La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

miércoles, 31 de diciembre de 2014

MEMORIAS INVENTADAS DEL AÑO DE LAS SORPRESAS (O MI RESUMEN DE 2014)

La sorpresa es una liebre. El que sale de caza nunca la verá dormir en el erial.
(C. Martín Gaite. Nubosidad Variable)



Empezó el año entre amigos, con amaneceres hermosos y un proyecto de viaje.

Lisboa en febrero, ciudad que no defrauda nunca a pesar del temporal. Y esa manera de viajar a los lugares a los que uno vuelve por placer. Visitar un cementerio, atravesar la ciudad en autobuses extraños en busca de una librería y encontrar en el sitio menos pensado una de las mejores tartas de chocolate que has comido nunca, regalar una camiseta, comprar un bolso y un jersey, que te regalen un vestido. Contemplar el fin del mundo desde la habitación del hotel, el viento y la lluvia azotando la ciudad, y decidir salir a pesar de todo, sólo por volver a probar el delicioso bife del Café de Sao Bento.

Pasó marzo entre rutinas ansiando la primavera y preparando un viaje de cumpleaños.

Llegó  abril con un catarro y una fiesta de cumpleaños adelantada, sorpresa total y orgullo de tener amigos así. Hubo celebración de los 40 en París y los guionistas se portaron. Ganas de quedarse, muchas cosas pendientes en una ciudad que tenía ganas de conocer en primavera y a la que debía una reconciliación. Promesa de volver, a pesar de la maldición de regresar a los lugares donde se ha sido feliz, que no lo es tanto mientras sigan existiendo. Semana Santa apacible, con la familia elegida de los amigos, arroces y bacalhau, en un lugar al que no podremos volver.

Mayo fue una escapada al mar: perdimos un árbol y ganamos un restaurante. Llegó la Feria del Libro y mantuvimos el tipo en sus fiestas, hubo encuentros y reencuentros, conversaciones casuales que una nunca imagina lo que pueden desencadenar (la liebre dormida que, en su aparente placidez, custodia las sorpresas que habrán de estallar cuando menos se esperan) y decepción por un Mundial de Fútbol que nos recordó que toda gloria acaba en decadencia y que más nos vale estar preparados para los malos tiempos.

Junio acabó difícil pero con final feliz. El susto de lo que llega sin avisar y nos pilla con las manos vacías, cuando el tiempo que creíamos eterno de pronto se acorta y somos conscientes de que puede acabarse en cualquier momento. Sin posibilidad de elegir cartas, a apuesta ciega, echarle un órdago a la enfermedad y encararse con la muerte, espantándola porque aún no toca, porque no es su hora. Y, cuando se aleja por fin, respirar hondo y llorar todo el miedo acumulado, la rutina de hospital, las responsabilidades que no quisiéramos asumir, no así, no todavía. Deseos de echarlo todo a la hoguera, de olvidar, de seguir con la vida de pronto interrumpida.

Y llegó julio y con él la esperanza que vuelve con todos los veranos, esa promesa de adolescencia, ese tiempo de soñar. Rutina de terraza y piscina, de fiesta y vestidos cortos, ganas de retiro y de paz.

Agosto fue el mes raro, el mes de los imprevistos. Vacaciones interrumpidas y otra rutina de hospital, inesperada y más preocupante, más incertidumbres. El no saber, esa pesadilla. La tarea de los padres es aceptar que los hijos crecen. La de los hijos asumir que los padres envejecen.

Verano extraño en Madrid y el intento de mantener la paz interna, el equilibrio, el no venirme abajo en cualquier momento. Nadar y pensar. Nadar y olvidar. Nadar para no pensar. Nadar para olvidar. Largos y más largos. Un fin de semana de ferragosto pleno: otras piscinas, luna llena, vida de sierra, tan querida.

En Madrid caían árboles y nadie pensaba en enamorarse. Días duros y noches felices en el sofá de la terraza, lecturas que encendieron luces que creí apagadas, insomnios productivos, casualidades y rendiciones, liebres recorriendo la ciudad, exposiciones, estaciones, atardeceres, momentos sorprendentes incluso para el más experto cazador.

