del calor -
era julio -, de la bruma, de las compras - Ray-Ban, Swatch, Levi´s, una
cazadora vaquera en GAP - ; de que subir a la Estatua de la Libertad me pareció
un timo pero que pensé que podría quedarme contemplando el skyline eternamente;
de comer en un McDonalds y en un italiano cutre y poco memorable de Little
Italy; de la impresión que me causaba estar allí, bajo los edificios
inabarcables de Manhattan; de lo que me gustó el Metropolitan y de la emoción
de ver a los impresionistas de cerca; de un helado de proporciones
inabarcables; de un atardecer rosado sobre Ellis Island.
Ganas de descubrir el Nueva York de mis 41, con unas cuantas
ciudades, museos, helados y atardeceres más en mi mochila. El Nueva York de
Holden Caulfield, claro, motivo de tantas cosas. El Nueva York de Harry y
Sally, de Woody Allen, de Paul Auster, de Meryl Streep y Robert de Niro en
"Enamorarse"; de Will, Mac, Don, Sloan, Charlie, Jim, Maggie y Neal;
de Rachel, Ross, Monica, Chandler, Joey
y Phoebe; de Ted, Robin, Lily, Marshall y Barney. El Nueva York de después del
11-S que es, a la fuerza y para siempre, una ciudad distinta de la del siglo
XX, mucho más que cualquier otra.
Cruzo los dedos para que haga sol, para que la luz avive los
colores de los árboles otoñales de Central Park, el azul del Hudson y la
Estatua de la Libertad, que el acero y el cristal destellen en lo alto. Pero
quizá tampoco importe tanto si llueve. A fin de cuentas, Nueva York es también
una ciudad en blanco y negro, un decorado grisáceo y sucio, un lugar en el que
besarse bajo un paraguas, parar un taxi amarillo para no mojarse de vuelta a
casa o verse reflejado en un charco de la Quinta Avenida.





.jpg)

.jpg)





