La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera. -Manuel Vicent-

Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella fugaz.-Nietzsche-

La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae.-Sergi Bellver-

lunes, 11 de marzo de 2013

11 DE MARZO DE 2004 (de Los Patos de Central Park)



"Echo de menos Madrid. La cercanía de la playa, el olor a mar y una casa con jardín no son méritos suficientes para hacerme amar esta ciudad a la que no pertenezco. Aprecio las ventajas de su tamaño mediano, el ahorro de tiempo en los desplazamientos cotidianos y la posibilidad de recorrerla caminando para llegar a cualquier sitio con rapidez, pero me muevo por sus calles con distancia de turista, con el desapego de quien se sabe de paso. Qué le voy a hacer si yo nací en Madrid, y no en el Mediterráneo. Mi niñez no juega en una playa, ni siquiera en una acera, sino en un patio de colegio y en los columpios del Retiro. Mis veranos no huelen a sal ni a brea, sino a cloro de piscina y a césped recién cortado, a pino y a barbacoa en un pueblo serrano, al pie de una montaña, con un pantano que nunca me hizo desear otro mar. 

 Añoro el ruido de Madrid. Pitidos, frenazos, ambulancias, semáforos que pían al ponerse en verde, gente que habla a gritos. Una algarabía que ahora me falta, que siento como un vacío en mis oídos. Aquí a los madrileños nos reconocen porque alzamos la voz, protestamos, exigimos rapidez y perfección en todo. Llevamos la prisa adherida a la piel y ni el agua salada logra agrietar esa impaciencia. Dicen que el once de marzo de 2004 lo peor fue el silencio de la ciudad. Madrid, siempre tan bulliciosa, calló. Conmocionada, se quedó sin voz durante unas horas y sólo el ulular de las ambulancias rompió la quietud de una ciudad en silencio. A la espera. Sin fuerzas para gritar, con la angustia atravesando las calles de punta a punta y la náusea en la boca del estómago. La muerte pasa en ambulancias blancas, pongamos que hablo de Madrid. Sabina no acertó. Ese día la muerte viajaba en vagones de tren y durante unas horas atravesadas el aterrador sonido de las ambulancias transportó atisbos de esperanza, de vidas que aún podían salvarse. Fue el ruido contra el silencio de la muerte. 

 Eso dicen. Ese once de marzo yo sólo era capaz de dormir. Lo único que deseaba era cerrar los ojos para olvidar, quedarme bajo las sábanas para no enfrentarme a la vida. Con mis padres de viaje, sola en casa, pude permitirme jugar a desaparecer. Descolgué el teléfono y apagué el móvil. No quería saber nada de un mundo que no me trataba todo lo bien que yo esperaba. Con las persianas bajadas, las ventanas y las puertas cerradas, no me enteré de lo que sucedía a no más de un par de kilómetros de mi propia casa. No sentí las bombas. Los vecinos dicen que las paredes temblaron con la explosión de la calle Téllez. Pero yo no me desperté hasta bien entrada la tarde, no encendí la televisión, no hablé con nadie, no miré a la calle, no oí las ambulancias. Algunas ciudades, en determinados momentos, son como desiertos. Uno permanece aislado y solo. Encerrado en una habitación que equivale a no estar. Encapsulado en un espacio y lejos de todo. Aunque las paredes ofrezcan la narración sonora y pormenorizada de la cotidianeidad de los vecinos, ese rumor acaba por hacerse eco y dejamos de prestarle atención. No me enteré de lo que pasó hasta el día siguiente. Ese viernes doce de marzo salí a la calle a mojarme y a llorar por otros, después de días de hacerlo sólo por mí, tras recibir la llamada de Rebeca el 29 de febrero."


(de Los Patos de Central Park. Alfaqueque, 2011.)


miércoles, 27 de febrero de 2013

Nieve en Madrid. 2006,2009, 2013.



Nevaba aquella noche de febrero de 2006. Domingo frío y aquel sofá, donde lloré en silencio todas las lágrimas pendientes, resucitando los pasados falsos y los futuros que aún no podía imaginar. Nevaba y salió de mí toda la tristeza acumulada, ejercitando la autocompasión de la manera más inútil y estúpida posible. Nevaba y no me acordé del verano del 98, sólo de los dolores de 2003 y 2004, y sentí que ya tocaba poner fin a los amores equivocados. Nevaba y mi cabeza explotaba abotargada con las frases que siempre había querido escuchar, el amor que había querido vivir, el sexo tan completo, hasta entonces negado. Nevaba y el frío traía hechos irrefutables y un principio de felicidad, al compás de Carlos Chaouen. Un convencimiento de azar inevitable y mágico, de que todo confluía, por fin, en un momento perfecto, tan sencillo e inasible como un copo de nieve, con banda sonora de Quique González. Un año después todo era horror. Y después del después, el terror más absoluto, las peores pesadillas de Nacho Vegas inundando las venas. Por lo de fuera y, por siempre jamás, desde dentro. 