En Septiembre se prolongó el verano. Por fin las vacaciones pospuestas. Nadar, comer, beber, dormir, placeres varios y variados: a estas alturas hay pocos que nos estén prohibidos. Es lo bueno de la edad: aprendes que todo llega y todo pasa, que nada hay definitivo salvo la enfermedad y la muerte, que todo va y viene y el tiempo coloca o descoloca recuerdos, afectos, sentimientos; que cada uno se construye la vida como puede, como le van dejando y a veces hasta como quiere, aunque pocas veces se parece a como la soñó veinte años atrás. Vida de mar, vida de barco. No querer volver. Deseos de hacer eterno el verano, de no cambiar la piel. Vivir en ese paréntesis alejado de las obligaciones, los padres, los hospitales, las preocupaciones. Cagarla al final, no poder vivir sin el drama, sin las lágrimas por lo más banal. Aguantar el tipo y ser más fuerte que nadie ante las cosas graves y perder los nervios por las tonterías. Ser incomprensible para mí, para los que me rodean. Ser tan injusta, a veces. Tan inoportuna. Tan desmesurada. Llorar una hora en el viaje de vuelta por haber olvidado un melón y una sandía. Y no poder parar.

Al regreso, volvió la lluvia y la melancolía. Nos refugiamos en el cine que habla de la vida, en Boyhood, una de esas películas que marcan momentos de la biografía, mientras volvía la rutina de médicos, sustos y hospitales, heridas que no acaban de curar, decisiones que tomar, operaciones a corazón abierto sin fecha ni garantías. Al final el azar y la cordura dejaron la partida en tablas. Poder elegir cómo tentar a la suerte y preferir que la naturaleza siga su curso. No huir a Samarkanda.

En octubre otro amago de verano. Paréntesis para remendar los olvidos y bañarse en el mar en pleno otoño, mientras en Madrid tormenteaba. Cielos hermosos on the road, volver a los recientes viejos lugares conocidos donde nos reconocieron y nos hicieron croquetas de gamba por encargo, emborracharse con rusos blancos, cantar feliz mis canciones de siempre a la ida y a la vuelta, sin dramas esta vez, con una camiseta anónima, zapatillas chulas y otro fin de semana memorable en la maleta.

A final de mes una despedida triste de un lugar hermoso, tan querido. Rescaté cántaros y patos, un recordatorio de los momentos felices, de los amigos generosos, de las escapadas que salvaron veranos, puentes, fiestas. Otro fin de semana de sierra, en un otoño veraniego plácido y cálido, en el que también hubo un cumpleaños, un vestido que por fin se estrenó, copas, risas, y excesos de los que no caben en una canción.

Noviembre fue mes de vida social, presentaciones, reencuentros, programas de radio recordando a Enrique Urquijo. Noches memorables y esperadas bebiéndonos Madrid, noches que se hicieron demasiado cortas, noches que quedarán para siempre en el recuerdo, noches de emociones, de sensaciones, de sonrisas, noches que descongelarán nostalgias futuras. Noches de Bremen, esa tripulación que aún navega. Ver a los amigos de lejos, tan queridos. Y a los de aquí que apenas vemos. Hemos crecido, han cambiado nuestros intereses, nuestras obligaciones. Pero alguien dice "reunámonos" y el encuentro se hace posible, y todos se esfuerzan, y una vuelve a creer en ciertos milagros, en la fuerza de la voluntad, en el poder de la amistad. Y la noche es perfecta y hermosa, y una vuelve a casa pensando si se volverá a repetir algo así, porque las noches mágicas no son frecuentes y una quisiera vivirlas más a menudo.

Acaba 2014 en un diciembre soleado y apacible, de amaneceres incendiados, de noches de escritura a la luz de las velas, bebiendo té y vino, fantaseando por encima de mis posibilidades y soñando con que nunca llegue el invierno, ese frío del que habla John Berger: El frío es el dolor de creer /que nunca volverá el calor. 

