La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

miércoles, 30 de noviembre de 2011

INVIERNO




INVIERNO


No hay furia en los atardeceres de invierno
luz que se apaga obediente
temprana y gélida
silenciosamente veloz
terrible como las enfermedades que matan sin doler.


La frialdad hace inhóspita la noche
y un hogar puede ser refugio o cárcel,
o ambas cosas
no se escapa fácilmente de los espejismos.

El calor se vuelve salvación o condena
no se distingue cuando la necesidad nos hace ciegos
todos los abrazos tienen un precio
y hay bocas que muerden en cada beso.
Es dulce la miel que ofrecen los traidores.

El infierno fabrica decorados perfectos
como el amor
o los veranos
de los que no se regresa impunemente.

No se descubre uno perdido en un laberinto
hasta que busca la salida
pero quién quiere huir del paraíso.

Diciembre deslumbra
con sus luces de colores.
Es más confortable una jaula
que la feroz intemperie.

El invierno no es el tiempo de los atardeceres lentos:
más vale que la oscuridad
nos coja protegidos.



jueves, 17 de noviembre de 2011

Adiós tristeza




Como cada 17 de noviembre vuelve el recuerdo de Enrique Urquijo, si es que alguna vez se ha ido. El chico triste de las canciones tristes. En Enrique la derrota es tristeza, sin la chulería orgullosa de Quique González, sin el toque autoparódico de Nacho Vegas, sin la melancolía poética de Antonio Vega. Es tristeza, sin más. Hasta su canción más alegre habla de la tristeza. Y es una despedida.


Hace un tiempo que me estoy quitando de la tristeza: de las canciones tristes, de las personas tristes. También del pasado y de la nostalgia. No me obsesiona el futuro y trato de llevarme bien con el presente. He sustituido la búsqueda por los encuentros, la insatisfacción por la aceptación, la lucha agotadora por una cierta paz. He dejado de estar en guerra con mis recuerdos y los olvidos ya no duelen.

Pero hoy es 17 de noviembre.

Doce noviembres después, no hay motivos para la tristeza, pero sí para el homenaje. Y para sus canciones.




lunes, 31 de octubre de 2011

Madrid, octubre (II)


Madrid, 30 de octubre de 2011



El Retiro bajo el último sol de octubre. La Belleza. Paseo lento, los árboles. Rincones. Me abstraigo del mundo, de la gente. Sólo me dejo distraer por el paisaje.


Pasear Madrid con ojos de turista. La ciudad, tan amada. La luz de mediodía. Qué lejos aquel octubre de 2009. Qué distinto todo. Qué distinta yo.




Deshago viejas rutinas. Estreno costumbres antiguas. No echo nada de menos. Qué sensación tan rara, la paz. Llevo la paz conmigo.




Dice mi madre que salgo contenta en las fotos. Puede que tenga que darle la razón. La felicidad, qué cosa más extraña.

La felicidad no es real, sólo existe la paz.





lunes, 10 de octubre de 2011

Madrid, octubre

Se alarga el verano en este octubre que es luz y promesa. No se vislumbra el otoño y la irrealidad se multiplica. Los 27 grados de la calle son una anacronía perturbadora. Las mujeres visten botas con tirantes; tienen ganas de invierno pero siguen luciendo hombros bronceados, aún no teñidos de la palidez que pintan los interiores a partir de noviembre. Los hombres sudan bajo las chaquetas, el implacable uniforme de oficina no entiende de estaciones. Las colegialas adolescentes destapan con descaro sus piernas bajo minifaldas grises o cuadriculadas que las vuelven más deseables que cuando se disfrazan con ropa de calle.

El sol calienta aún. No hay anticipo de lluvia, ni se la espera. Por las noches basta una colcha o un cuerpo al lado para sentirse a gusto, las manos se mantienen tibias lejos del mordisco del frío que habrá de llegar. Pero no ahora. No todavía.