Nevó en diciembre de 2009 y aunque la felicidad aún no era posible, la tristeza por el último amor malogrado era ya rabia y sentimientos de ranchera. Y de vuelta de un hospital, una preciosa colección de fotos con fondo blanco expuesta sin pudor alguno a Facebook abierto, junto a una radiografía de mi corazón, vivo y latiendo. 

Seguro que nevó más veces, antes o después, pero no lo recuerdo. No elegimos los recuerdos, como tampoco los amores, aunque queramos creer que sí. Ambos compartían fecha de cumpleaños, pero su locura era distinta, como su peligro y su amenaza. Como su huella, su sexo, sus borracheras, sus adicciones y sus motivos. También su equivocación fue diferente, como lo fue la mía, con cada uno. Me fallan las matemáticas, mis errores de cálculo siempre son fatales porque me dejo embaucar con las palabras y con las frases bien construídas. Pero la arquitectura del amor necesita algo más que una buena ortografía para no derrumbarse con el primer temblor. Solidez y belleza no siempre casan bien y quizá la cualidad de la emoción es que es pasajera y mentirosa. Toda chispa de magia no es en el fondo más que un truco disimulado con artificios de colores, una distracción para que uno deje de fijarse en lo que debe, para que no preste atención a la grieta que arruinaría el espectáculo. 


Es febrero de 2013 y está nevando, en este invierno que no acaba de irse. Suenan canciones nuevas, sin recuerdos adheridos, de vuelta a casa. Las cicatrices invisibles son ya viejas heridas de guerra, que no duelen apenas pero siguen siendo un motivo para recordar todo a lo que hemos sobrevivido. Ahí están y nos repiten que no somos ni más sabios, ni más fuertes ni más prudentes. Pero tenemos una historia y aún podemos contarla, revistiéndola de literatura, exhibirla ante otros con una mezcla de orgullo y vergüenza, de satisfacción y de penitencia por los errores cometidos. El viejo rito de la confesión con los ropajes de la tecnología y la comunicación global. La expiación de los propios pecados en la plaza pública de las redes sociales, donde nada es verdad del todo ni mentira por completo. Una realidad virtual que cada uno explota como más le conviene, en la que elige cómo, dónde y a quién mostrarse, o no. 

Es febrero de 2013 y, dos horas después, ha dejado de nevar en el centro de Madrid. No habrá paisaje blanco ni ilusión de Navidad tardía. Los cuentos con comienzo prometedor nunca acaban del todo bien. No hay asomo de primavera en esta mañana. Febrero se empeña en despedirse vestido de invierno, convocando nostalgias de nieves pasadas. 


Pero marzo será propicio. A pesar de los idus y la pascua. Porque habrá un viaje inesperado y acontecimientos felices pendientes.



Mis huellas


Mi corazón

miércoles, 13 de febrero de 2013

FEBRERO




Es siempre febrero cuando la piel desea sacudirse el frío 
cuando regresan todas las nostalgias. 
Es la luz limpia que alarga los días 
y una tibia esperanza suspendida en el aire. 

No es el ardor de junio 
ni la desidia de noviembre. 

Es el despertar de las vidas posibles, 
el recuerdo de los pasados inciertos. 

 Es siempre febrero 
y esta necesidad de convocar emociones
esta algarabía de cascabeles agitando el cuerpo
este hueco al que asomarse 
este aliviar el invierno 
sortear el infierno 
y amanecer después
ya en primavera 
al abrigo de marzo 
a la explosión de abriles.

 Es siempre febrero 
y de golpe la melancolía
este ansia de encender futuros 
y la euforia contenida
de lo que puede llegar a ser.





jueves, 17 de enero de 2013

AULLIDO



Semanas destinadas a acontecimientos felices que se retuercen y quedan inservibles, teñidas de tristeza y plomo, que se hunden poco a poco y te arrastran sin resistencia posible cuando nada es dúctil. La incomprensión que ahueca el alma hasta lo profundo, perforada por una maquinaria impasible y programada que dicta sumisión.

El diente que muerde el labio y aprieta hasta hacer la peor de las sangres, la más negra y amarga, la que envenena el tuétano con la certeza de que no hay más imperativo que la supervivencia. Ahogarse con el propio silencio, cuando no se respira más aire que la cobardía y la capitulación se cierne como la única opción a la que agarrarse, rígido yugo que agacha cabezas y doblega libertades con el rígido metal de la impunidad acallando las gargantas.