El frío aún no duele y se acaba este año raro, donde lo mejor y lo peor se ha mezclado de manera muy extraña. Lo terrible y lo mágico. Lo maravilloso y lo sorprendente. La angustia y la calma. Lo perfecto y lo incorrecto. Año de viajes soñados cumplidos y cumpleaños doblemente feliz. Año de cifras redondas que inaugura la década de la seguridad y el equilibrio, la claridad y la sabiduría, donde ya puede una ponerse el mundo por montera y conducir su vida desde la libertad.

Final de año de intuiciones felices, números favorables. 2014 y el número 7. Gratitud y felicidad en cada brindis, la plenitud de quien se siente afortunada. Esperanza en el 2015, que dicen los astros que será muy favorable para los arianos y que suma 8. Mi número favorito.

SALUD, SUERTE Y ALEGRÍA PARA 2015

lunes, 8 de diciembre de 2014

SI QUIERES BAILAMOS





De repente esta invitación al baile 
esta música del azar
esta danza de movimientos sutiles
este caminar de puntillas 
este balanceo de pies que no se mueven 
este aleteo de brazos torpes. 

De repente este tango improvisado 

donde cada paso es abismo 
         tropiezo 
 duda  
     traspié  
este contener la respiración 
ante el siguiente gesto 
este olvidar lo aprendido 
esta falta de instrucciones 
para seguir el compás sin perder el ritmo.

De repente este vals de la incertidumbre 

este vértigo de círculos concéntricos 
este escribir piruetas en el fango. 

Para la música 

y sólo queda 
esta lucha de silencios 
este batir de labios en duelo.




lunes, 17 de noviembre de 2014

HAN LLOVIDO 15 AÑOS SIN ENRIQUE URQUIJO







Han llovido quince años y queda lejos ese 17 de noviembre del 99, ese invierno fatal aunque el calendario mintiera diciendo que era otoño. Oír una canción de Los Secretos en la tele y correr al salón, y no dar crédito a la noticia, añadir tristeza a la tristeza, pérdida al desamor, la mala suerte como la peor de las amistades. El más terrible de los destinos convocado antes de tiempo, la autoprofecía cumplida, pero cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario. 

Han llovido quince años y hemos sobrevivido a los que quisimos querer y no nos quisieron, a los que nos dijeron que no, a los que nos rompieron el corazón y las certezas, a los que emborronaron para siempre un presente condenado a ser pasado, a los cambios de planes, a los adioses inexplicables, a los portazos y a los gritos, a los muros y a los silencios. 

Han llovido quince años y han cambiado las dudas y las (in)seguridades, los miedos y los errores, que siguen siendo los mismos pero diferentes, a ratos queremos volver a ser niños y al minuto siguiente comernos el futuro, las distancias y lo que haga falta, porque hay trenes que no vuelven a pasar y mejor no perder(se) ninguno. 

Hemos crecido, nos hemos hecho viejos de repente y a veces, en las tardes grises, cuando pasamos por la puerta de un colegio nos ponemos a recordar y aparecen sombras en ciertas calles, cuyo nombre pertenece a un alguien que fue, que nunca podrá dejar de ser, las cosas de la vida son así, la nostalgia y la tristeza suelen coincidir

Han llovido quince años y lamentamos todo aquello que se nos escapó, los conciertos a los que no fuimos, los encuentros a destiempo y los desencuentros a tiempo, los déjame, las oportunidades perdidas, los ya nunca, los no volverán, lo que dejamos de decir y lo que dijimos de más, lo que fue y lo que pudo haber sido. 

Han llovido quince años y seguimos abrazando ilusiones como si fuera la primera vez, seguimos escribiendo sobre vidrios mojados, apostando la vida a un solo as o a la reina de corazones, agárrate fuerte a mí, ojalá siempre a tu lado, adiós tristeza, adiós soledad, esta historia continuará, no más corazones de cartón, no es amor pero está bien

Han llovido quince años y volvemos a las viejas canciones cuando faltan los viejos amigos, cuando nos abofetean los recuerdos o para invocar memorias nuevas, cuando no podemos esquivar el destino o ignorar el azar, cuando la liebre se remueve en el erial y alguien en facebook comparte un vídeo o una canción aparece de fondo en la escena de una novela. 