El otoño es la estación que mejor le sienta a esta ciudad, que en los días más luminosos se vuelve dorada y para a contemplarse bajo un sol que acompaña y acaricia. La lluvia es clemente en octubre y noviembre, se acoge con gusto tras los rigores del verano y permite estrenar calzado y abrigo, desempolvar paraguas y sombreros. Madrid se convierte en pasarela elegante de mujeres que se gustan con sus ropas nuevas. Y a los hombres les sienta mejor la ropa de invierno, o de entretiempo, que la dejadez a la que obligan los rigores del verano. Con camisas, jerseys, cazadoras y zapatos o botas lucen más viriles.


Las tardes invitan a poblar los cafés o las casas ajenas, en busca de calor y compañía tras las idas y venidas del verano que mantienen más alejados o distantes a los amigos y las rutinas.

En octubre todo vuelve a su cauce, lejano el descontrol estival, el ajetreo y el desorden. Octubre es tiempo de calma, de los últimos paseos vespertinos antes de que caiga el sol con su implacable belleza. Los atardeceres progresivamente tempranos son tan hermosos que duelen; reflejan la nostalgia de lo que no fuimos y arrastran la melancolía de lo que ya nunca seremos, aunque siempre queda un destello de futuro en forma de esperanza. El cielo de la tarde estalla en rosas y púrpuras que no se parecen a los anaranjados del verano ni a los añiles del invierno y que invitan a soñar durante los últimos minutos del día, en un instante forzosamente feliz.

Los amaneceres son limpios y brillantes. El sol nace con ímpetu y el día se impone con valentía a la noche, cada vez más larga y oscura. El sol se eleva rabiosamente naranja y amarillo, en los días más claros. Si los amaneceres son por lo general hermosos, los del octubre madrileño los superan a todos.

No hay luz comparable a la de Madrid en octubre.

Incluso en este octubre tan raro, que aún parece septiembre, en este verano impropio que arrastra muertes prematuras y ya empieza a pesar en el cuerpo y en el ánimo.

Desde mi ventana



jueves, 15 de septiembre de 2011

Espíritu de viaje


No hay viaje menor, cada desplazamiento tiene su importancia. Toda ida exige un regreso y esa distancia, en ocasiones, es una aventura. También puede ser infierno, tragedia o abismo. Ulises regresó a un lugar que ya no le pertenecía. Su destino fue volver al punto de partida y el tiempo hizo el resto. El reto no fue sobrevivir al camino, sino al hogar que ya no le esperaba, que le recibió como a un extraño.


“El viaje sólo ignora una palabra, 'pasado', y sólo respeta una, 'destino'”, leo en Sombrero y Mississippi (Ray Loriga. El Aleph, 2010). Me he quedado enganchada a algunas frases de este libro extraño e incomprensible, tedioso y arduo por momentos, ingenioso e instructivo en otros.

Ningún viaje carece de un sentido, como ningún pensamiento es gratuito, aunque a veces no comprendamos su origen o su significado. Ninguna palabra puede ser retirada, una vez dicha. Permanece, aunque se opte por obviarse. No puede alegarse ignorancia de lo que se ha escuchado, aunque a veces uno elija el olvido, o éste se imponga por instinto o como escudo protector.

“Todo viaje responde a un plan, a la imaginación de un destino y a cierto conocimiento sobre las condiciones de la nave y la tiranía de los elementos”. (Sombrero y Mississippi)

Todo viaje es sabiduría. Suma experiencias y, en las ocasiones más afortunadas, recuerdos.

Todo viaje es una oportunidad de aprendizaje y conocimiento; de uno mismo, consigo mismo, y/o de los otros, de los más cercanos y de los desconocidos. O de los extranjeros, de su aspecto, sus costumbres, y, si el tiempo y las circunstancias lo permiten, de su carácter.

Todo viaje implica estar vivo y conviene también estar bien despierto. Para aprovecharlo todo, para que nada se escape.

Todo viaje revela nuestra personalidad. En cada viaje, por breve que sea, vamos escribiendo nuestra historia. Cada viaje implica toma de decisiones, improvisaciones, una determinada manera de hacer frente a los contratiempos.

Todo viaje conlleva su propia literatura. Un equipaje físico y uno espiritual. Ningún aspecto de la vida, cuando se nos revela, debe ser despreciado.

Los viajes que no se hacen también cuentan: en ellos nos definimos. Porque lo que deja de hacerse forma parte de nuestros recuerdos tanto como las vivencias rememoradas.

No, no hay viaje menor.