Tal vez el fin del mundo era esto, esta muerte lenta de todo lo que realmente importa: la libertad, la dignidad, el trabajo, la confianza, la ilusión, la alegría, los afectos, las opciones. El fin de la vida  que conocíamos tal y como la conocíamos. Lo que antes era colchón se vuelve piedra, muro en el que cualquier posibilidad es sólo golpe, grillete, garrote contra el inocente convertido por fuerza en esclavo.

Abandonad toda esperanza. Rabia. Aullido y grito. La náusea. Joseph K en un laberinto imposible, vigilado por el Gran Hermano que sólo entiende de relojes y cifras, de cuentas a rendir sin contraprestación, de obligaciones sin recompensa, de deberes que jamás serán agradecidos.

La deshumanización como la epidemia más letal: la batalla contra un enemigo sin rostro es una guerra perdida. El poder decreta su ley del silencio, su esclavitud sin tapujos. Nadie a quien dirigirse. Ningún interlocutor. Comunicación imposible. Fundido a negro.


lunes, 31 de diciembre de 2012

Suerte y felicidad




La felicidad consiste, principalmente, en conformarse con la suerte;
es querer ser lo que uno es

- Erasmo de Rotterdam -





Y en 2012 llegó la calma. No ha sido un año de grandes emociones, pero sí de asentar los logros, los afectos, las metas. Tener más claro lo que quiero y lo que no quiero, necesitar lo justo, no tener miedo a las decisiones y a dejar lo que ya no me sirve.

No me acuerdo del mes de enero (qué tristes los meses de invierno), en febrero hubo una fiesta (y mucho cabreo por lo que está pasando en nuestro país, en nuestra ciudad), en marzo se presentó un libro (y hubo otra fiesta) , en abril no tuve necesidad de celebrar mi cumpleaños (se presentó otro libro y fui), en mayo me fui a la playa en una semana en la que debí haber estado en Madrid (se presentaban libros y no pude estar) y este blog cumplió cinco años (y ni siquiera lo mencioné). 

Junio fue raro y rápido, muchas cosas en poco tiempo. Un cambio de casa imprevisto pero decidido, ilusionante y complicado pero con final feliz. Un viaje a Londres donde hubo chispazos de suerte y casi de magia (y una falda muy muy corta). Maratón de feria del libro y fiestas editoriales. Julio fue una mudanza y un cambio de planes de vacaciones que no fueron malas pero que pudieron ser mejores (y un cumpleaños y una foto con un sombrero). Agosto empezó con un viaje sencillo y divertido, deseado desde hacía tiempo (la importancia de las amigas) y después fue tranquilo y plácido (hasta escribí un diario). 

Septiembre fue raro (hubo sorpresas, cumpleaños y ambas cosas en una). Y una velada en una azotea (que puede que fuera en agosto). Y una boda. Y una despedida. No hubo un viaje a Venecia ni una fiesta en mi terraza. Octubre fue primaveral y también hubo cumpleaños que coincidían (otra vez la imposibilidad de estar en dos sitios a la vez, la rabia de tener que elegir) y una obra de teatro. Hubo comidas en mi nueva casa y la compañía de los amigos (ese lujo). En noviembre también hubo comidas y amigos y el invierno se echó encima. Floreció el rosal y fotografié amaneceres. Después llegó diciembre con sus rituales (y una obra de microteatro a la que fui y un musical al que no) y buenos gintonics y planté adelfas. El año termina con una nochevieja celebrada por adelantado y de día, con sus uvas, su champán, sus brindis, sus risas y su buen rollo, como deberían ser las nocheviejas que casi nunca suelen ser.

En 2013 seguiré cuidando el jardín y a los amigos (y a mis padres), iré al teatro, organizaré comidas y fiestas, avanzaré en la escritura de la novela, iré a dos bodas, soñaré con Lisboa (y también me cabrearé y me entristeceré por lo que está pasando, por el derrumbe de los logros que creíamos tan seguros, por los cambios que a saber dónde nos llevan, me indignaré por las mentiras, las falsedades, los engaños y las tomaduras de pelo, por la vergüenza en las que se han convertido los medios de comunicación). Buscaré lecturas que me emocionen,  rastrearé series a las que engancharme y ojalá descubra alguna canción de la que no pueda deshacerme. Seguiré durmiendo mucho, perdiendo el tiempo, llegando tarde.

Y ojalá que siga queriendo ser lo que soy.



Felicidad, salud y paz para 2013. Y suerte, mucha suerte.