Han llovido quince años y cada 17 de noviembre vuelve el recuerdo de Enrique Urquijo, que nunca se fue del todo, en contra de su voluntad, no quiero si desaparezco que nadie recuerde quién fui, lazo de tantos encuentros, enredador de casualidades, mecha de amores al hilo de sus canciones, de su voz para siempre triste, de su triste figura. 

Han llovido quince años y nos sigue faltando Enrique Urquijo, al que lloramos como se llora a los fantasmas del pasado, con incredulidad y rabia, porque nos dejaron a medias, porque se llevaron parte de nosotros, porque nos legaron piezas sueltas que no encajan en ningún puzzle, salvo en el que nos arrancaron aún incompleto. 

Han llovido quince años y ojalá que dentro de otros quince conservemos la suficiente memoria para que al escuchar a Enrique Urquijo se nos siga poniendo de punta el sentimiento, de gallina la piel, permeable aún a la más desolada de las sensibilidades, a la más abatida de las gargantas, capaz de hacer de la derrota una obra maestra, del fracaso la más perfecta de las victorias. 

 Gracias, maestro. Sigues formando parte de nuestras vidas.



 




miércoles, 5 de noviembre de 2014

NOCHES DE OTOÑO

Para Kika, que sigue siendo mágica 


Este no servir para el tango, este no querer dejarse llevar ni saber esperar, este papel de dejarse conquistar cuando al invasor se le aguarda pero no acaba de llegar, ese tártaro que nunca viene porque lo único que existe es el desierto.

Esta naturaleza del hierro, tan compacto, tan pesado, que sin embargo nada puede hacer contra la fuerza del imán. Esta falta de estrategia, esta paciencia que no tengo, esta imprudencia de no guardar ases en la manga ni conejos bajo el sombrero, donde sólo cabe mi estúpida cabeza, incapaz para el cálculo y la medida justa.

Las implacables leyes de la atracción, tan inexactas.
La ecuación irresoluble del casi.
La ocasión pero no las circunstancias. Las circunstancias pero no la voluntad.
La conveniencia de la distancia porque la cercanía es certeza asesina.

Se cumplió la paradoja más terrible: nada que objetar. 

martes, 23 de septiembre de 2014

FIN DE VERANO RARO

Duermo en otoño soñando veranos
buscando la luna que se escapa entre mis manos
-Juan Pardo. ¿Quién es es loco?-


Septiembre es un mes raro porque todo acaba y a la vez todo está a punto de empezar. Nos renovamos promesas que no cumpliremos, nos permitimos imaginar nuestra mejor versión en un futuro siempre a punto de comenzar a la vuelta de la esquina, del día, del mes, para conjurar la añoranza del verano que agoniza y alejar el recuerdo de todo lo que arrastramos antes de que la luz de agosto lo diluyera en sus tardes de nunca acabar. 

Llega a su fin este verano raro de placeres interrumpidos, noches urbanas de azotea y mojito, lecturas de madrugada que dispararon la imaginación y el deseo, tardes de exposiciones y paseos por Madrid, besos intempestivos, fotos secretas, piscinas, hospitales, preocupación y espera combatidas a fuerza de brazadas contra el agua, dos súper lunas llenas a las que dirigir plegarias para aliviar la incertidumbre, una felicidad inesperada donde menos podía pensar y el fondo de perplejidad que late cuando apenas podemos creer que nos pase justo lo que nos está pasando, que algunos de nuestros temores cobren vida y se instalen en la realidad de cada día, la presente y la futura, no dejándonos más alternativa que plantarles cara y prepararnos para resistir una lucha que se prevé dura y aún así se desea larga.


Ya está aquí el otoño y seguiremos soñando veranos, lunas que se escapan de las manos, procurando no volvernos locos, mantener la calma y cuidarnos de las trampas: las de la realidad y las de la imaginación.