Julios de infancia en Madrid.
Mis veranos nunca fueron de mar ni de playa. Tuve que crecer, cumplir los 20, para viajar a mares que nunca sentí míos.
Veranos de hija única que había aprendido a no aburrirse demasiado, que inventaba cuentos, que imaginaba historias, que rellenaba los Libros de Vacaciones Santillana por diversión.
Veranos urbanos, de rebajas, cines y piscinas. Piscinas municipales, excursiones de día entero, mi madre y yo. Santa Eugenia, el Canoe, La Elipa, el Canal, la Ciudad Deportiva del Real Madrid, la M-86. Filetes empanados, tortilla de patatas, frigo-dedos de fresa, cornetes de vainilla. Libros y crucigramas. Ojos rojos y after sun por la noche. Cola cao frío para cenar, con grumos que nunca se deshacían. Piel caliente, cansancio y felicidad en pijama de manga corta.
A La Dehesa iba de invitada. Amigas, granizados de limón. Días eternos, juegos de cartas, pulseras y trenzas. Niñas que éramos niñas, aún. La emoción de quedarse a dormir en casas ajenas que prometían otro día de piscina, un Peugeot 205 rojo petado de niños que se escondían debajo del asiento para poder entrar en el complejo militar.
Por las mañanas mi padre me llevaba a tiendas enormes donde compraba material de dibujo y a librerías de dos pisos con olor a libros nuevos. Me compraba palomitas en Callao y nos tomábamos el aperitivo en el barrio. Trinaranjus de naranja sin hielo para mí y patatas fritas en un bar que ahora es un Rodilla.
Mi madre me llevaba a las rebajas de El Corte Inglés y Galerías Preciados y me compraba jerseys de rayas porque me quejaba de frío al salir del cine, sesión de las cuatro.
Verano azul (yo tenía la misma edad de Tito, entonces), El Gran Héroe Americano (William Katt, mi primer amor televisivo), El coche fantástico, Galáctica, el Halcón callejero. Series de verano, de digestiones que nunca acababan.
El mes de julio se hacía eterno y no era más que la espera de las verdaderas vacaciones.